Él la desea por su pasado. Ella lo busca por su futuro. ¿Podrán escapar de las sombras del pasado? 🖤
Dorian Collins es "El Magnate de los Diamantes" 💸, un CEO millonario, frío y destrozado por la muerte de su amada esposa Anna 🕊️. Para el mundo es indestructible, pero por dentro se consume en la soledad y en un deseo reprimido que no lo deja en paz.
Charlotte Mousier es una valiente obrera del sur de Francia ⚒️. Sin dinero y agobiada por las deudas, lucha por salvar la vida de sus padres enfermos 🏚️. Cuando el corrupto encargado de la mina intenta abusar de ella y la deja en la miseria, Charlotte emprende un viaje desesperado a París para plantarle cara al mismísimo dueño del imperio 🏢.
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Capítulo 23: Bajo Mis Términos.
El silencio en la habitación de hospital era denso, interrumpido únicamente por el constante pitido del monitor cardíaco. Charlotte mantenía la mirada fija en Dorian, con el cuerpo rígido y los puños apretando la sábana blanca de la camilla. El miedo en sus ojos era una bofetada directa al orgullo del magnate.
Dorian dio un paso vacilante hacia la cama, pero al ver cómo Charlotte se encogía levemente, se detuvo de golpe. Lentamente, como si sus piernas ya no pudieran sostener el peso de sus propios actos, se dejó caer de rodillas junto al borde de la camilla.
—Perdóname... —susurró Dorian con la voz rota, apoyando la frente contra el colchón, a una distancia prudente de ella—. Perdóname, Charlotte. Fui un monstruo. Tenías razón en todo lo que me dijiste... estoy enfermo. Perdí por completo el control y te hice daño.
Charlotte lo observaba sin pronunciar una sola palabra, desconcertada por ver al hombre más poderoso y temido reduciendo su arrogancia a súplicas desesperadas.
Dorian levantó la cara. Sus ojos grises, siempre fríos e inexpresivos, estaban inyectados en sangre y llenos de lágrimas sinceras de remordimiento.
—Te lo juro por la vida de mi hija, Charlotte, voy a buscar ayuda —dijo con la voz temblorosa, mirando fijamente a la joven—. Voy a tratarme con los mejores especialistas, haré la terapia que me pediste, haré lo que sea necesario para sanar esta locura que llevo por dentro... Pero te lo suplico, no me dejes. Quédate a mi lado.
Charlotte frunció el ceño, sintiendo un nudo de indignación y confusión en el pecho.
—¿Cómo pretendes que me quede después de lo que hiciste? —articuló ella con la voz débil pero firme—. ¡Casi me matas, Dorian! Me das pavor.
—No te pido que seas mi esposa, ni siquiera que me mires si no quieres —suplicó él, tomándose el rostro con las manos en un gesto de absoluta desesperación—. Pero si te vas ahora, Lindsey se va a destrozar. Tú eres la única persona que ha logrado traerle un poco de luz y paz a mi niña desde que su madre murió. Hazlo por ella, si no quieres hacerlo por mí. Quédate en la mansión bajo tus propios términos. Nadie te va a tocar, nadie te va a obligar a nada. Tendrás libertad dentro de la propiedad, podrás hablar con tus padres cuando quieras... pero por favor, no te alejes de nuestras vidas. Necesito tu ayuda para no volver a caer en este infierno.
En ese momento, el pomo de la puerta comenzó a girar y la voz de un oficial de policía resonó desde el pasillo pidiendo autorización al médico para ingresar a tomar la declaración de Charlotte.
Dorian no se movió de sus rodillas. Miró a Charlotte una última vez, dejando su destino por completo en las manos de la mujer a la que le había fallado de la peor manera.
La puerta de la habitación se abrió de par en par y dos oficiales de policía ingresaron acompañados por el médico de turno. Dorian se puso de pie a toda prisa, limpiándose el rostro con disimulo y dando un paso hacia atrás, manteniendo la cabeza gacha y la tensión al límite en cada uno de sus músculos.
—Buenas tardes, señorita —saludó el oficial a cargo, sacando una libreta de notas y mirando alternadamente a Charlotte y a Dorian—. Necesitamos tomar su declaración. El médico nos informó sobre las circunstancias de su ingreso y, por protocolo ante este tipo de lesiones, debemos asegurarnos de qué fue exactamente lo que ocurrió.
Charlotte sintió la mirada sofocante de todos los presentes sobre ella. Miró al policía, luego al doctor y finalmente giró el rostro hacia Dorian. El magnate la observaba en silencio, con el alma en el hilo, entregado por completo a la decisión que ella tomase.
Charlotte cerró los ojos un segundo, inhalando aire con dificultad mientras el rostro de la pequeña Lindsey venía a su mente. No quería destruir a esa niña inocente, pero tampoco pensaba regalarle la impunidad a Dorian sin cobrar un precio muy alto.
—Fue un accidente —dijo Charlotte con la voz clara y pausada, mirando fijamente al oficial—. Salí de la ducha, no me percaté de que el piso estaba húmedo, resbalé y me golpeé la cabeza contra el lavamanos. Eso fue todo.
El policía frunció levemente el ceño, anotando las palabras en su libreta antes de dirigir una mirada inquisitiva hacia Dorian.
—¿Y las marcas en el señor Collins? —preguntó el oficial.
—El señor Collins escuchó el golpe y entró corriendo a auxiliarme —respondió Charlotte sin dudar, sosteniéndole la mirada—. En mi desesperación por el dolor y la confusión antes de perder el conocimiento, lo sujeté con fuerza. Nadie me hizo daño. Fue solo un lamentable accidente.
El médico y los oficiales intercambiaron una mirada de resignación. Sin una denuncia directa y con la declaración firme de la víctima, no había causa legal que perseguir.
—De acuerdo, señorita. Si esa es su declaración, tomamos nota —concluyó el agente, guardando la libreta—. Que se recupere pronto.
Tan pronto como los policías y el doctor abandonaron la habitación, el silencio volvió a apoderarse del lugar. Dorian soltó un suspiro largo, sintiendo que le devolvían la vida, pero no se atrevió a acercarse ni un centímetro a la camilla.
—Gracias... —alcanzó a articular Dorian con la voz ahogada por la emoción y la vergüenza—. Te prometo que no te vas a arrepentir de esto.
—No lo hice por usted, Dorian —lo interrumpió Charlotte con una frialdad que le heló la sangre al magnate—. Lo hice únicamente por Lindsey. Ella no tiene la culpa de la clase de padre que le tocó.
Dorian apretó la mandíbula, recibiendo el golpe de sus palabras en silencio.
—A partir de hoy, las cosas van a cambiar —continuó Charlotte, clavándole una mirada llena de determinación—. Regresaré a su casa, pero bajo mis condiciones. Mañana mismo quiero a un psiquiatra evaluándolo a usted en esa mansión. Quiero ver que empiece su tratamiento de inmediato. Además, exijo libertad para comunicarme con mi familia cuando lo desee y un espacio propio donde usted jamás vuelva a cruzar la puerta sin mi permiso. Si vuelve a faltarme al respeto o a ponerme una mano encima, no habrá mentira que lo salve de la cárcel. ¿Le queda claro?
—Lo que tú digas, Charlotte —respondió Dorian sin dudar, inclinando la cabeza con total sumisión—. Cumpliré cada una de tus exigencias. Te lo juro.
Excelentes capítulos, quede sorprendida de como una madre sea capaz de tanto 😲