Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 24: ¡QUIERO TRABAJAR!
Harper Jones
El aire condicionado del penthouse soplaba con una brisa helada que no lograba enfriar la rabia contenida que me quemaba por dentro.
Llevaba tres días atrapada en esta jaula de mármol y cristal. Tres días viendo la luz del sol reflejarse en los rascacielos de Manhattan desde la barrera inalcanzable de un ventanal blindado.
Habíamos firmado una tregua silenciosa, sí; habíamos sobrevivido a sus pesadillas y al peso de nuestras vulnerabilidades compartidas. Pero la realidad matutina volvía a ponerme la correa al cuello: Mason Salvatore se preparaba para ir al trabajo en su traje impecable, mientras a mí me tocaba quedarme encerrada, rodeada de lujos ajenos y guardia de seguridad en la puerta, como un adorno caro.
No iba a tolerarlo un solo segundo más.
Escuché sus pasos firmes bajando la escalera de caracol que conectaba la suite principal con el salón. Mason apareció ajustándose los gemelos de plata en los puños de la camisa de vestir azul marino. Tenía el cabello peinado hacia atrás con estricta precisión y la mirada cargada de esa autoridad fría que vestía como una segunda piel.
—Thomas estará abajo en diez minutos —dijo sin levantar la vista de los gemelos, dirigiéndose a mí como quien le da el parte meteorológico al servicio—. Hoy tengo tres reuniones con el consejo y un almuerzo de negocios en Midtown. El personal de limpieza vendrá a las dos de la tarde. Procura no estar en el despacho principal cuando lleguen.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi pantalón de chándal flojo.
—¡No quiero quedarme aquí! —dije. Mi voz resonó limpia y firme, cortando el silencio del salón.
Mason se detuvo en seco. Levantó la vista despacio, entornando sus ojos azules con una mezcla de fastidio y curiosidad instruida.
—¿Perdón?
Caminé a pasos rápidos hasta ponerme frente a él, recortando los dos metros de distancia que solía usar como frontera defensiva.
—Que no quiero quedarme encerrada en este lugar —repetí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Me estoy volviendo loca, Mason. No nací para estar sentada en un sofá de cuero italiano viendo la televisión o esperando a que tu personal de limpieza venga a tenderme la cama. No soy tu prisionera ni tampoco una mantenida.
Una comisura de sus labios se elevó en un ademán tenso, casi sarcástico, pero no interrumpió.
—Quiero trabajar —exigí, clavándole los dedos en el pecho al marcar cada palabra sobre la tela de su chaqueta de traje—. Exijo un trabajo. Quiero ganarme mi propio dinero para pagar el alquiler de la habitación que ocupo aquí, la comida que me sirvo en tu cocina y cada cosa que consuma mientras dure este circo de matrimonio. Si voy a estar atada a ti, va a ser trabajando, no viviendo de tu caridad ni de tu riqueza.
El silencio volvió a caer entre los dos. Esperaba que estallara, que me recordara el contrato, las cláusulas de seguridad o la amenaza de los fotógrafos de la prensa rosa que montaban guardia en la Quinta Avenida.
En lugar de eso, Mason me observó en silencio durante varios segundos largos. Sus ojos bajaron a la posición de mi mano sobre su pecho y luego regresaron a mi rostro, analizando el fuego que me ardía en los ojos.
—Pagar tu estadía... —murmuró, como si la frase le resultara una anomalía financiera divertida—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta el mantenimiento diario de este penthouse, Harper? Tu sueldo en la cafetería de Queens no alcanzaría para pagar ni el consumo de agua de una semana.
—No me importa cuánto cueste —siseé, dando un paso más hacia él—. Ponme una tarifa. Descuéntamelo de un sueldo real. Hazme limpiar oficinas, ordenar archivos o cargar cajas en tus almacenes, me da absolutamente igual. Pero dame algo que hacer. No voy a convertirme en una inutil perezosa que vive de tus limosnas.
Una destello de apreciación helada cruzó la mirada de Mason. Se cruzó de brazos, inclinando levemente la cabeza.
—En eso último estamos totalmente de acuerdo —dijo, y por primera vez en toda la mañana su tono perdió la agresividad defensiva para volverse puramente pragmático—. Tenerte todo el día encerrada aquí, alimentando tu resentimiento y volviéndote perezosa mientras inventas formas de meterte en mi vida, no me sirve de nada. Es un desperdicio de recursos y un riesgo de seguridad.
—¿Entonces? —exigí.
Mason miró el reloj de pulsera de oro blanco que llevaba en la muñeca izquierda.
—Tienes exactamente siete minutos para cambiarte —dictaminó en un tono seco, ejecutivo—. Ponte algo adecuado. Nada de ropa deportiva ni camisetas desgastadas.
Me quedé helada en mi sitio, parpadeando con sorpresa ante la rapidez de su rendición.
—¿A dónde vamos?
—A la sede central de Salvatore Enterprises —contestó, tomándose la chaqueta para ponérsela con un movimiento fluido—. A partir de hoy, vas a trabajar para mí. Mi secretaria ejecutiva necesita ayuda con la digitalización de expedientes antiguos y el control de llamadas del piso directivo. Vas a ser mi asistente personal junior.
—¿Tu asistente? —repetí, sintiendo que el estómago se me encogía en un nudo repentino—. Mason, yo no tengo formación en administración corporativa, yo...
—Pediste un trabajo, Harper —me interrumpió con frialdad implacable, señalando el pasillo hacia mi dormitorio con un gesto imperioso de la mano—. No voy a enviarte a un almacén en Brooklyn donde no pueda vigilarte. Vas a estar en mi planta, bajo mi supervisión directa y respondiendo a mis órdenes durante diez horas al día. Si quieres ganarte el pan y pagar tu habitación, vas a empezar desde el barro corporativo. El reloj está corriendo. Te quedan seis minutos.
No esperé a que me lo dijera dos veces. Giré sobre mis talones y me eché a correr por el pasillo hacia mi habitación.
El corazón me latía a mil por hora contra las costillas. Era una locura. Irme a meter al estómago de la bestia, al corazón del imperio donde Mason Salvatore reinaba como un dictador absoluto, parecía la idea más peligrosa del mundo. Pero el alivio de saber que cruzaría las puertas del penthouse y me reincorporaría al mundo real era mil veces más fuerte que el miedo.
Abrí el vestidor a toda prisa. Busqué entre las prendas que su equipo de compras había colgado días atrás hasta encontrar un traje de dos piezas: un pantalón de vestir de tiro alto en color negro y una blusa de seda manga larga en tono crema. Me quité el vestido a tirones, me vestí con manos temblorosas y me puse unos taconazos negros de salón que no solía usar jamás en Brooklyn, pero que sabía necesarios para no parecer fuera de lugar en la cima de Manhattan.
Me recogí el cabello pelirrojo en un moño alto y pulido frente al espejo del baño, me apliqué un toque rápido de labial neutro y eché a andar de vuelta al salón principal.
Mason estaba de pie junto a la puerta del ascensor privado, revisando unos correos en su teléfono móvil. Cuando escuchó el chasquido de mis tacones contra el mármol, levantó la vista.
Sus ojos azules recorrieron mi figura de arriba a abajo, desde el cuello de la blusa hasta la curva de mis caderas y la punta de los zapatos. La mirada duró apenas un segundo, pero fue tan intensa que sentí un chispazo de calor recorriéndome la piel.
—Cinco minutos con cuarenta segundos —comentó, apagando la pantalla del teléfono y guardándolo en el bolsillo interior de la chaqueta—. Puntual. Es una cualidad que valoro.
—Aprenderás que tengo muchas cualidades que no conoces, Salvatore —repliqué, deteniéndome a su lado mientras las puertas doradas del ascensor se abrían con un murmullo suave.
—Espero que la resistencia a la frustración sea una de ellas —respondió con una sonrisa fría y enigmática antes de indicarme con la mano que entrara primero—. Porque en mi piso no hay lugar para errores, ni lloriqueos, ni miradas de lástima. Si vas a ser mi asistente, vas a trabajar más duro que cualquier empleado de esa torre.
Entré al ascensor y me giré para mirarlo mientras él ocupaba el espacio a mi lado. Las puertas metálicas se cerraron, aislándonos de nuevo en ese cubículo espejo.
—Sorpréndeme —desafié en un susurro firme.
Mason inclinó la cabeza, fijando sus ojos en los míos mientras el ascensor comenzaba a descender hacia las entrañas de Nueva York. La guerra no había terminado; simplemente se había trasladado de la habitación a la oficina. Y por primera vez desde que firmé el acuerdo, me sentí lista para presentar batalla.