"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Prólogo
Dicen que en el mundo de los licántropos, el lobo es el espejo del alma; si no puedes mostrarlo, ante los ojos de los demás, simplemente no existes. Para Sofía Ivanov, esa máxima no era una metáfora poética, sino una sentencia de aislamiento que arrastraba cada segundo de su vida. Mientras que en la prestigiosa manada Ivanov el nacimiento de un cachorro solía ser motivo de celebración y orgullo, su llegada se había convertido, con los años, en una mancha incómoda que todos preferían tapar.
La mansión familiar, un imponente edificio de piedra y madera que resonaba con las risas y la energía dominante de su hermana menor, Tania, era para Sofía un laberinto de silencios y miradas despectivas. Desde que cumplió los dieciocho años —la edad sagrada en la que el espíritu de la bestia debía romper el cascarón de la carne para presentarse ante la Luna—, Sofía se había quedado atrapada en un limbo asfixiante. Sentía a su loba. Sabía que estaba ahí, agazapada en lo más profundo de su pecho, latiendo como un segundo corazón tímido que se negaba a rugir. Pero hacia el exterior, no había nada. Ni garras, ni colmillos, ni ese aroma imponente que dictaba el estatus de un verdadero licántropo.
Para Borís e Irina Ivanov, sus padres, aquello no era una simple condición médica o un retraso espiritual; era una traición al linaje.
Esa mañana no era diferente a las demás, aunque el aire pesado de la casa advertía que la tormenta familiar estaba cerca. Sofía bajó los escalones de madera crujiente, manteniendo la cabeza baja, un hábito de supervivencia que había aprendido a la fuerza. Al entrar al comedor principal, el tintineo de los cubiertos de plata se detuvo de inmediato, como si su sola presencia contaminara la opulencia del desayuno.
—Llegas tarde —soltó la voz fría de Borís desde la cabecera. El Alfa de la familia ni siquiera se molestó en mirarla; sus ojos permanecían fijos en los documentos de la manada, pero su tono cargaba la vibración pesada de su voz de mando, una que hacía que los hombros de Sofía se tensaran dolorosamente—. Una loba sin rango debería, al menos, compensar su inutilidad con un poco de disciplina.
—Lo siento, padre... —susurró Sofía, barriendo el suelo con la mirada.
A su lado, su madre, Irina, soltó un suspiro de fastidio mientras le servía delicadamente una taza de té a Tania. Tania, resplandeciente, con su largo cabello castaño perfectamente peinado y esa aura vibrante de una loba joven y bendecida por los dioses, sonrió de lado. Era una sonrisa pequeña, afilada, cargada con el veneno de quien sabe que es el centro del universo de sus padres.
—Déjala, papá —intervino Tania, aunque su tono carecía de cualquier pizca de piedad real—. Bastante tiene con tener que arrastrar los pies todo el día porque su cuerpo no soporta el peso de un espíritu de verdad. Además... hoy tenemos cosas más importantes de qué hablar que de los horarios de Sofía. Cosas que la involucran directamente.
Sofía sintió un frío repentino recorrerle la espina dorsal. Sabía perfectamente a qué se refería su hermana. Gavin, su mate, el lobo con el que el destino la había enlazado mágicamente hacía apenas unos meses, se había convertido en el objeto de deseo de Tania. Y en esa casa, lo que Tania quería, sus padres se lo entregaban en bandeja de plata, sin importar a quién tuvieran que pisotear para lograrlo.
Irina dejó la taza de porcelana sobre el plato con un golpe seco que resonó en el silencio del comedor. Cruzó las manos sobre la mesa y clavó sus ojos calculadores en Sofía, desnudándola de cualquier rastro de dignidad.
—Tu hermana tiene razón, Sofía —declaró la mujer, con una calma que resultaba más aterradora que los gritos—. Gavin estuvo aquí anoche. Habló con tu padre y conmutó algunas opiniones sobre el futuro de la manada. Es un lobo joven con ambición, un guerrero que merece ascender, no quedarse estancado cargando con una hembra que ni siquiera puede transformarse.
El estómago de Sofía se contrajo con tanta fuerza que sintió náuseas. Las palabras de su madre eran dagas oxidadas, pero lo que más le dolió fue la mención de Gavin. Su mate. El hombre que se se había arrodillado frente a ella prometiéndole que su falta de loba no importaba, que el lazo de la Luna Nueva era sagrado y que él la protegería de los desprecios de su propia familia. ¿Había estado ahí la noche anterior? ¿A sus espaldas?
—Gavin es mi pareja, madre... —se atrevió a decir Sofía, con la voz temblorosa, aferrándose al borde de la mesa para que no notaran el temblor de sus manos—. La Luna nos unió. Él no puede simplemente...
—¡La Luna se equivocó contigo! —interrumpió Borís, dando un golpe firme sobre la mesa que hizo saltar la vajilla. La fuerza de su aura de Alfa aplastó el aire de la habitación, haciendo que a Sofía le costara respirar—. El lazo es para fortalecer a la especie, no para arrastrar a un guerrero prometedor al fango de tu debilidad. Gavin necesita una compañera que pueda correr a su lado en las cacerías, que engendre cachorros fuertes con lobos despiertos, no una humana defectuosa que se esconde en los rincones.
Tania se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en sus manos, mirándola con una lástima fingida que no lograba ocultar su regocijo.
—Entiéndelo, Sofi. No es por maldad —dijo Tania con una voz empalagosa—. Gavin y yo hemos estado pasando mucho tiempo juntos en los entrenamientos. Él mismo se dio cuenta de que lo que siente por ti es solo lástima, una obligación impuesta por un lazo defectuoso. Entre nosotros hay una chispa de verdad. Ayer, frente a papá, él aceptó que el honor de los Ivanov no puede mancharse. Él quiere romper el compromiso contigo.
—No... eso es mentira —murmuró Sofía, sintiendo las primeras lágrimas agolparse en sus ojos.
Miró a su madre buscando un ápice de instinto maternal, pero solo encontró una pared de hielo. Miró a su padre, el hombre que se suponía debía proteger a todos los miembros de su manada, y solo vio decepción y asco. Estaba completamente sola. Su propia sangre la estaba despojando de lo único que le daba un sentido de pertenencia en este mundo cruel.
—No es una mentira, Sofía, es una orden —sentenció Borís, levantándose de la silla, imponente y frío—. El papeleo ante el consejo de la manada ya está listo. Vas a firmar la renuncia al lazo por mutuo acuerdo. Gavin se casará con Tania al final de la semana, y tú te encargarás de que la ceremonia sea perfecta. Vas a servir a los invitados y vas a sonreír, demostrando que aceptas tu lugar en el peldaño más bajo de esta familia. Si dices una sola palabra que avergüence este apellido ante los invitados, te desterraré al bosque sin nada más que la ropa que llevas puesta. ¿Te queda claro?
El silencio regresó al comedor, un silencio espeso, cargado de humillación. Tania sonreía, saboreando su victoria, mientras Irina volvía a tomar su té como si acabaran de discutir el clima del día.
Sofía apretó los puños debajo de la mesa, ocultando sus uñas cortas que jamás se convertirían en garras. El dolor en su pecho no era solo por el corazón roto; era su propia loba, atrapada en su interior, arañando sus costillas en un grito mudo de rabia y frustración, atrapada en un cuerpo que todos consideraban inservible.