Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 24
Adrián empujó a Valentina contra la pared del borde de la alberca. Intensificó el beso, devorándole los labios con una urgencia que la dejó sin aliento.
Sus labios descendieron hasta el cuello de Valentina. Repartió besos y pequeños mordiscos sobre la piel, dejando una marca de posesión.
Valentina luchaba por mantener la cordura. Aquello no podía pasar. Menos ahora, cuando estaba buscando un nuevo inversionista para el Grupo Buenavista y así poder liberarse de él. Por eso tenía que protegerse a toda costa.
Cuando Adrián volvió a buscarle los labios, Valentina le mordió el labio inferior con fuerza.
Adrián se apartó al instante, llevándose la mano a la boca con una mueca de dolor. Le sangraba el labio.
—Shh...
—¿Qué pretendes? Que estemos casados no te da derecho a hacer conmigo lo que se te antoje —le soltó Valentina.
Adrián le clavó la mirada y respondió con la voz grave.
—Ya te lo dije. Esta noche no te voy a soltar.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo a Valentina. Cuando él se inclinó para besarla otra vez, le puso los dedos sobre los labios para bloquearlo.
—¿Y si hacemos una apuesta? —propuso, intentando ganar tiempo.
—No tengo tiempo para juegos —respondió Adrián con la respiración agitada, visiblemente encendido.
—Pero deberías saber que hacerlo a la fuerza no tiene gracia, resulta insípido. Si yo pierdo, me entregaré a ti por voluntad propia. Pero si gano, no me obligas a acostarme contigo. Y además, tendrás que hacer todo lo que yo te ordene.
Adrián sintió que el desafío le picaba el orgullo.
—Hecho. No le tengo miedo a nada.
...
Valentina y Adrián se cambiaron de ropa. Valentina siempre había sido excelente jugando billar, así que lo retó a una partida. Estaba convencida de que ganaría.
El juego comenzó.
Con cuidado, Valentina apuntó a la bola número dos, la azul, que tenía una posición perfectamente despejada.
Respiró hondo y concentró la mirada. Tenía que ganar como fuera; esa noche no iba a acostarse con Adrián.
Deslizó el taco con suavidad, pero con firmeza.
¡Tac!
La bola azul rodó y se hundió en la tronera lateral.
Valentina sonrió satisfecha. Volvió a apuntar. Esta vez, la bola número cinco. Un solo golpe, y entró de nuevo.
La bola blanca quedó en la posición perfecta para el siguiente tiro.
Embocó una tras otra con calma y precisión.
Llegó el turno de Adrián. Ya fuera porque se dejó ganar a propósito o porque realmente no sabía jugar, falló varias veces seguidas. A esas alturas, Valentina llevaba una ventaja cómoda. Solo quedaban tres bolas de color y la negra, la número ocho.
—¿Ya te quieres rendir? —se burló Valentina con una sonrisa triunfal.
Adrián se limitó a esbozar una sonrisa gélida.
Le tocó de nuevo a Valentina. Apuntó a la bola número siete. Golpeó con la fuerza exacta.
La bola rodó despacio... se acercó a la tronera... pero en el último instante giró ligeramente y se detuvo, trabada justo en el borde del agujero.
Valentina chasqueó la lengua con frustración.
Era el turno de Adrián otra vez. Y esta vez fue un jugador completamente distinto. Embocó las bolas restantes una a una con una precisión quirúrgica, dejando a Valentina boquiabierta.
Valentina se mordió el labio inferior. "Resulta que el tipo sí sabe jugar", pensó.
Ahora solo quedaba la bola negra, la número ocho. Valentina contuvo el aliento. El corazón le latía con fuerza. Rogaba con toda el alma que Adrián fallara.
—Si esta bola entra, más vale que te vayas preparando —la provocó Adrián.
Valentina fingió serenidad.
—No cantes victoria antes de tiempo. Estoy segura de que vas a perder.
Adrián mantuvo una calma absoluta. Apuntó a la bola negra, que estaba en una posición complicada, pegada al borde de la mesa.
Valentina sintió cómo la angustia le trepaba por el pecho. "Por favor, que no entre. ¡Que no entre!", suplicó para sus adentros.
Pero sus ruegos no fueron escuchados. La bola blanca impactó la negra en el punto exacto, y esta salió disparada hasta hundirse en la tronera.
Entró limpia.
Valentina había perdido. El corazón le martilleaba en el pecho.
Eso significaba que... esa noche tendría que entregarse por voluntad propia al hombre más insoportable que había conocido en su vida.