Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad 1
Ella había aprendido desde muy pequeña a guardar silencio.
No porque fuera una mujer fría.
No porque no tuviera sentimientos.
Todo lo contrario.
Era una mujer extremadamente sensible.
Sentía demasiado.
Las palabras le dolían más de lo que mostraba. Una mirada podía quedarse en su memoria durante días. Un comentario desagradable podía hacerla llorar a solas durante la noche, aunque al día siguiente apareciera frente a todos con una sonrisa.
Es que desde que era niña había sufrido acoso escolar.
Al principio fueron cosas pequeñas.
Comentarios sobre su apariencia.
Risas cuando hablaba.
Apodos que fingían ser bromas.
Empujones en los pasillos.
Compañeros que deliberadamente la dejaban fuera de los grupos.
—Era una broma.
—No seas tan sensible.
—¿Por qué lloras por eso?
Esas frases se repetían una y otra vez.
Y ella terminó aprendiendo algo terrible.. que si demostraba cuánto le dolía, algunas personas simplemente lo usarían para hacerle más daño.
Así que comenzó a callar.
Cuando llegaba a casa y su madre le preguntaba..
—¿Cómo estuvo tu día?
Ella respondía..
—Bien.
Siempre bien.
Aunque algunas veces entraba a su habitación, cerraba la puerta y se sentaba en el suelo mientras las lágrimas comenzaban a caer.
[Estoy bien.]
Se lo repetía.
[Estoy bien.]
Aunque no lo estuviera.
Con los años, el acoso cambió de forma, pero nunca desapareció completamente.
En la adolescencia aprendió a caminar mirando hacia adelante y fingiendo que no escuchaba.
En la adultez aprendió a sonreír aunque ciertas palabras todavía le dolieran.
Y, de alguna manera, consiguió seguir viviendo.
Pero dentro de ella había una tristeza que nunca desaparecía por completo.
Una tristeza silenciosa.
Una de esas que nadie nota porque no hace ruido.
Hasta aquel día.
Aquel día comenzó como cualquier otro.
Hasta que el cielo se oscureció.
Primero fueron unas nubes negras.
Después comenzaron los truenos.
Luego llegó la lluvia.
Una lluvia intensa.
Demasiado intensa.
El viento comenzó a golpear con fuerza las ventanas y los árboles se doblaban peligrosamente.
Las calles comenzaron a inundarse.
Las personas corrían buscando refugio.
Y entonces ocurrió el accidente.
Un fuerte estruendo sacudió el lugar.
Una estructura cercana, debilitada por el viento y la lluvia, cedió parcialmente.
El ruido fue aterrador.
La gente comenzó a gritar.
Ella se quedó paralizada durante un segundo.
[¿Qué fue eso?]
Entonces escuchó algo que hizo que su corazón se detuviera.
Estaba cerca de una escuela, de un prescolar.
Niños.
Había niños allí.
Pequeños.
Asustados.
Llorando.
Y en medio del caos vio a una maestra.
La mujer estaba dentro de una sala, intentando sacar a los niños uno por uno.
—¡Vamos! ¡Rápido! ¡Salgan! ¡No se queden atrás!
La maestra tomó a uno de los pequeños de la mano y lo llevó hacia la salida.
Después volvió por otro.
Y otro.
La estructura crujió.
Ella miró hacia arriba.
[Esto se va a caer...]
Pero la maestra no se detuvo.
Volvió a entrar.
Sacó a otro niño.
Después a otro.
—¡Todos afuera! ¡Corran hacia los adultos!
Los pequeños comenzaron a salir.
Ella reaccionó.
Sin pensarlo, corrió hacia ellos.
—¡Vengan! ¡Por aquí!
Tomó a uno de los niños y lo ayudó a alejarse.
Luego volvió.
Ayudó a otro.
Después a otro.
La lluvia caía sobre su rostro con tanta fuerza que apenas podía abrir los ojos.
Pero continuó.
Entonces miró hacia la sala.
La maestra todavía estaba dentro.
[¿Dónde está?]
Esperó.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Nada.
—¡¿Hay alguien ahí?!
No recibió respuesta.
Entonces ocurrió.
Una parte de la estructura cedió completamente.
El suelo tembló.
Ella retrocedió instintivamente.
Y comprendió.
La maestra no había logrado salir.
[¡No!]
Los bomberos comenzaron a acercarse mientras intentaban controlar la situación, pero la tormenta dificultaba todo.
Ella vio a los pequeños que seguían saliendo.
Algunos lloraban.
Otros llamaban a sus padres.
Uno de ellos estaba completamente paralizado por el miedo.
Ella se agachó frente a él.
—Ven conmigo.
El niño la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Tengo miedo...
Ella sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
Porque conocía demasiado bien aquella sensación.
El miedo.
La soledad.
Sentirse pequeño frente a algo que no podía controlar.
Así que lo abrazó.
—No tengas miedo. Estoy contigo.
[Al menos esta vez alguien estará contigo.]
La tormenta se volvió todavía más fuerte.
El viento comenzó a levantar objetos.
Los bomberos gritaban instrucciones.
—¡Aléjense de la estructura!
—¡Todos hacia atrás!
Pero el niño no podía caminar.
Ella lo tomó en brazos.
—Está bien. Te llevaré.
Comenzó a avanzar.
Cada paso era difícil.
La lluvia golpeaba su cuerpo.
El viento casi la derribaba.
Pero apretó al pequeño contra su pecho.
Lo cubrió completamente con su cuerpo.
[Que no le pase nada.]
Entonces algo salió disparado desde la estructura.
Ella apenas alcanzó a girarse.
El objeto la golpeó con fuerza.
Sintió un dolor intenso.
Sus piernas casi cedieron.
—¡Ah...!
Pero no cayó.
Miró al niño.
Estaba protegido.
Seguía ileso.
[Está bien...]
Intentó continuar.
Un paso.
Otro.
Su respiración comenzó a volverse pesada.
Su cuerpo ya no respondía como antes.
Pero todavía podía ver a los bomberos.
—¡Aquí! ¡Por aquí!
Ella avanzó tambaleándose.
El niño comenzó a llorar.
—¡No me sueltes!
Ella sonrió débilmente.
—No te voy a soltar.
[Tranquilo...]
[Ya casi.]
[Ya casi llegamos.]
Finalmente llegó hasta uno de los bomberos.
Extendió los brazos.
—Tómelo...
El bombero recibió al niño inmediatamente.
—¡Lo tengo!
Ella soltó al pequeño.
Y durante un instante sintió alivio.
Había cumplido.
El niño estaba a salvo.
Pero entonces toda la fuerza que había mantenido su cuerpo en pie desapareció.
Sus rodillas cedieron.
Cayó al suelo.
El ruido de la tormenta comenzó a alejarse.
Las voces se volvieron confusas.
—¡Señorita!
—¡Necesitamos ayuda aquí!
—¡Está herida!
Ella intentó abrir los ojos.
Pero ya no podía.
Sentía frío.
Mucho frío.
Y, por primera vez en muchos años, no pensó en el acoso.
No pensó en las personas que la habían hecho llorar.
No pensó en todas aquellas veces en las que había fingido estar bien.
Solo pensó en el niño.
[Está a salvo...]
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
[Qué bueno...]
Su respiración se volvió cada vez más débil.
Las voces desaparecieron.
La lluvia dejó de escucharse.
El mundo comenzó a oscurecerse.
Y mientras todo se volvía negro, tuvo un último pensamiento.
[Quizás... por una vez... hice algo bueno.]
Después... todo quedó en silencio.
Y su vida... colapsó en la oscuridad.