Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 15
A pocos metros del despacho de la dirección, escondida tras la columna del pasillo de administración, Victoria apretaba los dientes con una furia desmedida. No había digerido la humillación de haber sido expulsada de la junta directiva y había regresado a escondidas a la clínica para intentar recuperar unos documentos personales antes de que la seguridad de Kael le prohibiera la entrada de forma definitiva.
Fue entonces cuando escuchó la voz de Camila ecoar levemente tras la puerta entreabierta del despacho: *"¡Encontraron un donante compatible, Kael... Hay un corazón compatible para el trasplante y viene en camino!"*
Victoria sintió que la sangre se le helaba de pura rabia. Si Camila recibía ese trasplante y sobrevivía, el control de la clínica, la herencia de su difunta madre y el respaldo del imponente magnate que la protegía quedarían sellados para siempre. Victoria y su hija Giselle quedarían completamente en la ruina.
—No... eso sí que no —siseó Victoria entre dientes, retrocediendo a paso veloz hacia la salida de emergencia para no ser descubierta.
En cuanto pisó el estacionamiento subterráneo, sacó un teléfono móvil prepago de su bolso y marcó un número directo. Tardaron tres tonos en contestarle.
—¿Victoria? Te dije que no me llamaras a esta línea a menos que fuera una emergencia —respondió una voz masculina, áspera y cautelosa al otro lado. Era el doctor Rivas, el jefe de logística de suministros del hospital, un hombre al que Victoria y Guillermo habían comprado años atrás para manipular los insumos de la clínica.
—Es una emergencia, Mauricio —dijo Victoria con voz temblorosa por la desesperación y el odio—. Ese tipo, Kael, nos quitó el hospital. Acaban de ubicar un corazón compatible para Camila. Un equipo privado lo está trasladando en este momento.
Hubo un silencio pesado en la línea.
—Si Camila opera y vive, ese hombre va a auditar cada rincón del hospital —continuó Victoria, bajando el tono a un susurro veneno—. Va a descubrir los desvíos de dinero que tú y yo firmamos, Mauricio. Nos vamos a pudrir en la cárcel.
—¿Qué quieres que haga? El trasplante lo manejará un equipo externo con la seguridad de ese tipo rondando por los pasillos —replicó Rivas con pánico en la voz.
—No necesitas tocar a Camila en el quirófano —ordenó Victoria con una frialdad sanguinaria—. Solo necesitas hacer que ese órgano no llegue sano. Intercepta la cadena de frío durante el traslado interno desde el helipuerto o altera la solución de conservación en el laboratorio de recepción. Un fallo en la temperatura, unos minutos de retraso o una contaminación en el líquido y el corazón quedará inservible.
—Eso es prácticamente un asesinato, Victoria... —titubeó el médico.
—¡Ya la estábamos dejando morir de todas formas! —siseó la mujer sin un solo remordimiento—. Hazlo y te daré el triple de lo que te pagaba Guillermo para que te largues del país esta misma noche. Si ese corazón falla, Camila colapsará en el quirófano y nadie podrá culparnos.
Al otro lado de la línea, el doctor Rivas apretó el teléfono. La avaricia y el miedo a la cárcel terminaron por vencerlo.
—Consigue el dinero —aceptó Rivas en un murmullo—. Me encargaré de que esa hielera llegue defectuosa al quirófano.
El doctor Rivas guardó el teléfono prepago en el bolsillo de su bata, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la nuca. Desde la oficina de logística, observó en los monitores de seguridad cómo la escolta de Kael reforzaba la vigilancia en los pasillos principales y en el acceso al helipuerto. Sabía que no tendría una segunda oportunidad.
Se dirigió a toda prisa hacia el área de conservación de órganos, un pasillo de servicio de acceso restringido adyacente a los quirófanos principales. Al ser el jefe del área, su presencia no levantaba sospechas. Tenía a su alcance los controles de calibración de las unidades de preservación hipotérmica y las soluciones de perfusión médica.
—Un ajuste de temperatura en el termostato del contenedor de transporte... o una pequeña alteración en la solución salina del baño térmico —murmuró Rivas para sí mismo, tragando saliva mientras sus manos temblaban sobre la consola de control—. La isquemia fría se acelerará. Cuando el corazón llegue a las manos de Camila, el tejido ya habrá sufrido un daño irreversible y ningún cirujano en el mundo podrá hacerlo latir.
Mientras tanto, en el despacho de la dirección, la atmósfera era diametralmente opuesta. Camila revisaba en la pantalla de su terminal los últimos estudios histológicos y de compatibilidad que el laboratorio de trasplantes acababa de enviar.
—Es perfecto, Kael... —dijo Camila, con la voz llena de una emoción contenida que contrastaba con su habitual compostura profesional—. Los marcadores genéticos y el tipo de sangre coinciden al cien por ciento. Es un milagro que haya aparecido en este momento.
Kael, de pie junto a la ventana y manteniendo una atenta vigilancia del perímetro del hospital, sintió una repentina punzada de inquietud en el pecho. No era una corazonada humana; era el instinto de su lobo y la vibración del lazo que lo conectaba a Camila. El vínculo, que actuaba como un sensor natural de peligro, le transmitía una extraña perturbación, un cambio sutil en el ambiente que amenazaba la vida de su compañera.
—Bruno —llamó Kael con voz grave y autoritaria a través de su comlink.
—Dígame, señor —respondió la voz de su mano derecha al instante.
—Quiero a tus hombres custodiando personalmente el helipuerto y la ruta interna hasta el quirófano central —ordenó Kael, con los ojos fijos en la puerta del despacho—. No confío en el personal administrativo de esta clínica. Asegúrate de que nadie toque el equipo de transporte del órgano antes de que la doctora Valenzuela lo reciba en persona.
—Entendido. Despliego al equipo de inmediato.
Camila levantó la vista de la pantalla, notando la rigidez en la postura del Alfa.
—¿Pasa algo, Kael? —preguntó, sintiendo cómo el latido de su propio pecho se aceleraba en respuesta a la tensión de él.
Kael se giró hacia ella, acercándose a paso firme hasta quedar a su lado. Le tomó el rostro con suavidad entre las manos, transmitiéndole una descarga de calidez y energía que calmó de inmediato la agitación de su corazón.
—Nada de qué preocuparse, mi Luna —dijo Kael con absoluta determinación—. Solo me estoy asegurando de que tu nueva oportunidad de vida llegue intacta a tus manos.