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Adicto a ti, Dulce

Adicto a ti, Dulce

Status: Terminada
Genre:Escuela / Romance / Amor platónico / Romance con atletas / Capitán deportivo / Colegial dulce amor / Pareja destinada / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.

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Capítulo 24

Cap 24: Te hago caso en todo

—Voy a poder —dijo Emiliano, mientras el elevador subía—. En tres meses. El profe ya me armó todo el plan de recuperación. Voy a volver más fuerte que antes. —Le picó la coleta con el dedo de la mano buena, jugueteando—. No pongas esa cara de velorio, que no me morí. Nada más me despostillé.

—Es que es tu carrera. La liga. Y por…

—Y por nada. Ya. —Las puertas se abrieron en el último piso con su ronroneo—. Ven, pasa.

Dulce alargó la mano, apenas, y le rozó el yeso con la yema de los dedos, con un cuidado de estar tocando algo sagrado, algo que se puede volver a romper si respira encima.

—¡Ay! —Emiliano dio un respingo teatral, torciendo la boca—. Duele.

—¡Perdón, perdón! —Dulce quitó la mano de golpe, como si el yeso quemara.

—Es broma. —Se rió, le atrapó la mano con la izquierda antes de que la escondiera, y se la volvió a poner sobre el yeso, despacio, aplanándosela ahí con su propia palma encima, sin soltarla—. No duele. Déjala ahí. —Bajó la voz, ronca, cerca de su oído—. ¿Sabes qué? Desde que me lo pusieron no dejo que nadie me lo toque. Ni el doctor sin avisar. Nada más tú. A ti te hago caso en todo.

Se quedaron así, la mano de ella bajo la de él sobre el yeso frío, en el pasillo del último piso, con la luz del tragaluz cayéndoles encima, y a los dos se les subió el color a la cara al mismo tiempo, y ninguno supo hacia dónde mirar, y ninguno quitó la mano.

—¿No querías saber cómo me lastimé? —dijo él por fin, para romper el momento antes de que se rompiera él, y jaló la mano de ella hacia la puerta del departamento—. Pasa. Te cuento adentro. Adentro se cuenta mejor.

Y entonces, sin que ella se lo pidiera, sin darle importancia, como quien dice la hora, tecleó frente a ella la clave de la cerradura, número por número, en voz alta:

—Cero, tres, dos, tres, cero, seis.

—¡No me digas tu clave! —Dulce se tapó los oídos, tarde, con las dos manos—. ¿Por qué me la dices? ¡No la quiero saber!

—Cero-tres-dos-tres-cero-seis —repitió, tranquilo, empujando la puerta—. Ya te la sabes. Y si quieres registro tu huella aquí en la cerradura y entras cuando quieras, sin tocar. —La miró de reojo, muy quitado de la pena—. Para que veas que no te escondo nada. Es tu casa también, cuando gustes.

—Pero es tu casa. La gente no le da su clave a cualquiera, Emiliano. Es peligroso.

—Tú no eres cualquiera. —Lo dijo sin voltear, empujando la puerta con el hombro sano—. Además, ¿de qué me sirve una clave que solo yo me sé? Para eso no le pongo clave, le pongo un letrero que diga "aquí vive un solo señor". Cero-tres-dos-tres-cero-seis. Apúntala en tu corazoncito. Ándale, pasa, no te quedes en la puerta.

Dulce se quedó sin argumentos, colorada hasta las orejas, con la clave metida en la cabeza sin querer, y entró.

*

El departamento la calló de golpe.

No por grande —que lo era, con ventanales del piso al techo y la ciudad entera abajo—, sino por lo ordenado. Ordenado de un modo que no era normal, que daba una cosa rara en el pecho. Cada cosa en su sitio exacto, las sillas alineadas al milímetro con la mesa, la cocina sin un vaso fuera ni una miga, los cojines del sillón parados en punta como soldados formados. No había una foto en ningún lado. No había un suéter tirado, ni un libro abierto boca abajo, ni un desorden de vida en ninguna parte. Parecía la casa de muestra de un catálogo, un lugar donde nadie ríe ni rompe nada ni deja los zapatos a media sala.

—Vives muy… ordenado —dijo, sin saber cómo decirlo sin que sonara feo.

—Vivo solo. —Emiliano se dejó caer en el sillón y le hizo un lugar a su lado con un golpecito en el cojín—. Desde hace años. Uno se acostumbra. Y cuando vives solo, el desorden es nada más tuyo, así que no hay desorden.

—¿Y tus papás? —Dulce se sentó en la orilla, con las manos en las rodillas.

Emiliano se quedó viendo el yeso un momento, dándole vueltas a la palabra antes de soltarla, como quien mide si vale la pena.

—Se divorciaron cuando yo era chico. Me quedé con mi mamá. Es empresaria, de las buenas, siempre trabajando, siempre de viaje, siempre en junta. —Lo dijo sin drama, plano, como quien da un dato del clima—. Nunca me faltó dinero, eso no. De eso había de sobra. Colegios caros, ropa, lo que quisiera. Lo que pasaba es que casi siempre comía solo. La señora que ayudaba en la casa ponía el plato en la mesa y yo comía ahí, solito, en una mesa grandota para ocho, prendiendo la tele para no oír el silencio, para que pareciera que había gente. —Se encogió de hombros—. Uno se acostumbra a eso también. Es cosa de práctica.

Dulce se quedó muy quieta. Había algo en cómo lo dijo, tan ligero, tan de "no es nada", tan sin quejarse, que le apretó el pecho más que si él hubiera llorado. Miró el departamento otra vez —el silencio grueso, el orden perfecto, la mesa grande donde ahorita solo cabía un plato— y de pronto lo entendió distinto. No era un departamento de presumido. Era el cuarto de un niño que aprendió a estar solo demasiado temprano y nunca desaprendió, que puso cada cosa en su lugar porque las cosas, al menos, se quedaban donde uno las dejaba.

—¿Y tu cumpleaños? —preguntó, con cuidado.

—¿Qué tiene?

—El pastel. Digo. De niño. En tus cumpleaños.

Algo cruzó por la cara de Emiliano, rápido, una sombra que le bajó de los ojos a la mandíbula, y se cerró enseguida, como una puerta que alguien empuja desde adentro.

—No me gusta el pastel —dijo, cortante, con una sonrisa que no le llegó a los ojos ni de cerca—. Nunca me ha gustado. No como pastel. No festejo cumpleaños. Cambiemos de tema.

—Pero a todos les gusta el pastel. Aunque sea un poquito.

—A mí no. —Lo dijo tan seco, tan cerrado, como una puerta que se azota con el viento, que Dulce entendió que ahí había algo que no se tocaba, algo guardado bajo llave, y no lo tocó. Se lo guardó ella para después. Y antes de que ella preguntara más, él se le adelantó, cambiando el tono, empujando la conversación a otro lado—: De aquí en adelante voy a salir adelante yo solo, con lo mío, con mi básquet y mi cabeza. No dependo de nadie ni le debo nada a nadie. Por eso te digo que no te preocupes por mí, muñeca. Yo me las arreglo. Siempre me las he arreglado.

Dulce guardó ese "no me gusta el pastel" en algún lado, junto con lo de comer solo en la mesa de ocho, sin saber todavía qué era, pero segura, con una certeza que le pesaba, de que era algo. Algo que dolía y que él no decía.

—Bueno. ¿Y el brazo? —dijo, suavecito, para no forzar—. Ya. Cuéntame de una vez cómo te lo hiciste. La verdad. Toda.

Emiliano respiró hondo. La miró un momento, calculando cuánto podía decirle sin asustarla de más, y decidió que a Dulce no se le mentía, que ya bastante le mentía el mundo con videos y chismes, que ella merecía la verdad aunque le doliera.

—Fui a San Bernabé. Antier. A ver a Uriel. —Vio cómo ella se ponía tiesa de golpe, cómo palidecía—. Quería hablar con él de hombre a hombre. Decirle que te dejara en paz, que ya. Me citó en una obra abandonada, en las afueras del pueblo, un lugar horrible. Me tendió una trampa, Dulce. Había un hoyo, piedras sueltas, todo a oscuras. Y cuando iba saliendo… me pegó a traición, desde la oscuridad. Con un ladrillo. En el brazo. —Bajó la voz—. Fue él. El brazo me lo rompió Uriel.

Dulce se levantó del sillón de un salto, blanca como el papel, con las dos manos apretadas contra el pecho.

—¿Qué? —Le temblaba la voz, le temblaban las manos, le temblaba todo—. ¿Uriel? ¿Uriel te hizo esto? ¿Por defenderme a mí? —Dio un paso hacia él, sin aire—. ¿Por qué? ¿Por qué te pegó, Emiliano?

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