Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 20
Capítulo 20
—Esto es una sala de emergencia. Salga ahora —ordenó una enfermera apenas vio entrar a Luz.
Luz no la escuchó.
En la camilla, un médico estaba por inyectarle algo a Don César.
Ella avanzó rápido y le sujetó la muñeca un segundo antes de que la aguja entrara.
—Ese medicamento no puede aplicarse.
El médico levantó la vista, molesto.
—¿Cómo entró una familiar acá?
—No soy familiar. Soy su médica tratante. Ynua.
La sala se quedó un instante en silencio.
—Lo que tiene en la mano no va a aliviarlo. Va a empeorar el cuadro.
—Salga. No entorpezca el procedimiento.
El médico intentó soltarse.
Luz apretó más.
—Si el paciente muere por esa inyección, ¿usted asume toda la responsabilidad?
La mirada de ella le quitó seguridad.
El médico dudó.
Luz lo apartó y revisó a Don César. El viejo respiraba con dificultad, el pulso irregular, el cuerpo respondiendo como si algo lo hubiera atacado desde adentro.
Preparó una infiltración neural de baja dosis y la aplicó con precisión en un punto que ninguno de los presentes habría elegido para una crisis respiratoria.
El jadeo se calmó.
Los monitores empezaron a estabilizarse.
Después le puso una pastilla en la boca.
La presión y el ritmo cardíaco volvieron a valores seguros.
El médico, que minutos antes quería echarla, la miró como si hubiera cambiado de persona.
—Usted dijo... ¿Ynua? ¿La médica formada por el Dr. León?
Luz no respondió.
Necesitaba entender qué había pasado.
Don César estaba estable. Su tratamiento no debía causar una recaída así, mucho menos una crisis peor que antes.
—Avise a la familia que está fuera de peligro —dijo.
—Sí, claro. Ahora mismo.
El médico salió casi corriendo.
Luz volvió a revisar al paciente. Pulso, pupilas, piel, olor residual en la ropa, reacción de garganta.
Cada dato le tensaba más la cara.
Algo no cerraba.
La crisis no había sido natural.
Y tampoco parecía una simple recaída.
En el pasillo, el médico informó que Don César estaba estable.
El señor César se desplomó contra la pared, aliviado.
Lara quedó muda.
Sissi, más lejos, apretó los labios.
Bruno no dijo nada.
Pero su mirada siguió fija en la puerta.
Luz salió unos minutos después.
—Don César está estable.
—Ynua —el señor César dio un paso hacia ella—. Yo...
—Después hablamos.
Luz lo cortó sin suavidad.
—Quiero saber todo lo que comió, tocó y respiró desde mi última visita. Todo. Sin omitir nada.
El señor César palideció.
—¿Cree que alguien...?
—Creo que la crisis fue sospechosa.
Lara reaccionó.
—¿Ahora vas a culpar a otros?
Luz la miró.
—Si preferís gritar antes que encontrar la causa, podés seguir. Pero no me hagas perder tiempo.
Lara cerró la boca.
Bruno avanzó apenas.
—¿Qué necesitás?
Luz lo miró.
No esperaba esa pregunta.
—Lista de comidas, flores, medicación y personas que entraron al cuarto. También las cámaras de la casa, si existen.
—Facundo.
—Sí, jefe.
Facundo salió a hacer llamadas.
El señor César, todavía con vergüenza por haber dudado de ella, asintió una y otra vez.
—Se lo daré todo.
Luz no se ablandó.
—Don César es mi paciente. Mientras yo lo trate, nadie modifica nada sin avisarme.
—Sí.
Sissi observó desde el fondo.
Había venido para ver caer a Luz.
Pero Luz volvía a quedar en el centro, firme, necesaria, intocable.
Y Bruno Ferrer la respaldaba delante de todos.
La rabia le subió como veneno.
Luz regresó a la sala para una última revisión.
Al inclinarse sobre Don César, volvió a detectar ese detalle mínimo.
Sus ojos se enfriaron.
Ahí estaba el problema.
Alguien había provocado la crisis.
Y esa persona conocía lo suficiente del estado de Don César para saber dónde tocar.