Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 13: Recuerdos y Expectativa
Mientras subía las escaleras cargando el peso de sus dos mayores tesoros, la mente de Ania, arrastrada por el silencio del pasillo, realizó un viaje involuntario hacia los archivos de su memoria.
Recordó con total claridad los primeros meses de su llegada a tierras extranjeras.
Lo primero que hizo Juan, tras asegurarles un techo provisional, fue llevarla bajo un nombre reservado al consultorio de uno de los ginecólogos más prestigiosos de la región.
Fue en ese consultorio de paredes blancas donde se confirmó con frialdad médica que fue sometida a una inseminación artificial.
El diagnóstico inicial había sido implacable: un embarazo de alto riesgo, debilitado por el trauma físico y psicológico que había sufrido en la mansión.
Las indicaciones médicas exigían un reposo absoluto, inyecciones diarias y un control de ultrasonido cada dos semanas.
Durante el primer trimestre, Ania recordaba haber vivido sumida en una paranoia constante; despertaba a mitad de la noche empapada en sudor, con el corazón en la garganta, convencida de que su abuelo Rogelio derribaría la puerta para arrebatarle el vientre.
Fue el amor incondicional de Juan lo que la salvó de caer en el abismo. Él la obligó a asistir a terapias con especialistas en trauma.
En esas sesiones, Ania aprendió a drenar el veneno del pasado, a reclamar su cuerpo como propio y, fundamentalmente, a transformar el miedo en una coraza de protección para la vida que latía en su interior.
La gran sorpresa de sus vidas llegó al tercer mes de gestación.
Durante una ecografía de rutina, el médico se detuvo, ajustó el monitor y les mostró dos pequeños impulsos eléctricos parpadeando en la pantalla.
No era una vida, eran gemelos. La revelación trajo consigo una marea de lágrimas de felicidad, pero también la incertidumbre de no conocer el sexo de los bebés, un misterio que los pequeños decidieron guardar celosamente, ocultándose en cada ultrasonido hasta el final.
El parto se desencadenó de manera prematura a los ocho meses de gestación. Ania recordaba los dolores agudos, el frío de la sala de operaciones y la ansiedad oprimiéndole el pecho.
El pánico del pasado amenazó con regresar, pero cuando la primera incisión de la cesárea se realizó, Juan estuvo allí.
Su padre, vistiendo el uniforme quirúrgico azul, le sostuvo la mano con una fuerza sobrehumana, transmitiéndole la valentía que sentía que le faltaba.
Primero, un llanto enérgico inundó el quirófano: un varón. Segundos después, un eco más suave lo secundó: una niña.
Todo el sufrimiento, las persecuciones, el dolor de la traición materna y las humillaciones de los Carrillo se evaporaron en el preciso instante en que colocaron a los dos recién nacidos sobre su pecho desnudo.
Desde ese segundo, Ania se hizo una promesa inquebrantable, sellada con el fuego de una madre: se convertiría en una mujer de poder, una muralla invencible, y jamás permitiría que nada ni nadie les hiciera falta o les causara daño.
Pía se había convertido en su mano derecha, una tía devota que pasaba las noches en vela ayudando con los biberones, mientras Juan descubría en las sonrisas de sus nietos una razón dorada para borrar las cicatrices de su propio pasado.
Ania salió del trance de sus recuerdos cuando el agua tibia de la tina comenzó a llenarse. Sentó a los mellizos en el agua y los observó salpicar, con los ojos fijos en sus facciones perfectas.
Estaba lista para volver al lugar donde todo comenzó.
……………….
La semana se desvaneció entre los dedos de Jairo como un soplo de viento.
Aquella mañana, el CEO del Grupo Velarde se levantó antes de que la alarma rompiera el silencio de su alcoba.
Hoy era el día que finalmente aterrizaría en la capital la comitiva de Automotriz Gallegos.
Aunque Jairo se jactaba de ser un hombre de hielo corporativo, no podía negar la franca expectativa que le golpeaba el pecho.
A lo largo de su trayectoria profesional, sus ojos habían escaneado cientos de alianzas estratégicas, pero ninguna poseía la solidez, la audacia arquitectónica y el impacto comercial que destilaba la propuesta enviada por los Gallegos.
Era perfecta, que la había aceptado casi de inmediato, aunque, fiel a su estirpe, bajo sus propias e innegociables condiciones.
Se vistió con la rapidez y bajó al gran comedor. La mesa lucía el esplendor habitual de la platería Velarde, pero Jairo apenas si tocó el café.
Tras el protocolo matutino, Jairo condujo personalmente hacia el colegio más prestigioso de la ciudad. Un oasis académico reservado exclusivamente para niños con inmenso poder político y económico.
Al detener el deportivo frente al colegio, Jairo descendió para abrir la puerta de su hijo.
Con infinita ternura, le enderezó el cuello del uniforme a Mateo y depositó un beso en su frente.
“Pórtate bien, campeón. Estudia mucho y diviértete” le dijo, mirándolo a los ojos.
Mateo asintió con una sonrisa que heredó de su padre y entró corriendo, perdiéndose entre las puertas del colegio.
Jairo regresó al volante y enfiló directo hacia el centro financiero.
En cuanto cruzó el umbral de su fastuoso despacho de la torre Velarde, arrojó el saco de diseñador sobre la silla presidencial e intercomunicó a Ignacio, el vicepresidente de la firma.
Ignacio no era solo su segundo al mando; era su hermano de vida. Se habían conocido años atrás en un exclusivo club, una simpatía casual que con el tiempo fraguó una lealtad inquebrantable.
Sin embargo, detrás de la sonrisa carismática de Ignacio se escondía una infancia de silencios.
Había sido criado únicamente por su madre, una mujer fuerte que lo sacó adelante sola tras separarse abruptamente del único hombre que había amado en su vida, marchándose sin saber que llevaba una nueva vida en sus entrañas.
Ignacio jamás escarbó en la identidad de su padre biológico; intuía el dolor que ese recuerdo le provocaba a su madre, por lo que prefirió dejar eso en el pasado.
La voz de la secretaria interrumpió sus pensamientos, avisándole que el jefe lo requería.
Como era su costumbre, Ignacio omitió el protocolo de tocar la puerta y se adentró en el despacho de Jairo, dejándose caer con absoluta informalidad en la silla de cuero frente al escritorio.
“No me digas que estas de cobarde y me vas a mandar a mí solo a recibir al gran magnate Gallegos” provocó Ignacio, cruzando las piernas con picardía “Según las lenguas del mundillo corporativo, el viejo viene con dos hijas que son verdaderas obras de arte...”
Jairo dibujó una fina e irónica sonrisa, sin despegar los ojos de su computadora “Déjate de estupideces, Ignacio. No es que no quiera conocerlos, pero hoy tengo con Mateo una tarde de padre e hijo. Sabes perfectamente que no puedo fallar”
Ignacio soltó una carcajada, rindiéndose ante el argumento “Está bien, hombre de familia, yo me encargo. De todos modos, mañana los tendrás de frente”
Se puso en pie, ajustándose los puños de la camisa, pero antes de cruzar la salida, se giró con una sonrisa maliciosa “Ah, por cierto... me llevo a Leo conmigo para que cargue los carteles. Así que hoy te toca manejar solo”
Jairo asintió con un gesto despectivo de la mano, restándole importancia, mientras Ignacio salía a coordinar los últimos trabajos pendientes.
………….
Por su parte, la última semana de Juan Gallegos en el extranjero no había sido menos que un torbellino de decisiones ejecutivas.
Fiel a su naturaleza previsora, había dejado la sede internacional de su empresa blindada, delegando las gerencias con profesionales cuya lealtad estaba probada a fuego.
No podía permitirse el lujo de un solo cabo suelto, especialmente ahora que pisaría el territorio de sus antiguos verdugos.
La mudanza prolongada había sido un dolor de cabeza.
Para Ania, el proceso duplicaba su dificultad: coordinar las necesidades, juguetes, fórmulas y ropa de dos niños de dos años requería de mucha atención.
Ese día, finalmente, el destino los llamaba de regreso a la ciudad que tres años atrás habían huido de la tiranía de Rogelio Carrillo.
Pero esta vez no regresaban sin poder, ahora tenían la forma de defenderse.
Automotriz Gallegos poseía en ese momento un patrimonio neto que duplicaba a la empresa de los Carrillo.
Para evitar complicaciones, Juan había enviado el equipaje veinticuatro horas antes. Así, la familia desayunó con una calma inusual y abordó el avión portando únicamente mochilas de mano.
El trayecto de ocho horas, los gemelos, rebosantes de la energía, comenzaron a retorcerse en sus asientos.
“Mamá... quiero jugar... ¿puedo correr por el pasillo?” balbuceó Adriel, parado sobre el asiento.
Lía, que imitaba cualquier movimiento de su hermano gemelo, alzó también sus manitas imitando el gesto “Yo también, mamá... voy con mi hermano”
Ania los estrechó contra su regazo con infinita ternura para tranquilizarlos.
El lenguaje de los niños aún no era muy claro, pero Ania lo entendía perfectamente.
“Ni lo piensen, mis pequeños traviesos” los reprendió con una voz suave pero firme “Conozco perfectamente esa mirada y sé lo que están tramando, pero en este avión nos quedamos sentados”
Los pequeños la miraron con esos enormes ojos cargados de una inocencia irresistible que usualmente derretían cualquier negativa materna. Esta vez, Ania se mantuvo inamovible.
En ese instante la voz de la jefa de cabina anunció el descenso final.
“Ya escucharon, tranquilos, mis bebés... ya llegamos a casa. Muy pronto podrán correr todo lo que quieran” les susurró con paciencia.
Adriel alzó los brazos en señal de victoria y Lía comenzó a aplaudir con un entusiasmo tan sonoro que captó de inmediato la atención de las filas contiguas.
Los murmullos entre los pasajeros no se hicieron esperar. La belleza física de los gemelos era una anomalía magnética: mejillas sonrosadas y redondas, facciones de una finura aristocrática y una expresión que derretía a cualquier extraño.
Un par de turistas intentaron sacar sus teléfonos para capturar una fotografía de los niños, pero bastó una sola mirada glacial y protectora de Juan desde el asiento del pasillo para que bajaran los dispositivos de inmediato, intimidados por el aura del patriarca.
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.