Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 3
Cap 3: Ruptura Bajo La Luna Menguante
La luna menguante colgaba sobre Hacienda Ríos. Val la vio desde la ventana y pensó que esa noche tenía que terminar lo que Sebastián había empezado.
Tres días desde la noche de sangre. Tres días en los que Val no había salido del Ala de Orquídeas más que para caminar al pozo cuando Sofía estaba ocupada. Tres días que la manada había interpretado como señal de derrota —"la pobre Luna rechazada, encerrada llorando"— y que Val había usado para revisar cada cifra, cada documento, cada cláusula del código de la manada que pudiera servirle.
—¿Estás segura de que es hoy? —preguntó Sofía, con el sobre de la ruptura apretado contra el pecho.
—Hoy. Ahora. Antes de que termine la luna menguante.
—¿Por qué antes de que termine?
—Porque en la tradición de la Diosa Luna, un enlace que se disuelve bajo luna menguante muere con ella. Si esperamos a luna nueva, Sebastián puede argumentar que el ciclo se reinició y pedir un periodo de reconsideración.
Sofía la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cuándo aprendiste todo eso?
—Hace tres años, cuando todavía creía que necesitaba saber cómo proteger este vínculo. —Val se alisó la falda oscura que había elegido en lugar del blanco ceremonial—. Resulta que lo que aprendí para protegerlo sirve igual para destruirlo.
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El estudio de Sebastián olía a cuero viejo, tinta de hierro y acónito. Los sanadores usaban esa planta para tratar las heridas de guerra que Sebastián aún arrastraba del frente. Val lo detectó en cuanto cruzó la puerta, y su loba se tensó.
Sebastián estaba de pie detrás del escritorio de caoba, revisando un mapa de fronteras con Marco, su Beta, que se retiró en cuanto Val entró. Marco le dirigió una mirada breve —no de hostilidad, sino de algo que Val no supo leer; tal vez respeto, tal vez lástima— y cerró la puerta al salir.
—Valentina. —Sebastián no levantó la vista del mapa—. Pensé que estarías preparando tu equipaje.
—Pensaste mal.
Ahora sí la miró. Tenía ojeras que no tenía tres días antes, aunque Val no sabía si eran por la guerra o por lo que había hecho en la plaza. No le importaba.
—Vine a que firmes esto. —Val puso el sobre de Sofía sobre el escritorio, directamente encima del mapa de fronteras—. Documento de ruptura formal del enlace, según el artículo séptimo del código de la manada, sección de disolución de vínculo predestinado por rechazo mutuo.
Sebastián miró el sobre con desprecio. Lo tomó con dos dedos, lo abrió sin prisa y leyó la primera página. Después la segunda. Después volvió a la primera.
—¿Rechazo mutuo? —dijo, con una media sonrisa que le tensó la cicatriz que le cruzaba la mandíbula—. Valentina, yo te rechacé a ti. No fue mutuo.
—Yo te rechacé de vuelta. Ante doscientos testigos. O necesito recordarte qué pasó con la luna esa noche.
La media sonrisa se congeló un instante. Solo un instante. Después Sebastián soltó los papeles sobre el escritorio y se reclinó en la silla, cruzando los brazos.
—Esto es solo un berrinche. —Su voz era la de alguien acostumbrado a que el mundo obedeciera—. Lo firmaré, porque no tengo tiempo para discutir contigo, pero los dos sabemos cómo termina esto. Volverás arrastrándote cuando descubras que fuera de esta manada no eres nadie.
Val no respondió. No hacía falta.
Sebastián tomó la pluma del tintero y firmó. Rápido, impaciente, con el trazo descuidado de quien firma un recibo sin importancia. Ni siquiera releyó las cláusulas.
Ese fue su primer error.
Val tomó los documentos firmados, verificó la firma, la fecha, el sello de la casa Ríos que Sebastián había estampado por costumbre. Todo en orden. Todo legal. Todo irreversible.
—Gracias —dijo Val, y la palabra no contenía gratitud alguna.
Guardó los documentos en el sobre y se dio la vuelta hacia la puerta.
En ese momento —y Val supo después que fue el instante exacto en que la tinta de la firma terminó de secarse— la marca en su cuello estalló en dolor.
El ardor de la plaza había sido fuerte. Esto fue peor. La grieta de la marca se abrió bajo su piel y una línea de luz dorada se derramó desde la fractura. Val sintió el calor subir por la mandíbula, bajar por la clavícula y clavarse en el pecho, donde el enlace —lo que quedaba de él— se retorcía como un animal agonizante.
Clavó las uñas en la palma de su mano izquierda. Los cuatro dedos, hasta que sintió la media luna de las uñas romper la piel. El dolor de la mano le dio algo en lo cual concentrarse que no fuera el incendio en su cuello.
Su expresión no cambió.
Sebastián, que seguía sentado, la observó. Algo cruzó su rostro —no era arrepentimiento, todavía no, pero era una sombra de algo que se parecía a la incomodidad de ver a alguien sufrir un dolor que él mismo había causado y no poder mirar hacia otro lado.
—Valentina —dijo, y por primera vez su voz no sonó como una orden ni como un insulto. Sonó como el nombre de alguien a quien alguna vez había conocido.
Val no se detuvo. No giró la cabeza. Abrió la puerta con la mano que no estaba sangrando y salió del estudio con el mismo paso recto con el que había entrado.
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Sofía la esperaba en el pasillo, pegada a la pared para que los guardias de Doña Milagros no la vieran.
—¿Firmó?
Val le entregó el sobre.
—Envíalo. Ahora. El mensajero más rápido que tengamos.
—Val, tu cuello...
—El mensajero, Sofía. Antes de que a Sebastián se le ocurra cambiar de opinión.
Sofía asintió, tomó el sobre y desapareció por el corredor lateral que conectaba con las caballerizas. Val se apoyó en la pared un segundo —solo un segundo— antes de seguir caminando.
Desde la galería del segundo piso, detrás de una cortina de encaje que no escondía nada a un licántropo con buen olfato, Doña Milagros observaba. Val la detectó por su perfume —gardenia y algo ácido debajo, como fruta podrida— antes de verla. No levantó la vista.
Doña Milagros sonrió. Una sonrisa ancha, satisfecha, de quien ve cumplirse un plan largamente trabajado. La nuera incómoda se iba. El camino quedaba libre para Catalina, para Mónica, para cualquier mujer que Doña Milagros pudiera controlar mejor que a una Solís con ideas propias.
No sabía —y Val no tenía ninguna intención de decírselo— que irse era lo último que Val planeaba hacer.
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Quince minutos después, Sofía volvió al Ala de Orquídeas sin aliento.
—Enviado. Diego salió en forma de lobo hace diez minutos, a galope completo hacia la sede del Consejo de Lunas. A esa velocidad, llegará antes del amanecer.
Val estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda muy recta y las manos sobre las rodillas. Temblaba, pero era un temblor controlado, como el de una cuerda de guitarra después de ser pulsada.
—Cierra la puerta —dijo.
Sofía cerró. Echó el pestillo. Se sentó junto a Val en la cama.
Y entonces —solo entonces, con la puerta cerrada, el pestillo echado, y la única persona en quien confiaba al lado— Val se permitió temblar de verdad.
No lloró. Los ojos se le llenaron pero no derramó nada. Su loba interior gimió, un sonido bajo y largo, de duelo, no de derrota, y Val la dejó hacer, porque su loba merecía llorar lo que Val no se permitiría llorar jamás.
Sofía no dijo nada. Le tomó la mano —la que no estaba marcada por sus propias uñas— y se la sostuvo, y eso fue suficiente.
Los minutos pasaron. La luna menguante se movió un grado en el cielo. El temblor fue cediendo, poco a poco, como fiebre que baja.
Val levantó la cabeza.
—Sofía.
—¿Sí?
—Mira la ventana.
Sofía giró la cabeza hacia el ventanal del Ala de Orquídeas, el mismo por el que tres días antes había llegado aquel aullido lejano que no pertenecía a nadie de la manada Ríos.
En el alféizar había una flor.
No venía de ningún jardín de Hacienda Ríos. Val conocía cada planta del territorio; tres años cuidando los jardines medicinales le habían enseñado el nombre de cada hoja. Esta no pertenecía a ninguno de ellos. Era blanca, pequeña, con pétalos translúcidos. Bajo la luna menguante brillaba con una luz suave.
Flor de luna silvestre.
Crecían solo en las montañas del norte, a días de distancia de Hacienda Ríos. Nadie de la manada Ríos tenía razones para ir hasta allá. Nadie de la manada Ríos sabía que a Val le gustaban.
Alguien la había dejado ahí. Alguien que había entrado al territorio de los Ríos sin ser detectado, que había llegado hasta la ventana del segundo piso del Ala de Orquídeas sin activar una sola alarma, y que se había ido sin dejar rastro.
Alguien muy poderoso. O muy silencioso. O ambas cosas.
Val se levantó de la cama y caminó hasta la ventana. Extendió la mano y tomó la flor entre los dedos.
En el instante en que las yemas tocaron los pétalos, sintió algo.
No dolió como el enlace roto con Sebastián. Fue una pulsación tibia, lejana. Val sabía que no era un enlace, pero tocó el mismo lugar vacío que el vínculo había ocupado.
Su loba interior dejó de gemir.
De golpe, las orejas de su loba se irguieron. Su cola invisible se movió una vez, despacio.
Val se quedó inmóvil, con la flor en la mano y la luna menguante entrando por la ventana.
—¿Val? —Sofía se acercó despacio—. ¿Qué es eso?
Val no respondió enseguida. Miraba los pétalos luminosos, y la pulsación seguía ahí, constante, como una promesa que nadie le había hecho con palabras.
—No lo sé —dijo finalmente, en un susurro—. Pero alguien quiere que sepa que está ahí.
Cerró los dedos alrededor de la flor con cuidado.
Afuera, más allá de las colinas y de los límites del territorio Ríos, una sombra inmensa se movió entre los árboles. Tenía ojos dorados y no apartó la mirada de aquella ventana del segundo piso hasta que la última luz se apagó.
se jodió esto
por fin ya era hora