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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:755
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

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Capítulo 6: Las reglas del palacio

A la mañana siguiente, Seraphina despertó con la sensación de no haber dormido.

La conversación de la noche anterior seguía dando vueltas en su mente. Recordaba el rostro de Aurelius cuando le preguntó si sabía comportarse como un esposo. Por un instante había dejado de parecer un emperador. Había parecido un hombre herido, cansado de esconder un dolor que nadie comprendía.

Seraphina no quería sentir compasión por él.

La compasión podía convertirse en debilidad.

Y ella no estaba dispuesta a ser débil dentro de aquel palacio.

Mireya y Clara llegaron poco después del amanecer con un vestido color marfil. Tenía mangas largas, una falda amplia y bordados dorados en forma de hojas.

—Hoy comenzaréis las lecciones de protocolo —anunció Clara.

—Hoy comenzaré a aprender cómo respirar sin ofender a la corte —respondió Seraphina.

Mireya soltó una risa baja.

—No os burléis. La corte imperial es peligrosa.

—¿Más peligrosa que el emperador?

La doncella dejó de sonreír.

—De distintas maneras.

Seraphina se vistió sin protestar. No porque aceptara su nueva vida, sino porque había decidido observar antes de actuar. En un lugar como aquel, cualquier palabra podía convertirse en un arma contra ella.

La primera lección tuvo lugar en una sala luminosa del ala oriental. Las paredes estaban cubiertas de espejos y retratos de emperatrices. Una mujer alta, delgada y vestida de gris esperaba junto a una mesa.

—Soy lady Octavia —dijo—. Durante los próximos siete días me encargaré de enseñaros todo lo necesario para convertiros en una emperatriz aceptable.

Seraphina la miró de arriba abajo.

—¿Y si no quiero ser aceptable?

Lady Octavia no mostró ninguna emoción.

—Entonces os convertiréis en una emperatriz escandalosa. Pero seguiréis siendo emperatriz.

La mujer señaló una silla.

—Sentaos.

Seraphina obedeció.

Durante la siguiente hora aprendió cómo sostener una copa, cómo inclinar la cabeza ante un duque, cómo caminar detrás del emperador y cómo permanecer en silencio mientras varios nobles discutían asuntos que también afectaban su vida.

Cada vez que Seraphina cometía un error, lady Octavia golpeaba suavemente la mesa con una vara de madera.

—Una futura emperatriz no cruza los brazos.

—Una futura emperatriz no se casa contra su voluntad.

—No estamos hablando de vuestra voluntad.

—Ese es el problema.

Lady Octavia la observó por encima de sus lentes.

—Aurelius no tolera que lo contradigan.

—Entonces su vida debe ser muy aburrida.

La mujer suspiró.

—El emperador no es un hombre sencillo.

—Eso ya lo he notado.

—Tampoco es un hombre al que podáis desafiar sin consecuencias.

Seraphina se inclinó hacia delante.

—Todos aquí repiten lo mismo. Que es poderoso, que es peligroso, que nadie puede enfrentarse a él. Pero nadie me dice por qué debo temerle.

Lady Octavia guardó silencio.

—Porque las personas que lo han desafiado no han vuelto a hacerlo —respondió finalmente.

Seraphina sintió un frío ligero en la espalda, pero no apartó la mirada.

—¿Las mató?

—No he dicho eso.

—Tampoco lo negó.

Antes de que lady Octavia pudiera responder, las puertas de la sala se abrieron. Un joven soldado entró y se inclinó.

—Lady Octavia, el emperador requiere vuestra presencia.

—¿Ahora?

—Es urgente.

La mujer recogió sus documentos.

—Continuaremos después del almuerzo.

Cuando se marchó, Seraphina se quedó sola con Mireya y Clara. Se acercó a uno de los espejos. La imagen que le devolvió parecía pertenecer a otra persona.

El vestido, los bordados, el cabello cuidadosamente peinado.

Parecía una noble.

Pero por dentro seguía siendo la muchacha que corría descalza por los campos y trepaba a los árboles para escapar de las lecciones de su madre.

—¿Qué hay en el ala oeste? —preguntó.

Las dos doncellas se tensaron.

Seraphina lo notó de inmediato.

—El emperador dijo que está prohibido entrar.

—Entonces no preguntéis por ello —dijo Clara.

—Eso no es una respuesta.

Mireya se acercó a la ventana.

—El ala oeste está cerrada desde hace años.

—¿Por qué?

—Nadie lo sabe.

—¿Y nadie ha intentado averiguarlo?

—Muchos.

—¿Qué les ocurrió?

Mireya la miró con seriedad.

—Algunos fueron despedidos. Otros huyeron del palacio. Y uno de ellos desapareció.

Seraphina sintió que la curiosidad comenzaba a vencer al miedo.

—¿Quién?

—Un médico.

—¿Qué buscaba?

—La cura de la maldición del emperador.

El silencio se hizo más profundo.

Seraphina miró hacia la puerta.

—¿El emperador tiene una cura?

—No lo sabemos.

—Pero alguien intentó encontrarla.

—Y desapareció.

Seraphina apretó los labios. La respuesta de Mireya solo había aumentado sus dudas.

Al salir de la sala, decidió caminar hacia sus aposentos, pero tomó una dirección diferente. No sabía exactamente dónde estaba el ala oeste, aunque los corredores del palacio parecían conducir siempre hacia alguna zona prohibida.

Pasó junto a una galería llena de armaduras antiguas. Luego cruzó un pasillo estrecho donde la luz era escasa. Los retratos desaparecieron y las paredes comenzaron a mostrar grietas.

Al final encontró una puerta enorme.

Era de madera negra y estaba cubierta de cadenas. En el centro tenía grabada una rosa dorada rodeada de espinas.

Seraphina se acercó.

Desde el otro lado llegó un sonido.

Una respiración.

Lenta.

Dolorosa.

Seraphina retrocedió un paso.

—¿Hay alguien ahí?

La respiración se detuvo.

Entonces una voz masculina respondió desde la oscuridad:

—Vete.

Seraphina reconoció aquella voz.

Era Aurelius.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó.

—La pregunta es qué haces tú aquí.

—Estoy buscando mis aposentos.

—Mentira.

—Entonces estamos igual.

Durante un momento ninguno habló. Seraphina observó las cadenas. No parecían colocadas para impedir que alguien entrara, sino para impedir que algo saliera.

—¿Está encerrado ahí dentro?

—No.

—¿Seguro?

—Seraphina.

El tono del emperador fue una advertencia.

Pero ella no se marchó.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

—Un lugar al que no perteneces.

—Usted decide demasiado por mí.

—Y tú haces demasiadas preguntas.

—Tal vez porque todos esconden algo.

La puerta permaneció en silencio.

Después, Aurelius habló con una voz más baja:

—Algunas verdades destruyen a quienes las conocen.

Seraphina apoyó una mano sobre la madera.

El metal de la cadena se estremeció.

Al otro lado, Aurelius inhaló bruscamente.

Un resplandor dorado apareció entre las grietas de la puerta.

Seraphina retiró la mano.

—¿Qué fue eso?

—Aléjate.

La orden sonó desesperada.

Antes de que Seraphina pudiera responder, una de las cadenas se partió con un estruendo.

El palacio entero pareció estremecerse.

Desde el otro lado de la puerta llegó un rugido profundo, seguido por el sonido de algo golpeando las paredes.

Seraphina dio un paso atrás.

La voz de Aurelius se volvió irreconocible.

—¡Corre!

Y por primera vez desde que había llegado al palacio, Seraphina obedeció.

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