Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 16
Marina
Conseguir la información que Sebastián me había pedido no fue sencillo, pero tampoco imposible. Nunca lo era para mí.
Tenía contactos. Tenía dinero. Y, sobre todo, tenía paciencia. Esa virtud que Camila nunca aprendió a valorar, porque la vida siempre se había encargado de ponérselo todo en bandeja de plata. Estudios, oportunidades, reconocimiento… incluso hombres que no sabía conservar.
Siempre había sido así.
Camila tenía lo que yo quería.
Y eso no lo iba a permitir.
El detective privado que había contratado no era barato, pero era eficiente. Uno de esos hombres que no hacen preguntas incómodas mientras el pago llegue a tiempo. Me había entregado un informe detallado, meticuloso, casi obsesivo. Lo leí con una sonrisa lenta, disfrutando cada línea.
Movimientos. Rutinas. Cambios recientes.
Camila Reinhart había desaparecido dos semanas completas antes de regresar al país. Dos semanas sin registros laborales, sin actividad bancaria relevante, sin apariciones sociales. Interesante. Muy interesante.
Ahora tenía una nueva dirección. Un apartamento cerca del sector financiero. Caminable. Discreto. Perfecto para alguien que no quería ser encontrada… o que no creía necesario esconderse.
También sabía dónde solía pasar su tiempo libre, qué cafés frecuentaba, a qué hora salía a correr, qué días regresaba tarde. Incluso tenía registrado dónde estaría el sábado por la noche.
Marqué el número de Sebastián.
—Tengo lo que pediste —dije en cuanto respondió—. Dónde estuvo cuando se perdió por dos semanas, dónde vive ahora y qué hace en su tiempo libre. Incluso sé dónde va a estar el sábado, por si te interesa.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Sabía que había captado su atención.
—Mándame la información —dijo finalmente—. Y necesito que averigües algo más. Sobre Maximilian Brandt.
Sonreí con ironía.
—Tengo algunos datos —respondí—, pero es más complicado. Brandt no es como los demás. Para saber más habría que mandar al detective a Alemania… y eso no es barato. Tendrías que asumir los gastos.
Sebastián no respondió de inmediato. Podía imaginarlo calculando, sopesando su ego contra su bolsillo.
—Intenta acercarte a él —dijo al fin—. Engatusarlo.
Solté una risa suave.
—¿Y qué me vas a dar a cambio?
Sebastián suspiró, como si la conversación le molestara, pero sabía que me necesitaba.
—Haré que ingreses a trabajar aquí… o en la competencia. Sería ideal. Así podríamos sacar lo mejor de cada lado y acabar con ambas empresas desde dentro.
Mis ojos brillaron.
—Me parece perfecto —respondí sin dudar—. Mejor en la competencia. Compartimos información.
—Bien —dijo—. Lina me confirmó que Brandt tiene registrada una dirección en Alemania, no aquí en Estados Unidos. Necesitamos saber dónde vive realmente. No lo he visto llegar en auto. Lina dice que llega caminando todos los días. Así que debe vivir cerca.
—Entendido —respondí—. Enviaré al detective a revisar sus movimientos aquí también.
Colgamos.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono unos segundos, disfrutando la sensación de poder que me recorría el cuerpo. Sebastián creía que llevaba el control. Todos los hombres como él lo creían.
Pero yo no jugaba a corto plazo.
Me comuniqué con mi contacto de inmediato y le di nuevas instrucciones: seguimiento detallado de Maximilian Brandt, horarios, trayectos, hábitos, cualquier cambio mínimo. Especial atención a sus caminatas nocturnas y a las personas con las que se cruzaba.
—Quiero saber todo —le dije—. Desde dónde compra el café hasta con quién comparte la cama.
Colgué y me serví una copa de vino.
Pensé en Camila.
En su falsa seguridad. En su postura altiva. En cómo caminaba por la oficina creyéndose intocable. No sabía que cada paso suyo estaba siendo observado. Que cada decisión tenía consecuencias.
Y Maximilian Brandt… ese alemán frío y arrogante.
Había algo en él que me intrigaba. No solo por su poder, sino por su disciplina. Por la forma en que parecía no necesitar a nadie. Eso lo hacía peligroso… y tentador.
Si lograba acercarme, no solo obtendría información. Podría sembrar dudas. Conflictos. Caos.
Y el caos siempre beneficiaba a quien sabía controlarlo.
Le di un sorbo al vino y sonreí.
Camila aún creía que la guerra era con Sebastián.
No tenía idea de que su verdadera enemiga estaba mucho más cerca.