Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 5: Secretos entre Sábanas
El sol avanzaba por el cielo, pintando de oro los rascacielos de la ciudad, y dentro de ese consultorio el tiempo parecía haberse detenido por completo. Renata seguía acurrucada sobre el pecho de Gabriel, escuchando los latidos firmes de su corazón, sintiendo el calor de su piel contra la suya, y por primera vez en años no sentía frío ni vacío. Sus dedos trazaban líneas invisibles sobre su hombro, recorriendo cada músculo, cada cicatriz, cada rincón de ese cuerpo que la había hecho sentir mujer de verdad.
Gabriel tenía la barbilla apoyada en su cabeza, una mano grande y pesada reposando en su cintura, apretándola contra sí como si temiera que se desvaneciera si la soltaba. No hablaban, y sin embargo se decían todo. Cada roce era una promesa. Cada suspiro un secreto compartido.
—Tengo que irme pronto —murmuró él al cabo de un rato, aunque no hizo ningún movimiento para soltarla—. Mi ausencia empezará a llamar la atención.
Renata apretó los dedos sobre su pecho, aferrándose a él con desesperación infantil.
—No quiero. Aquí… aquí nadie me mira. Nadie me juzga. Déjame quedarme un poco más.
Gabriel soltó un suspiro contra su cabello y la apretó con más fuerza.
—Quiero quedarme contigo hasta que se ponga el sol. Quiero quedarme contigo toda la vida. Pero el mundo que conozco es cruel, Renata. Y cuanto más tiempo pasemos juntos aquí, más fácil será descubrirnos.
Ella se incorporó un poco, apoyando el codo sobre su pecho y mirándolo a los ojos con la luz dorada de la ventana reflejada en sus pupilas.
—¿Y qué hay de ese secreto que mencionaste? ¿Quién eres realmente, Gabriel?
Él le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, despacio, con una ternura que contrastaba con la dureza de su mirada.
—Soy el mismo hombre que te besó hace un momento. El que te desea con un fuego que no logro apagar desde que cruzaste esa puerta. Pero mi nombre verdadero pesa demasiado. Abre puertas y también abismos. Cuando sepas quién soy, cambiará todo: cómo te miran, cómo te hablan, lo que esperan de ti… ¿Estás segura de querer cargar con eso?
—Estoy segura de querer estar contigo —respondió ella sin dudar—. El resto… lo aprenderé a llevar.
Gabriel la miró largo rato, como si estuviera memorizando su rostro para tiempos oscuros que veía venir.
—Pronto lo sabrás. Muy pronto. Pero mientras tanto… —recorrió con la mirada sus labios entreabiertos, su cuello, el escote que se le formaba al inclinarse— hay reglas que debemos cumplir.
Renata arqueó una ceja, con una media sonrisa jugando en sus labios.
—¿Otra vez el médico autoritario?
—Siempre —respondió él con una sombra de sonrisa—. Escúchame bien: no vendrás a verme a esta hora. Tus citas seguirán siendo en horario normal, ante la recepcionista, como si nada hubiera cambiado. Nadie sospechará nada. Y cuando estemos solos… —la atrajo de golpe contra su pecho, pegando su boca a la suya, bajando la voz hasta un ronroneo que la erizó entera— cuando estemos solos, seremos dueños de todo el tiempo que exista. ¿Entendido?
—Sí, doctor —susurró ella contra sus labios, provocándole un gruñido bajo y complacido.
Se vistieron despacio, con lentitud, robándose miradas y roces que encendían la piel. Gabriel le acomodó el cabello tras la oreja con manos que ya conocían cada rincón de su cuerpo, y ese contraste entre lo íntimo y lo cotidiano la hizo temblar de una forma nueva.
—¿Nos vemos la semana que viene? —preguntó ella en la puerta, con la mano en el pomo, odiando tener que soltarse de su lado.
Gabriel la atrajo de nuevo hacia sí, besándola con hambre contenida, un beso que la dejó sin aire y con las piernas temblando.
—Antes. Mañana. A esta misma hora. Pero entra por la puerta de servicio del edificio. La llave es para el piso 22, oficina B. Nadie te verá. ¿Prometido?
—Prometido —repitió ella, guardando la pequeña llave metálica en el fondo de su bolso como si fuera un tesoro.
Salió al pasillo con la cabeza alta, el corazón desbocado y la piel aún ardiendo con el recuerdo de sus caricias. Nadie lo habría dicho al mirarla, pero Renata Sinclair ya no era la misma mujer que entró allí unas horas atrás. Se sentía poderosa. Deseada. Viva. Y mientras caminaba hacia el ascensor, supo que no importaba qué secretos ocultara Gabriel, ni qué tormentas vendrían después: estaba dispuesta a enfrentarlo todo con tal de tenerlo.
Porque ahora, por primera vez, tenía algo por lo que luchar.