Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
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capitulo 13
La llovizna de la madrugada golpeaba con una insistencia sorda los cristales del taxi que la devolvía a la colina de los millonarios. Sentada en el asiento trasero, Valentina —porque en su fuero interno ya no cabía el nombre de Estefanía— apretaba los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. El aroma a lluvia y cuero de Andrés seguía impregnado en su piel, un contraste vivificante con el aire acondicionado y aséptico del vehículo. Cada metro que avanzaba hacia la mansión se sentía como un retorno voluntario a la fosa de un león, pero sabía que la huida definitiva requería precisión. Si José descubría su ausencia esa noche, el frágil puente de su supervivencia se derrumbaría antes de que pudiera trazar un plan para destruirlo.
El taxi la dejó a unas calles de la entrada principal, oculto por la frondosidad de los cipreses que bordeaban las residencias colindantes. Valentina se deslizó por el sendero lateral, esquivando los haces de luz de los reflectores exteriores con una agilidad que su cuerpo parecía recordar de sus años de investigación periodística. Al llegar a la puerta trasera de servicio, la llave que había tomado prestada funcionó con un clic casi inaudible.
Se adentró en la penumbra de la cocina, con el corazón golpeándole el pecho como un animal enjaulado. El silencio de la mansión era absoluto, denso, cargado de una solemnidad de mausoleo. Subió las escaleras de servicio evitando los peldaños que sabía que crujían, manteniendo la respiración contenida en cada esquina.
Al llegar al vestíbulo principal de la planta alta, la suite se alzaba al fondo del pasillo como una boca oscura. Valentina se deslizó hacia el interior, despojándose del abrigo húmedo con movimientos de una suavidad extrema. Se descalzó y avanzó sobre la alfombra esmeralda, lista para deslizarse de nuevo bajo las sábanas de seda negra y fingir que el somnífero que le había suministrado a José seguía dictando las reglas del juego.
Sin embargo, en el instante en que sus ojos se habituaron a la oscuridad de la habitación, el aire se congeló en su garganta.
La cama estaba vacía. Las sábanas de seda negra aparecían desordenadas, pero el cuerpo de José no estaba allí.
Una silueta alta y corpulenta permanecía recortada contra el gran ventanal blindado. José estaba de pie, de espaldas a ella, vistiendo una bata de seda oscura que caía con una pesadez aristocrática sobre sus hombros anchos. Sostenía un vaso de cristal de Bohemia con un dedo de coñac en el fondo, moviéndolo lentamente para que el hielo tintineara contra las paredes del vaso con un sonido metálico y regular que resultaba más aterrador que un grito.
—Es una noche hermosa para dar un paseo, ¿verdad, mi vida? —dijo José. Su voz, grave y perfectamente modulada, carecía de la modorra del somnífero. Sonaba limpia, nítida, cargada de una ironía gélida que le heló la sangre a Valentina.
Ella se quedó paralizada en medio de la habitación. La lente de la cámara nueva en la esquina del techo parecía enfocarla con un brillo rojo casi imperceptible pero omnipresente.
—Me dolió un poco la cabeza, José —mintió ella, forzando a sus cuerdas vocales a adoptar ese tono de fragilidad sumisa que él tanto adoraba—. Fui a la cocina por un vaso de agua y a tomar un poco de aire fresco en el porche. No quería despertarte.
José se giró lentamente. La luz de la luna que se filtraba por el ventanal perfilaba sus facciones duras, su mandíbula apretada y sus ojos oscuros, fijos en ella con una intensidad analítica, casi clínica. No había enojo explícito en su rostro, sino algo mucho más peligroso: una sospecha fría y racional que calculaba cada variable.
Avanzó hacia ella con pasos pausados, el eco sordo de sus pies descalzos sobre la alfombra aumentando la tensión en el ambiente. La sensualidad que emanaba de su figura era puramente dominante, un reclamo territorial que no admitía réplicas. Al llegar a su altura, extendió la mano libre y acarició la mejilla de Valentina con el dorso de sus dedos. Sus dedos estaban inusualmente calientes, un contraste abrasador con el frío que ella traía del exterior.
—Tienes la piel fría, Estefanía —observó él, deslizando el dedo por la línea de su mandíbula hasta detenerse en el pulso de su cuello, que latía con una violencia que ella no podía ocultar—. Y tu corazón está acelerado. Como el de un pájaro que intenta escapar de su nido.
—El frío de la noche me afectó —respondió ella, obligándose a sostenerle la mirada, aunque por dentro cada fibra de su ser quería retroceder y alejarse de su aroma a sándalo y tabaco.
José sonrió con una condescendencia que la hizo estremecerse. Dejó el vaso de coñac sobre la mesilla de noche y se acercó a un pequeño estuche de terciopelo negro que descansaba sobre el tocador. Lo abrió con un chasquido seco.
—Tengo algo para ti. Un regalo para celebrar que estás aquí, conmigo, a salvo de los peligros del mundo exterior —susurró él, tomándola de los hombros para girarla y obligarla a mirar hacia el espejo del tocador.
De la caja extrajo un collar imponente. Era una pieza de alta joyería compuesta por enormes esmeraldas colombianas talladas en forma de gota, engarzadas en una estructura maciza de oro blanco de dieciocho quilates. Las piedras, de un verde profundo y turbio, brillaban bajo la luz artificial como los ojos de un reptil.
José se colocó detrás de ella. Valentina vio su reflejo en el espejo: la pálida silueta de ella, vestida con el camisón de seda, y la figura imponente de él, dominando el espacio como un titiritero sobre su marioneta. Él alzó el collar y lo colocó alrededor de su cuello desnudo.
El contacto del metal y las piedras preciosas fue como una caricia de hielo que le cortó la respiración. José cerró el broche de seguridad con un chasquido final que resonó en el silencio de la habitación como el cerrojo de una celda.
El collar era extraordinariamente pesado. La estructura de oro y las densas esmeraldas presionaban la base de su garganta con una fuerza física real, una carga que le dificultaba tragar saliva y que la obligaba a mantener la cabeza erguida, casi rígida. No era una joya; era un grillete enjoyado, una marca física de propiedad que José le imponía para recordarle, en cada segundo y en cada movimiento, a quién pertenecía su cuerpo.
—Te queda perfecto, Estefanía —le susurró José al oído, apoyando sus labios en la curva de su cuello, justo por encima de las piedras verdes—. Un verde tan profundo como tus ojos cuando me miras. Esmeraldas para mi milagro. El milagro que rescaté de la muerte.
Sus manos bajaron por sus clavículas, rozando los bordes del collar con una presión deliberada que le causaba un dolor sutil. La sensualidad de su abrazo se sentía asfixiante, una posesión total donde sus dedos marcaban el territorio que él consideraba legítimamente suyo. Sin embargo, mientras la besaba en el hombro con una insistencia hambrienta, sus ojos oscuros permanecían fijos en los de ella a través del espejo, escrutándola con una fijeza implacable.
—A veces tengo la sensación de que te estás alejando de mí, mi vida —continuó él, y su voz bajó a un susurro sibilante que le rozó la oreja—. Como si tu mente estuviera buscando cosas que ya no existen. Lugares o personas que no pertenecen a este hogar. Dime, Estefanía… ¿estás teniendo pesadillas de nuevo? ¿O es que tu memoria está jugando juegos peligrosos con nosotros?
Valentina sintió que el peso del collar le oprimía el pecho, pero forzó una sonrisa perfecta, la sonrisa de la muñeca que él había diseñado para su disfrute. Se giró entre sus brazos, apoyando las manos en el pecho firme de José, sintiendo el latido de su corazón calculador.
—No tengo más memoria que tú, José —mintió ella, modulando su voz con una suavidad que requirió cada gramo de su fuerza de voluntad—. Tú eres mi único pasado y mi único presente. El resto… el resto es solo ruido de una tormenta que ya pasó.
José la observó durante unos segundos que parecieron eternos, buscando la menor grieta en su máscara de sumisión. Sus dedos se enredaron en su cabello oscuro, tirando levemente de él hacia atrás para obligarla a ofrecerle los labios. La besó con una intensidad posesiva, una descarga de autoridad que pretendía reclamar cada rincón de su boca y de su mente. Valentina le correspondió, permitiendo que él descargara su deseo sobre ella en la penumbra de la suite, pero manteniendo su mente fría, clara y distante.
Bajo el peso de las esmeraldas que le oprimían la garganta como un yugo de oro y piedra, Valentina comprendió que el juego de la farsa había comenzado su cuenta atrás. José sospechaba de su "milagro".
El cazador acechaba cada uno de sus movimientos, y la jaula de oro ahora tenía un grillete real en su cuello. Pero mientras sentía las manos de su carcelero sobre su piel, su mente se aferraba al recuerdo del beso de Andrés en el ático, la única verdad que la mantendría con vida en medio de la mentira que estaba obligada a actuar.