Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 8
La voz era firme, autoritaria, y cortó el caos como un cuchillo. De repente, las manos desaparecieron de sus brazos. Alguien la sujetó, pero no era el hombre. Este agarre era diferente, cálido, seguro, pero sin presión. Era un brazo que se deslizaba alrededor de su espalda, sosteniéndola con la firmeza justa para que no cayera al suelo.
—¿estás bien, te hizo algo?
decía la voz, cerca de su oído.
—¡No me toques, no quiero, dejame!
—Ya pasó. No hay peligro. Estoy aquí.
Evolett levantó la mirada y se encontró con unos ojos azules. Will Cleim. Él estaba allí, a su lado, con el rostro inclinado hacia el suyo y una expresión de preocupación tan genuina que le partió el corazón.
—No puedo respirar
logró decir, con la voz quebrada.
—Sí puedes
respondió él, con una calma que contrastaba con el caos a su alrededor.
Mírame. Solo mírame a mí. Vas a inhalar conmigo, ¿de acuerdo? Una respiración profunda. Vamos.
Inspiró con fuerza, exagerando el movimiento de su pecho, y Evolett, sin saber por qué, lo imitó. El aire entró en sus pulmones como un alivio.
—Otra vez
dijo Will, y ella obedeció.
Tres respiraciones más, y el mundo comenzó a recuperar sus contornos. Evolett ya no estaba en el callejón. Estaba en la entrada de la facultad, con Lena mirando con los ojos abiertos de par en par y Will Cleim sosteniéndola como si fuera la cosa más frágil del mundo.
—La llevaré a un médico
dijo Will, dirigiéndose a Lena.
—¿Puedes quedarte con sus cosas?
Lena asintió, aún en shock, y tomó la mochila y el cuaderno que Evolett había dejado caer al suelo.
—No necesito un médico
susurró Evolett, pero su voz era débil, y sus piernas no la sostenían.
—Tranquila
dijo Will, y su tono no admitía discusión.
—No discutiremos esto.
Antes de que pudiera protestar, él la levantó en sus brazos con una facilidad que la sorprendió. Evolett sintió el impulso de resistirse, de gritar, de huir. Pero su cuerpo no respondía. Estaba demasiado agotada, demasiado temblorosa, y el pecho de Will era cálido y firme contra el suyo.
—Cierra los ojos
le dijo él, mientras caminaba hacia la salida.
—No mires a nadie. Solo concéntrate en mi voz. ¿Puedes hacer eso?
Ella asintió, enterrando el rostro contra su camisa. El olor a su colonia, algo entre cedro y vainilla, la envolvía como un escudo. Y entonces, sin saber cómo ni por qué, las lágrimas comenzaron a caer.
No eran lágrimas silenciosas. Eran sollozos profundos, infantiles, los que había reprimido durante dos años enteros. Lloraba como la niña huérfana que nunca tuvo a nadie que la abrazara cuando tenía miedo. Lloraba por el dolor, por la soledad, por todas las noches en vela en que había deseado que alguien llegara a salvarla.
Will no dijo nada. Solo la apretó un poco más contra su pecho mientras caminaba hacia el coche que la esperaba, con el chofer ya con la puerta abierta.
—Todo va a estar bien
murmuró, y su voz era un susurro tan suave que Evolett casi lo sintió más que lo escuchó.
—Estás a salvo. No te voy a soltar.
No sé si es cierto, pensó Evolett mientras las lágrimas empapaban la camisa de Will. Pero por ahora, necesitaba creer que sí.
En la clínica privada, el médico la revisó en una habitación silenciosa y bien iluminada. Will no la dejó sola ni un segundo, se sentó en una silla junto a la camilla, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, observando cada movimiento del doctor con la atención de un halcón.
—No hay nada físico
dijo el médico, un hombre mayor de ojos amables.
—La crisis fue nerviosa. ¿Sabe si tiene antecedentes de ataques de pánico?
Evolett guardó silencio, con la mirada fija en el techo blanco.
—No lo se, recién la conozco.
respondió Will por ella.
—Pero no viene al caso. ¿Necesita algún medicamento?
—Solo reposo y tranquilidad. Algo de agua, quizás. Y evitar situaciones estresantes, al menos por hoy.
Will asintió y se levantó. Cuando el médico se fue, se acercó a la camilla y se sentó en el borde, a una distancia que no invadía su espacio.
—¿Cómo te sientes?
preguntó.
Evolett parpadeó. Su voz seguía ronca por el llanto.
—Mejor
dijo, y era verdad. El temblor había cesado, y su respiración era casi normal.
—Lo siento. No debí...
—No te disculpes
la interrumpió Will.
—No tienes nada de qué disculparte.
—Usted no debería haber visto eso
susurró, y la vergüenza tiñó sus mejillas de rojo.
—No debería haberme visto así.
Will la miró con esos ojos azules que parecían ver a través de ella.
—No me importa cómo te haya visto
dijo, con una calma que la desarmaba.
—Lo que me importa es que estés bien. Y no me voy a ir hasta que esté seguro de que lo estás.
Evolett guardó silencio, procesando sus palabras. Nadie se había quedado con ella después de una crisis. Ni siquiera la doctora Moreau, que siempre la dejaba sola al final de la sesión. Pero Will Cleim estaba allí, sentado en el borde de su camilla, con una paciencia infinita.
—¿Por qué?
preguntó, con la voz apenas un susurro.
—¿Por qué le importa?
Will inclinó la cabeza, como si la pregunta le pareciera extraña.
—Porque no puedo evitarlo
respondió, con honestidad.
—Desde que te vi en la galería, no he podido dejar de pensar en ti. Y cuando te vi hoy, temblando y asustada, supe que tenía que ayudarte. No es algo que elija. Es algo que soy.
Evolett sintió que algo se rompía dentro de ella. Un muro, quizás. O una promesa que se había hecho a sí misma de no confiar en nadie. No sabía lo que era, pero estaba allí, y la hacía sentir vulnerable.
—No soy quien usted cree
dijo, con la voz temblorosa.
—Tengo... tengo cosas que no sabe. Cosas que no puedo contarle.
—No tienes que contarme nada
respondió él, y su voz era tan suave como la primera vez.
—No tienes que explicar ni justificar. Solo quiero que sepas que, pase lo que pase, no estás sola.
Y por primera vez en dos años, Evolett sintió podría creer eso.