Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Prólogo
El aire en la capilla de la orden era frío, denso con el aroma a incienso barato y cera derretida. Las vidrieras, sucias por el hollín de la ciudad moderna, apenas dejaban pasar la luz de una luna pálida que se arrastraba entre los rascacielos.
Verónica estaba de rodillas, con la espalda tan recta que parecía una línea dibujada por un arquitecto obsesivo. Sus manos, largas y de dedos firmes, estaban entrelazadas con una presión que blanqueaba sus nudillos bajo las mangas amplias del hábito. Para cualquier observador, era el retrato de la piedad: una joven monja, de apenas veinte años, sumida en una oración silenciosa.
Su cabello, un rubio dorado, se asomaba tímidamente por debajo del velo; pequeñas y delgadas mechas rojas, como hilos de sangre, se enredaban en sus sienes, un detalle que sus superioras preferían ignorar bajo el pretexto de que “la belleza es un don divino”.
—Sor Verónica —susurró una voz detrás de ella.
Verónica no se inmutó. Su respiración era un compás rítmico, calmado, casi imperceptible. Sus ojos azules, del color de un cielo antes de una tormenta, permanecían cerrados. Ella no necesitaba mirar para saber quién estaba allí. Podía sentir el calor residual del cazador de demonios que se acercaba, el olor a pólvora de su arma oculta y el rastro de azufre que, como una huella invisible, arrastraba tras de sí después de su última patrulla en el Distrito Industrial.
—El Padre Superior pregunta si has terminado con la transcripción de los archivos —continuó el joven cazador, deteniéndose a una distancia prudente.
Había algo en la postura de la mujer, una estática extraña que le erizaba el vello de los brazos.
Verónica se puso de pie con una fluidez pulcra. Con su metro ochenta de estatura, dominaba la pequeña estancia, aunque su hábito holgado ocultaba la anatomía que se escondía debajo.
Se giró lentamente. Su rostro era suave, casi angelical, pero sus ojos azules tenían una profundidad que parecía absorber la luz de las velas.
—La labor del Señor no tiene fin, hermano —respondió ella. Su voz era dulce, melódica, como el sonido de una campana de plata—. Pero mis tareas están completas. El archivo está sellado.
El cazador bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella por más de un segundo. Sintió una punzada de incomodidad, un instinto primitivo advirtiéndole que estaba frente a algo que no terminaba de encajar en el plano de la realidad.
—A veces me pregunto cómo aguantas este lugar —murmuró él, buscando una conversación para aliviar el peso del ambiente—. El infierno está ahí fuera, en las calles, matando gente, y tú estás aquí, rezando.
Verónica esbozó una sonrisa mínima, una curva elegante y carente de cualquier rastro de humor. Sus manos se ajustaron sobre el rosario, y por un instante, bajo la penumbra, sus dedos apretaron la cruz de plata con tanta fuerza que se abolló con un sonido seco.
—No te confundas —dijo ella, con una calma que heló la sangre del cazador—. No estoy aquí por cobardía, ni por resignación. Estoy aquí para asegurarme de que, cuando llegue el momento de limpiar este mundo de su inmundicia, no haya ni un solo rincón donde puedan esconderse.
Caminó hacia la salida, su paso firme resonando sobre el suelo de piedra con una autoridad metálica. Al pasar junto a él, el joven cazador sintió un escalofrío. Por un brevísimo segundo, las mechas rojas de su cabello parecieron palpitar como una arteria expuesta, y el aire alrededor de la monja se volvió pesado, cargado con una energía estática que le hizo desear huir hacia la seguridad de los demonios que conocía, mucho antes que enfrentarse a la verdad que esa mujer ocultaba bajo su hábito.
Verónica salió al patio, mirando hacia el cielo nocturno. Sus ojos brillaron con una intensidad gélida. El éxtasis no estaba cerca, pero podía sentirlo acechando en el fondo de su conciencia, una bestia sagrada esperando el permiso para devorar la noche.