holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️
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Capítulo 20 – Día 1: viaje, llegada y reencuentros
[Punto de vista: Roma]
El colectivo sacude levemente mientras se adentra por un camino de tierra rodeado de árboles altos y viejos. El sonido de las ramas golpeando el techo acompaña el silencio compartido entre los que vienen medio dormidos y los que, como yo, vamos con los auriculares puestos sin música, solo por tener una excusa para no hablar.
Emily, al lado mío, bosteza con fuerza y me da un codazo.
—¿Estás nervioso, Roma? Parecés ido.
—Estoy pensando, boluda —le digo sin mirarla—. Igual sí, un poco.
Una semana. Una quinta. Nosotros.
Es la primera vez que salimos todos juntos así, más de una noche. Me late fuerte el pecho porque los últimos días con Lucas me descolocaron. No sé si fue la forma en que me miró cuando dije que me gusta estar con él, o cuando me hizo el dibujo para el tatuaje y me lo entregó sin decir una palabra, con los ojos brillosos. No sé si le gusto, si solo soy cómodo, si se siente solo.
El colectivo se detiene. Un “¡bajen, che!” nos saca del trance.
Cuando piso el pasto húmedo, respiro hondo. El aire está limpio, huele a verde, a leña. Y por primera vez en mucho tiempo, siento que no tengo que estar a la defensiva.
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La quinta es una mezcla de casa de campo y refugio hippie. Una galería gigante con hamacas colgadas, paredes pintadas con mandalas y frases sueltas, una cocina rústica y habitaciones con camas grandes y colchas desparejas. Alguien puso en el living una radio con música suave, y hay una caja llena de juegos de mesa.
—Esto es hermoso —dice Sofía, con una sonrisa ancha que me contagia—. ¿Quién la consiguió?
—Lucas —responde Emily—. Un cliente amigo se la prestó por unos días.
Lucas aparece justo ahí, con una mochila cruzada y los rulos medio mojados.
—Todo suyo. La casa es grande, así que si alguien quiere estar solo, también puede.
Lo miro. Él me sonríe.
La tarde pasa como un suspiro.
Comemos pizza que hicimos entre todos, con ingredientes mal cortados pero con muchas risas. Jugamos al “verdad o consecuencia” con Sofía inventando reglas nuevas cada cinco minutos, y Emily tan competitiva que se ofende si alguien no responde bien.
—¿Cuál fue tu primer beso? —me preguntan.
—Un pibe en un baño. Tenía quince.
—¡Yo también! —grita Sofía, y nos chocamos las manos.
Después, nos tiramos todos al pasto, con mantas y termos. Se apaga el cielo de a poco, y las primeras estrellas nos miran en silencio.
La noche nos encuentra en ronda.
Lucas trae una guitarra. Yo no sabía que tocaba. Sofía canta bajito una canción de Charly, y Emily la sigue. Los demás nos callamos. Solo se escucha la voz suave, el rasgueo de la guitarra y un grillo por ahí.
En algún momento, me recuesto contra el tronco de un árbol y Lucas se sienta al lado.
—¿Estás bien? —me dice bajito.
—Sí. ¿Y vos?
—Más ahora.
No sé si me lo dice en serio o si es solo algo lindo para decir. Pero lo creo. Y me hace bien. Y eso ya es demasiado.
Antes de dormir, nos repartimos los cuartos. A mí me toca con Lucas.
—¿Seguro no te jode compartir?
—Para nada —le digo. Me jode dormir solo.
Cuando apago la luz, me quedo un rato mirando el techo. Él respira tranquilo al lado mío. Afuera, se escucha el viento. Acá adentro, solo su calma.
Cierro los ojos.
Por una semana, somos nosotros. Y eso me alcanza.