Lo que Suria no imagina es quién firmará como comprador: Sr.C, su nuevo profesor de Derecho Penal, un hombre de mirada implacable, ático de lujo y un pasado que guarda bajo llave. Atractivo, dominante y acostumbrado a imponer sus reglas, Sr.C deja claro desde el primer momento que la quiere solo para él.
Entre clases magistrales y noches a puerta cerrada, lo que empieza como un acuerdo con fecha de vencimiento se convierte en una obsesión mutua imposible de contener. Pero fuera de las paredes de su ático, la realidad acecha: un ex violento que no acepta perder, secretos familiares que amenazan con destruirlo todo y un padre que no sabe nada del hombre que duerme con su hija.
Cuando el contrato expire, ¿quedará algo más que deseo entre ellos… o habrán cruzado una línea de la que ya no se puede volver?
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CAPÍTULO 21
A Sr.C le gustaba su atrevimiento, pero necesitaba ciertos castigos. Ponerle los ojos en blanco era un acto rebelde. Ella se arrodilló frente a él. Ya imaginaba que todavía debía estar adolorida de la noche anterior, pero aun así despertaba con esas ganas de hacerla gemir su nombre otra vez. Esos ojos en dirección a él; ella ya sabía qué hacer. Cuando lo agarró no pudo evitar sentirlo palpitar. Ya estaba duro. Ahí en el ático nadie los vería, ni siquiera en la terraza. Ella hasta que estaba aguantando bastante. Lo sorprendía cada vez más.
Lo metió despacio en la boca. Fue pasando la lengua por la punta. Era algo torpe, pero eso era lo que lo enloquecía. Era delicioso. Veía cómo se esforzaba por meterlo en la boca; apenas cabía y su esfuerzo era notable. Cuando empezó a chupar, Sr.C sintió ese fuego recorrerle el cuerpo. Qué delicia, esa boca tan suave. Cómo deseaba a esa mujer. Ella aumentó la velocidad de las succiones. Ya veía esa carita roja, sofocada. Le agarró el cabello y la hizo ir más profundo en su garganta.
Sr.C\=Las buenas chicas no le ponen los ojos en blanco a su dueño.
Lo sacó de su boca y la vio respirar mejor. Se levantó y la llevó hasta el borde de la terraza. Le pasó la mano por ese cuerpo. Eso sí era perfección, no como la rubia que era tan artificial. Suria estaba dibujada: cada curva natural, y eso era lo que lo volvía tan loco. Fue hasta el frente de su short, lo abrió y fue bajándolo.
Suria\=¿Sr.C, aquí en la terraza?
Sr.C\=Donde yo quiera, mi querida. No te preocupes, nadie va a ver. Y prometo que iré despacio; sé que estás adolorida.
Estaba ahí en ropa interior. Le pasó la mano por el trasero; estaba roja de las palmadas. Realmente nunca recibió una para ser tan sensible. Le puso la ropa interior a un lado y cuando pasó la mano estaba mojada. Era tentador ver que su cuerpo lo deseaba, que apenas un simple toque la dejaba tan mojada. Hundió el rostro en su cuello y sintió su olor. Tentador. Tan delicado y dulce. Ella se agarró firme del vidrio de la terraza. Empezó a penetrarla despacio. Estaba tan mojada y apretada. Sintió ese frágil cuerpo contorcerse ya de placer. Le sujetó firme la cintura y fue dando leves embestidas. Ya escuchaba sus gemidos. Estaba muy sensible; podía sentirlo. Una de sus manos subió por dentro de su blusa y le apretó los pechos. Cabían en toda su mano; eran firmes y delicados. Solo pensar que algún imbécil pudiera estar tocándola así hacía hervir su sangre.
Ella inclinó más el trasero en su dirección. Eso era como una invitación. Sabía que prometió ir despacio, pero ya no se estaba conteniendo. La penetró con rapidez. Sentía llegar profundo. Su cuerpo chocando hacia adelante. Su miembro invadiéndola por completo. Fue más rápido aún. Sus gemidos ya saliendo sin control. Solo él podía poseerla así; solo ella podía darle ese placer. La mano bajó hasta su intimidad por dentro de la ropa interior; sintió lo caliente que estaba. Disminuyó las embestidas y empezó a estimular su punto más sensible. Ya sentía cómo se debilitaba en sus brazos. Ya conocía cada parte de su cuerpo y dónde era sensible. Fue estimulando con los dedos mientras la invadía. Sabía que no iba a aguantar por mucho tiempo.
Suria\=Ahhh, Sr.C...
Escucharla gemir su nombre era tan tentador. Las embestidas se volvieron más rápidas aún, igual que sus dedos. Qué placentero. Sintió cómo apretaba su miembro y enseguida un gemido mostró que llegó al orgasmo. La sujetó firme sosteniéndola, ya que sus piernas parecían flaquear. No paró y fue más rápido aún. Sentía palpitar y eso era de enloquecer, hasta que no pudo contenerse más y la llenó por completo. Sintió cómo eyaculaba profundo. Qué bueno era. Eso lo satisfacía tanto. Cuando salió, vio cómo le escurría entre los muslos.
Sr.C\=Eres una bella visión, mi querida.
Estaba jadeante. Después de esa locura fueron a tomar un baño. Como acordaron, necesitaban ir al mercado.
Suria estaba sentada a su lado en el carro. Iban al mercado. Sus piernas todavía temblaban por la locura de la terraza. No imaginó que la castigaría por el simple hecho de haberle puesto los ojos en blanco. Todavía estaba adolorida, pero lo disfrutó. Era delicioso el placer que sentía con ese hombre. Creyó que irían a un mercado de los que todos van, o a una panadería, pero estacionó frente a uno de esos mercados caros donde ella ni siquiera pasó por la acera. Los ricos tenían hasta un mercado propio.
Suria\=Espero aquí.
No quería correr el riesgo de que alguien viera a la alumna con el profesor fuera de la facultad. Sería algo malo. Sabía que la mayoría de los alumnos eran de familias ricas; podían estar por ahí.
Sr.C\=Vas a entrar conmigo.
Suria\=Alguien puede vernos.
Sr.C\=Entiendo. Entonces mejor te disfrazas.
Se inclinó hasta el asiento de atrás y tomó una enorme sudadera negra. Se la entregó. Abrió la guantera y sacó una gorra y unas gafas oscuras.
Sr.C\=Listo.
Suria los tomó y se los puso: la sudadera, la gorra y las gafas. Le quedaba enorme, como un vestido. Realmente nadie la notaría, pero ahora parecía más un ladrón o algo así.
Sr.C\=Vamos.
¿Por qué quería tanto que fuera? Los dos entraron. Nadie los notó. Tomó una canasta y fue con él por los pasillos. No podía evitar notar que parecía divertirse al verla así.
Suria\=Sr.C, ¿no crees que es arriesgado salir así juntos?
Sr.C\=Un poco. Pero mira, estás toda cubierta. Un pecado cubrir algo tan lindo, pero fuiste tú quien lo sugirió.
No parecía importarle mucho si algo salía mal. Lo vio tomar lo que necesitaba. Suria se quedó en shock con los precios. Todo tan caro. No era porque fuera rico que tenía que gastar en comida tan cara. Estaba bien que era de marca, pero aun así lo barato daría el mismo resultado.
Suria\=¿Qué? ¿Cuarenta por una simple lata de maíz?
Sr.C\=Un absurdo, ¿no? Pero el dinero generalmente es para eso.
Suria\=Si los ricos no tienen en qué gastar el dinero, deberían donarlo a alguien que lo necesite. Ayudar a alguna ONG.
Lo vio tomar la lata de maíz y ponerla en la canasta.
Sr.C\=Ya ayudo a dos ONG y un orfanato. Pero aun así me sobra para pagar cuarenta por una lata de maíz.
No pudo dejar de notar algo de sarcasmo en su voz. Entonces le gustaba derrochar dinero. Suria fue hasta unas barras de chocolate. Peor aún los precios. La gente ahí era idiota gastando todo eso en comida.
Suria\=Entonces no le importa si tomo una barra de chocolate de estas. Mire nada más, apenas cincuenta y cinco.
Él se acercó. Por lo visto también notó el sarcasmo en su voz. Ya debería haber aprendido que no podía desafiarlo. Lo vio tomar tres barras y tirarlas en la canasta y seguir hacia el otro pasillo. Realmente ese hombre no tenía explicación. Fue detrás de él.
Sr.C\=¿Tienes alergia a algo?
Suria\=Que yo sepa, no.
Tomó otras cosas y así siguieron hasta la carnicería. Suria se quedó mirando a los lados. Vio a otras mujeres mirándola, juzgándola con seguridad. Por lo visto no estaba bien vestida ni para ir al mercado de ese tipo de gente. Pero sabía que esa simple sudadera del Sr.C valía más que muchas cosas ahí. Ya notó que era un hombre que se vestía bien y con ropa de marca. Al terminar las compras, ya pasaba la hora del almuerzo. Se detuvo frente a un pequeño restaurante. Se sorprendió; era todo tan sencillo que no imaginó que él frecuentara lugares así de simples.
Sr.C\=Vamos a comer algo. Ya es hora de almorzar.