Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.
Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.
Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.
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Capítulo 9: La madrugada en el hospital y la cuenta de la frialdad
La luz fluorescente de la sala de urgencias del hospital público parpadeaba con un zumbido molesto. Priscila estaba sentada en una silla de plástico azul, con los pies empapados por la lluvia y el abrigo mojado pegado al cuerpo. En los brazos sostenía al pequeño Killian, que por fin se había dormido después de recibir la medicación por vía y pasar por una nebulización.
El médico de guardia, un señor de cabello canoso y mirada cansada, se acercó con la tablilla de las historias clínicas.
—La fiebre bajó a 37,2 °C, doña Priscila —dijo con voz calmada—. Fue una infección fuerte en la garganta combinada con la salida de los dientes. Si hubiera tardado un poco más en traerlo, podría haber tenido una convulsión febril. Necesita reposo, antibiótico cada ocho horas y mucha hidratación.
Priscila tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Gracias, doctor... de verdad.
—¿El padre no pudo venir? —preguntó el médico con naturalidad, mirando la ropa de Priscila y la ausencia de acompañante en aquella madrugada fría.
La pregunta fue como un pinchazo en el pecho. Priscila solo bajó los ojos, apretando a su hijo contra el pecho.
—Él... él estaba ocupado —respondió con voz ronca.
Esperó a que amaneciera en la recepción del hospital. No tenía dinero para volver en taxi, porque Mariano le había bloqueado la aplicación de transporte en el celular la semana anterior, alegando «gastos innecesarios». A las siete de la mañana, con el sol débil asomando entre las nubes de lluvia, Priscila tomó un autobús repleto con Killian en brazos.
Cuando por fin abrió la puerta del lujoso departamento, el olor a café recién hecho y a tostadas invadió sus sentidos.
Mariano estaba sentado a la mesa del comedor. Vestía un traje gris hecho a medida, con el cabello perfectamente peinado, leyendo noticias en el iPad mientras bebía a sorbos su espresso. Eleonora estaba a su lado, con una de sus camisas de vestir que apenas le cubría la mitad de los muslos, riéndose de algo en la pantalla de la tableta.
La escena parecía un cuadro de comercial de televisión, si no fuera por el hecho de que la esposa y el hijo de Mariano acababan de llegar de la calle, empapados y destrozados.
Mariano levantó los ojos del iPad. No había ni una gota de preocupación en su rostro. Solo fastidio.
—Miren quién decidió aparecer —dijo Mariano, con la voz cargada de un sarcasmo glacial—. ¿Hiciste tu numerito en el hospital? ¿Conseguiste la atención que tanto querías de los médicos?
Priscila se detuvo en medio de la sala. No lloró. No tembló. Lo miró con unos ojos tan hondos y vacíos que, por un segundo imperceptible, Mariano frunció el ceño, incómodo.
—Killian tenía una infección grave en la garganta, Mariano —dijo Priscila, con un tono espeluznantemente plano—. El médico dijo que podría haber tenido una convulsión febril si yo no hubiera salido a pie bajo la lluvia.
Eleonora soltó una risita burlona, acomodándose el cabello rubio y cruzando las piernas.
—Ay, Priscila, por favor... todo médico de hospital público adora meterle miedo a las madres primerizas —provocó Eleonora, con la voz destilando veneno—. Sales en plena noche, montas un drama épico ¿y ahora quieres que Mariano se sienta culpable? ¡Él trabajó hasta tarde revisando el informe del consejo!
Mariano volvió a mirar la pantalla de la tableta y dio otro sorbo al café.
—Eleonora tiene razón —declaró Mariano, con desdén—. Te encanta montar un espectáculo para intentar hacerme quedar como el villano. El chico está vivo, ¿no? Entonces deja de payasadas. Ve a bañarte y limpia esa agua que dejaste por todo el piso de la sala. La empleada solo viene mañana.
—Necesita un medicamento caro, Mariano —continuó Priscila, ignorando la burla de Eleonora—. El médico le dio una receta. Necesito el dinero o tu tarjeta para pasar por la farmacia.
Mariano tomó la cartera de cuero que estaba sobre la mesa, sacó dos billetes de cincuenta reales y los lanzó sobre la barra. Los billetes cayeron cerca de la taza de café.
—Toma —dijo, sin siquiera mirarla—. Y no me pidas nada más esta semana. Ya te pasaste del límite de gastos que fijé para la casa.
Priscila miró los dos billetes de cincuenta reales. El antibiótico costaba doscientos ochenta.
No discutió. No gritó. Caminó hasta la barra, tomó los dos billetes con dedos firmes y se volvió hacia el pasillo.
—¡Ah, Priscila! —la llamó Eleonora desde la mesa, con la voz canturreando burla—. Cuando vayas a la cocina, ¿traes más azúcar para el café de Mariano? Sabes que odia cuando le queda amargo.
Priscila ni se molestó en mirar atrás. Caminó directo al cuarto de huéspedes, cerró la puerta con cuidado y acostó a Killian en la cuna.
Sentada en el borde de la cama, Priscila abrió el cajón de la mesita de noche. Al fondo, bajo la ropa de bebé, había una libreta vieja y la tarjeta de una abogada especialista en derecho de familia que una enfermera del hospital le había dado a escondidas aquella madrugada.
Priscila tomó la tarjeta. Sus ojos ya no tenían lágrimas.