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Saga Amor

Saga Amor

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Comedia / Acción / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Ecos Del Infierno

holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️

NovelToon tiene autorización de Ecos Del Infierno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 – Heridas abiertas

El timbre

Roma está por salir a hacer las compras cuando escucha el timbre. Pensó que podía ser el correo, o algún vecino pidiendo sal. Abre la puerta sin mirar por la mirilla.

Ahí está él.

El padre.

Apoyado en el marco como si tuviera algún derecho a estar ahí. Con el mismo gesto de superioridad de siempre, ese que no cambia ni con los años, ni con los silencios, ni con los kilómetros. El olor a tabaco viejo y colonia barata lo invade de golpe. Roma siente que el aire se vuelve pesado.

—¿Vas a invitarme a pasar o vas a seguir haciéndote la víctima? —dice, con ese tono que le da asco.

Roma no responde. Apenas da un paso hacia el costado, como si su cuerpo actuara antes que su voluntad. Lo deja entrar.

La charla no dura mucho. En realidad, ni siquiera es una charla. Es una colección de frases tiradas como piedras.

—Vi a tu madre el otro día. Está preocupada por vos.

—¿Así que ahora te llamás Roma? Bueno. Mientras no te vistas de mujer…

—Supongo que no estás estudiando nada, ¿no? Siempre te gustó el camino fácil.

Cada palabra lo va arrastrando a esa versión de sí mismo que pensó haber dejado atrás. Roma no grita. No llora. Pero cada músculo de su cara está tenso como una cuerda al borde de romperse. Su mandíbula duele de tanto apretarla.

—¿Para qué viniste? —pregunta al final, con voz baja, casi tranquila.

—Para verte. ¿No puedo visitar a mi hijo?

—No tengo padre. Y no soy tu hijo. No más.

El silencio que sigue es frío. Insoportable.

El padre se va como llegó, sin disculpas, sin abrazos, sin entender nada. Como si la puerta fuera una frontera y él nunca la hubiera cruzado.

Roma se queda un rato ahí, de pie. La casa se siente de nuevo como algo prestado. Como si todo lo bueno fuera frágil, provisorio. Pero respira. Cierra los ojos. Y se repite en la mente lo mismo que le dijo su psicóloga: “Que algo te duela no significa que retrocediste. Significa que estás sintiendo. Y eso es parte de sanar.”

Mira la hora. Tiene que ir a trabajar. A ese lugar donde es bienvenido, donde lo llaman por su nombre sin juicio. Se cambia en silencio, se arregla un poco el pelo, se pone perfume.

Pero por dentro, Roma va herido.

El bar

El local está lleno. Es sábado por la noche y, como siempre, el ambiente vibra entre risas, humo suave de marihuana y música tranquila de fondo. Roma se mueve con rapidez entre las mesas. Lleva una bandeja con tres platos humeantes y dos cervezas artesanales. Su cabeza sigue reviviendo la visita de la mañana. Intenta concentrarse, pero hay un nudo en el pecho que no cede.

De repente, sin aviso, alguien se cruza en su camino. Un tipo joven, distraído mirando su celular, lo choca de lleno.

La bandeja vuela. Los platos estallan contra el piso. La cerveza moja el pantalón de Roma y uno de los platos rotos le raspa la mano con fuerza.

Un silencio breve se forma alrededor. Los clientes miran, algunos murmuran, otros se incomodan. Roma siente todas esas miradas como agujas.

—¡¿Qué mierda te pasa?! ¡Mirá por dónde caminás, pelotudo! —grita con la voz temblando, como si cada palabra fuera un latigazo cargado de todo lo que viene aguantando.

El cliente da un paso atrás, sorprendido. Intenta decir algo, pero Roma ya se da vuelta.

El encargado, que desde la barra lo observa con cara de preocupación, se acerca. Roma no espera. Se mete en la cocina directamente.

El calor de los fuegos le pega en la cara. La herida arde. Busca agua, jabón, papel. Tiembla, pero no por el corte. Tiembla de bronca, de vergüenza, de tristeza acumulada.

Mientras se enjuaga la mano, se le escapan unas lágrimas. Siente que se odia por haber reaccionado así, por haberse dejado llevar. Pero también… también siente que nadie puede con tanto.

—Respirá, Roma… —se dice en voz baja, como si pudiera calmarse a sí mismo.

Uno de sus compañeros entra a la cocina, lo mira sin juicio.

—¿Querés que cubra tu parte un rato?

—Sí… gracias —responde sin levantar la mirada.

Se sienta en una banqueta al fondo de la cocina. No dice nada más. Solo respira, mientras se venda la mano con cuidado. Porque aunque le duela, sabe que este no es el final del día. Solo una de Esas batallas internas que no siempre se ven desde afuera.

---

Matías vuelve a salir al salón después de cubrirle unos minutos a Roma. Le duele verlo así. Siempre lo nota esforzándose más de lo necesario, como si tuviera que demostrar algo constantemente. Lo respeta, y aunque al principio le costaba leerlo, terminó dándose cuenta de que Roma tiene una sensibilidad enorme… solo que vive a la defensiva.

—Che, el pibe se lastimó en serio —le dice a Carla, la encargada—. ¿Querés que lo mande a casa?

Carla asiente, pero con la expresión típica de alguien que también tiene sus propias cargas. “Este pibe es bueno”, piensa. “Pero está a un paso de romperse.” Ya lo notaba extraño desde que llegó, más apagado. Ella sabe leer esas cosas, porque también tiene su historia. Y porque en ese bar, más allá del humo, las risas y el ambiente relajado, todos arrastran algo. Justamente por eso se sostienen. Porque se entienden sin juzgarse.

Se acerca a la cocina.

—Roma, vení un segundo.

Roma levanta la mirada, aún con los ojos algo húmedos.

—No pasa nada, en serio… puedo seguir.

—No, no. Escuchame. Andate a tu casa. Tranquilo. Mañana venís si estás bien. Acá no somos robots. Sos humano, loco. Está todo bien.

Roma asiente, agradecido, pero también con un dejo de vergüenza. Se pone su campera con lentitud, todavía sintiendo que falló. Pero al mismo tiempo… hay algo que empieza a hacerle bien. Ser tratado con comprensión. Ser visto. Es una sensación extraña para alguien que siempre creyó que debía ocultarse para sobrevivir.

Mientras camina hacia la puerta, Matías le hace una seña:

—Eh, tranqui. Mañana hay empanadas caseras. No te las vas a perder, eh.

Roma sonríe apenas, pero genuinamente.

Emily está acostada cuando el teléfono vibra.

> Roma: “Me fui antes del trabajo. Día largo. ¿Estás despierta?”

> Emily: “Siempre. ¿Querés que te pase a buscar? ¿Dormís acá?”

Roma, que pensaba encerrarse en su casa y no hablar con nadie, duda. Pero responde:

Ø  Roma: “Sí. Me vendría bien.”

En el grupo, Sofía escribe:

Ø  “¿Todo bien con Roma? No leí todo pero vi algo del grupo. ¿Pasó algo?”

Emily contesta:

Ø  “Día de mierda. Pero ya lo voy a buscar. Le hacemos cena y peli. Te sumás si querés.”

Sofía responde con un sticker de corazón y un simple:

Ø  “Obvio.”

Roma sube al auto de Emily unos minutos después. No hablan mucho al principio. Solo se miran, se entienden, se escuchan con el cuerpo más que con las palabras. A veces, eso es suficiente.

Y aunque el día se le rompió en mil partes, algo en esa noche lo empieza a reconstruir.

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