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Susurros Del Más Allá.

Susurros Del Más Allá.

Status: En proceso
Genre:Sirena / Terror / Pacto con el demonio / Maldición
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.

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Capítulo 7: Secretos enterrados.

El encuentro con la sirena en las aguas había dejado a Lyssa marcada no solo en la piel, sino en el alma. Aún podía sentir el frío de esa mirada brillante y maligna recorriéndole la espalda, y las palabras de la criatura resonaban en su mente una y otra vez: «La sangre siempre llama a la sangre… lo que es mío, siempre vuelve a mí». No eran frases al azar. Había algo más, algo que iba más allá de ser simplemente una forastera que llegó a buscar respuestas. Ella tenía una conexión con todo esto, podía sentirlo en cada latido de su corazón.

Regresó a la posada con paso rápido y decidido. Si su madre había venido hasta aquí, si había dejado pistas y notas, escondidas entre rocas y papeles, era porque sabía que Lyssa seguiría sus pasos. Y si la leyenda, la maldición y esa criatura la conocían por su nombre y su linaje, entonces la respuesta debía estar en lo que su madre le había dejado, en lo que ella había traído consigo desde casa sin saber lo que realmente significaba.

Cerró la puerta con llave, corrió las cortinas para que nadie pudiera ver hacia dentro y se arrodilló junto a su vieja maleta de cuero, la misma con la que había viajado desde su ciudad natal. La abrió con cuidado. Allí estaban sus ropas, sus objetos personales, y en el fondo, envuelta en una tela gruesa y protegida como un tesoro sagrado, estaba la caja de madera oscura que su madre le había regalado poco antes de desaparecer. Le había dicho: «Guárdala bien, Lyssa. Úsala solo si algún día necesitas saber quiénes somos realmente». Hasta ahora, nunca se había atrevido a abrirla. Tenía miedo de lo que pudiera encontrar. Pero ahora… el miedo era menor que la necesidad de verdad.

Con manos temblorosas, retiró la tela y levantó la tapa. El olor a madera antigua, a cera y a tiempo se esparció por la habitación. Dentro había cartas atadas con cintas desgastadas, cuadernos de tapas duras llenos de escritura, dibujos hechos con tinta que se había desvanecido con los años, y algunos documentos viejos, amarillentos y frágiles, que parecían tener siglos de antigüedad.

Lyssa tomó el primer cuaderno. Era de su bisabuela. Las primeras páginas hablaban de la vida cotidiana, de amores y penas, pero a medida que avanzaba la lectura, el tono cambiaba. Las palabras se volvían oscuras, urgentes, llenas de un temor que saltaba de las líneas. Leyó en voz baja, casi en un susurro:

«Nuestra familia carga con una deuda que nunca se acaba. Hace mucho tiempo, una de nosotras cometió un error terrible, un acto de orgullo y dolor que despertó lo que duerme en el mar. Ella prometió que nunca nos dejaría en paz, que nos seguiría de generación en generación, cobrando su precio con cada hija que nace. Nosotras somos las guardianas, sí… pero también somos las prisioneras. Porque ella nos necesita para recordar, para mantenerse viva… y para reclamar lo que desea.»

Lyssa pasó las páginas rápidamente, con el corazón golpeando fuerte contra sus costillas. Encontró un dibujo que le hizo contener la respiración. Era el mismo símbolo que ahora tenía marcado en su muñeca: una ola rodeada de espinas. Debajo, una nota escrita con letra muy fina y antigua: «La marca de la estirpe. Quien la lleva, pertenece a la historia, al pacto y a la condena. Fue nuestra antepasada, la primera de todas, quien ayudó a Serena a conseguir su poder… y fue ella quien escribió las reglas que ahora nos atan a todas.»

Serena. El nombre de la mujer que se convirtió en la sirena. Entonces no era solo una leyenda. Era una historia real, y su familia estaba en el origen de todo.

Siguió buscando. Encontró documentos aún más antiguos, hojas sueltas que parecían copias de registros de la iglesia o de viejos archivos del pueblo de Mar Azul. Fechas, nombres… y allí estaba, escrito con tinta negra que aún se veía clara a pesar de los siglos: Marina de la Vega. Su tatarabuela, la fundadora de su línea familiar. Al lado de su nombre, una anotación al margen, hecha por otra mano: «Ella fue quien le dio lo que pedía. Ella escribió el conjuro. Ella selló el destino de este pueblo y del suyo propio. La sirena no habría existido sin ella. Y ahora, cada descendiente paga el error que ella cometió por amor y por venganza.»

Lyssa dejó el papel sobre la mesa, sintiendo que el aire le faltaba. Todo encajaba ahora. Por eso ella podía escuchar los susurros que nadie más oía. Por eso su madre había venido aquí, atraída por una fuerza que no podía controlar. Por eso la sirena la había reconocido al instante en el reflejo del agua. No era una extraña. Era parte de la historia, parte del problema, parte de la maldición misma. Su familia no solo conocía el secreto… ¡lo habían creado!

Siguió leyendo, buscando desesperadamente alguna respuesta, alguna forma de reparar el daño. Encontró las notas más recientes, escritas por su propia madre antes de su partida. La letra era agitada, nerviosa, como si hubiera escrito bajo el efecto del miedo o de una urgencia desesperada.

«Lo he descubierto todo, Lyssa. No solo estamos ligadas a ella… también estamos ligadas a él. Al chico, a Christhian. Fue nuestra familia la que no solo ayudó a crearla, sino la que también ató su vida a la de él, hace años, cuando su antepasado intentó romper el hechizo y solo logró atarlo más fuerte. Hay un lazo de sangre, un vínculo mágico que une nuestra estirpe con la suya. Él no es solo una víctima… es el otro extremo de la cadena. Ella lo mantiene prisionero, pero lo mantiene así porque sabe que, si tú y él llegáis a conoceros de verdad, si el lazo que compartís se despierta por completo… todo podría cambiar. O destruirse para siempre.»

Lyssa se llevó una mano a la boca, ahogando un grito. Las palabras de las voces en la noche cobraban ahora un sentido aterrador: «Él es la cadena… y tú eres la llave». No era solo una forma de hablar. Era literal. Su familia había atado sus destinos hacía siglos. La sirena se lo había llevado a él de niño, lo había hecho suyo, pero siempre supo que llegaría el día en que ella, Lyssa, aparecería. Porque ese era el diseño de la maldición.

Su madre terminaba aquella nota con una frase que le heló la sangre:

«Ella te odia antes de conocerte, hija mía. Porque sabe que tú eres la única que puede quitárselo. La única que puede romper lo que nuestras antepasadas ayudaron a construir. Ten cuidado, mi niña. Ella juega con el amor y con el odio. Y Christhian… él está perdido, lleno de dolor y rabia. Te odiará al principio porque le recuerda su condena… pero también se sentirá atraído hacia ti con una fuerza que no podrá controlar. Y ella disfrutará cada segundo de ese conflicto. Porque nada la alimenta más que ver cómo dos almas destinadas a salvarse, se hacen daño mutuamente.»

El silencio en la habitación se sentía pesado, cargado de verdades ocultas durante generaciones. Lyssa cerró los ojos, viendo ante sí el mapa completo de la tragedia. No estaba allí por casualidad. No estaba allí solo por amor a su madre. Estaba allí para cumplir un papel que había sido escrito hacía siglos, en un pacto oscuro, en un mar que guardaba secretos de sangre.

Su familia era la causa de todo. Y ahora, ella era la única que podía intentar arreglarlo… o terminar de hundirse en la condena junto con Christhian, con su madre y con todo lo que amaba.

Guardó todo de nuevo en la caja, con manos rígidas por el impacto, y se puso de pie, mirando hacia la ventana, hacia el mar que rugía allá abajo. Ya no había dudas, ya no había incertidumbre. Sabía quién era, sabía qué era la sirena, sabía quién era Christhian y por qué estaban unidos.

Pero saber la verdad… solo hacía que todo fuera mucho más peligroso. Porque ahora sabía también que la criatura demoníaca del agua vigilaba cada uno de sus pasos, esperando el momento exacto en que el amor y el odio chocaran, para disfrutar del espectáculo de su destrucción.

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