En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17— El mundo más allá de los muros.
Nunca imaginé que el mundo pudiera ser tan grande.
Durante los primeros minutos no fui capaz de apartar la vista de la ventanilla del carruaje. Mi nariz estaba prácticamente pegada al cristal mientras observaba cómo el camino de piedra se alejaba poco a poco de la residencia Valmont. Conocía cada rincón de nuestro hogar: los jardines, el lago, el invernadero, los establos y hasta el viejo roble donde Cassian y yo solíamos escondernos cuando queríamos escapar de las lecciones de etiqueta. Siempre había pensado que aquello era enorme. Sin embargo, bastó cruzar el portón principal para comprender que nuestra casa era apenas un pequeño rincón dentro de un mundo inmenso.
A ambos lados del camino comenzaron a aparecer campos interminables cubiertos por un verde tan intenso que casi dolía mirarlo bajo el sol de la mañana. Había molinos movidos por el viento, pequeños arroyos de agua cristalina y granjas donde hombres y mujeres trabajaban mientras los niños corrían detrás de gallinas mucho más rápidas que ellos. Cada pocos minutos señalaba algo diferente con el dedo.
—¡Mira, Cassian! ¡Una vaca!
—Sí.
—¡Y otra!
—Ajá.
—¡Y un caballo blanco!
—También.
Fruncí el ceño.
—¿No te emocionas?
Mi hermano ni siquiera apartó la vista del libro que había tomado antes de salir de casa.
—Las vacas siguen siendo vacas aunque las mires desde un carruaje.
Inflé las mejillas.
—Eres aburrido.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Mi padre dejó escapar una pequeña risa desde el asiento de enfrente. Había intentado aprovechar el viaje para revisar algunos documentos, pero cada vez que yo descubría algo nuevo terminaba levantando la vista para escucharme.
—¿Nunca habías visto una granja tan de cerca? —preguntó.
Negué con energía.
—Solo desde las ventanas del castillo.
—Entonces todavía queda mucho por descubrir.
Eso bastó para que mi emoción regresara con el doble de fuerza, me acomodé nuevamente junto a la ventanilla, cada árbol era distinto, cada casa parecía esconder una historia y cada persona que encontrábamos por el camino hacía que me preguntara cómo sería su vida.
No tardamos mucho en cruzarnos con un grupo de comerciantes que viajaban en dirección contraria. Sus carros estaban cargados con enormes barriles, sacos de harina y coloridas telas que se mecían con el viento. Cuando vieron pasar nuestra caravana, detuvieron los caballos y se hicieron a un lado del camino.
Uno de ellos se quitó el sombrero en señal de respeto, otro inclinó la cabeza, yo levanté la mano y los saludé con entusiasmo.
—¡Buenos días!
Un anciano de barba blanca me devolvió el saludo con una sonrisa tan amplia que terminé sonriendo también.
Cuando los dejamos atrás, me giré hacia mi padre.
—¿Nos conocen?
—No a nosotros exactamente.
—¿Entonces por qué saludaron?
—Porque reconocieron el estandarte de nuestra casa.
Miré hacia la parte delantera del carruaje. Sobre el primer vehículo ondeaba la bandera de los Valmont: un lobo plateado bajo una luna creciente.
—¿Solo por eso?
—Un estandarte representa mucho más que una familia.
—¿Qué representa?
Mi padre guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Protección... esperanza... y también responsabilidad. Cuando las personas ven nuestro emblema esperan que actuemos con justicia.
Bajé la vista hacia mis manos.
Nunca había pensado que un dibujo pudiera significar tantas cosas.
Cassian cerró finalmente su libro.
—Padre.
—¿Sí?
—¿Algún día nosotros también tendremos esa responsabilidad?
El ambiente dentro del carruaje cambió ligeramente, mi padre dejó los documentos sobre sus piernas.
—Sí.
Su respuesta fue sencilla, pero pesaba muchísimo.
—No significa que deban ser perfectos. Significa que deberán aprender a tomar decisiones pensando también en los demás.
Cassian asintió lentamente.
Yo, en cambio, seguía mirando la bandera que ondeaba delante de nosotros.
—¿Y si me equivoco?
Los tres me miraron, me encogí de hombros.
—A veces rompo cosas.
Cassian soltó una risa.
—Eso ocurre bastante seguido.
Le saqué la lengua, mi padre sonrió con paciencia.
—Todos nos equivocamos, Seraphine.
—¿Tú también?
—Muchas veces.
Abrí mucho los ojos. Me costaba imaginar que alguien como mi padre pudiera cometer errores.
—¿Y qué haces cuando pasa?
Él apoyó un brazo sobre la ventanilla mientras observaba el camino.
—Intento repararlos.
Aquella respuesta me gustó. Mucho más que si hubiera dicho que nunca se equivocaba.
Alrededor del mediodía el camino comenzó a llenarse de más viajeros, algunos iban a caballo, otros caminaban cargando enormes mochilas.
También encontramos familias enteras viajando en pequeñas carretas de madera, habían niños que saludaban al ver pasar nuestra escolta, yo respondía a todos.
Cassian terminó riéndose.
—Se te va a cansar la mano.
—No.
—Llevas saludando desde hace una hora.
—Ellos también saludan.
—No todos.
—Entonces saludo por si acaso.
Alaric, que había permanecido en silencio casi toda la mañana, habló por primera vez.
—Esa es una buena costumbre.
Lo miré con curiosidad.
—¿Sí?
Asintió.
—Nunca sabes cuándo un pequeño gesto puede alegrarle el día a otra persona.
Sonreí satisfecha.
—¿Ves, Cassian?
Mi hermano levantó ambas manos.
—Está bien, ganaste.
—Lo sabía.
Volví a mirar por la ventana justo cuando algo llamó mi atención.
Muy a lo lejos, sobre una suave colina, se levantaban las ruinas de una antigua torre de piedra. Estaba parcialmente cubierta por enredaderas y parecía abandonada desde hacía muchísimo tiempo.
No podía dejar de mirarla, había algo extraño en aquel lugar, algo que hacía que mi pecho se sintiera... diferente. Sin darme cuenta, llevé una mano hasta el bolsillo donde escondía la pequeña llave.
Estaba tibia, no caliente, solo... tibia. Como si hubiera despertado.
—Padre...
Él levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Señalé la torre.
—¿Quién vivía allí?
Mi padre observó las ruinas durante unos segundos. Antes de que pudiera responder... Alaric habló en voz muy baja.
—Nadie debería acercarse a ese lugar.
Su tono era tan serio que todos volvimos la cabeza hacia él. Mi padre lo observó con atención. Alaric tardó apenas un instante en recuperar la serenidad, pero ya era demasiado tarde.
Yo había visto la preocupación en sus ojos. Y, por alguna razón... Sentí que aquella vieja torre nos estaba esperando desde mucho antes de que comenzáramos el viaje.