Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 4
# Capítulo 4: El guardaespaldas del amor
El hombre se llamaba Héctor Quiroga. Y era, según su propia definición, "el mejor amigo que Alejandro Montero no merecía, pero necesitaba desesperadamente."
Alegra lo descubrió al día siguiente, cuando él apareció en la antesala a las diez de la mañana con una bolsa de churros y dos cafés.
—Uno para ti —dijo, dejando un vaso sobre su escritorio sin pedir permiso—. Capuchino con canela. No sé si te gusta, pero te va a gustar.
Alegra miró el café, luego a él.
—Gracias, pero... ¿qué haces aquí tan temprano?
—Héctor Quiroga. Director de Quiroga & Asociados y asesor externo de MonteroLogística. Mejor amigo del jefe desde la universidad. Soltero hasta hace poco, ahora comprometido con la mujer más guapa de la Condesa. —Se sentó en la esquina de su escritorio como si fuera suyo—. Y tú eres Alegra Vega. Veintitrés años. De Iztapalapa. Signo zodiacal desconocido, pero apuesto a que eres Libra.
—Virgo.
—Casi.
Alegra no pudo evitar una sonrisa. Héctor tenía ese efecto: era como un ventilador encendido en una habitación donde todos contenían la respiración.
—¿Cómo sabes todo eso de mí?
—Hice mi tarea. —Mordió un churro—. ¿Vienes a comer conmigo? Hay un puesto de tacos aquí a dos cuadras que te va a cambiar la vida.
—Son las diez de la mañana.
—¿Y?
Alegra bajó la vista al capuchino. Olía bien. Olía a algo que nadie le había comprado sin que ella lo pidiera.
—No puedo irme así nada más. Soy la asistente del señor Montero.
—Alejandro está en una llamada con los de Monterrey. Tiene para una hora mínimo. Cuando sale de esas llamadas se pone de un humor que no quieres estar cerca. Créeme, te estoy haciendo un favor.
Alegra lo pensó tres segundos. Luego agarró su bolsa.
El puesto de tacos estaba en una calle lateral de Santa Fe, uno de esos sitios que resisten entre las torres de cristal como una muela de leche que se niega a caer. El taquero conocía a Héctor por su nombre.
—¡Quiroga! ¿Los de siempre?
—Los de siempre. Y para la señorita, lo mismo pero con todo.
Se sentaron en bancos de plástico bajo un toldo a rayas que había visto mejores días. Héctor comía con la voracidad de alguien que no tiene conflictos existenciales con la comida. Alegra, para su sorpresa, también.
—¿Te gusta trabajar aquí? —preguntó él entre bocados.
—Sí. Bastante.
—¿El jefe te trata bien?
—No me trata. —Alegra untó salsa verde en su taco con la precisión de una cirujana—. Es decir, es correcto, educado. Pero no... interactúa. Parece una máquina muy bien vestida.
Héctor se rio. Una risa honesta, con la boca llena.
—Esa es la mejor descripción que he oído de Alejandro Montero. Una máquina muy bien vestida. Le voy a decir.
—¡No le digas!
—Tranquila. —Héctor la estudió un momento—. ¿Tienes novio?
Alegra se atragantó con el taco. —¿Perdón?
—Pregunta de protocolo. Necesito saber si alguien te va a venir a buscar a la oficina y armar un escándalo.
—No tengo novio. No tengo tiempo para novios. Ni permiso, pensó, pero eso no lo dijo.
—¿Permiso? —repitió Héctor.
Alegra se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta. El calor le subió al rostro.
—Es broma.
Héctor no la presionó, pero algo cambió en su mirada. Algo que se pareció mucho a la comprensión.
Comieron en silencio un minuto. Alegra quiso cambiar de tema.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Dispara.
—¿Qué hay en el estudio del señor Montero? El cuarto del fondo de su oficina.
Héctor dejó de masticar. La miró con una intensidad que no combinaba con su cara manchada de salsa.
—¿Por qué preguntas?
—Porque anoche entré a dejar unos documentos y la puerta estaba abierta. Lo vi... pintando. Con un pincel.
Héctor no respondió de inmediato. Se limpió las manos con una servilleta y las apoyó sobre la mesa.
—Alejandro pinta —dijo, como quien dice "Alejandro respira". Un hecho básico, no un secreto—. Tiene un estudio en la oficina y otro en su casa. Pinta con pinceles suaves, de pelo natural. Lleva años haciéndolo.
—¿Es artista?
—No. Es... su forma de descargar. Otra gente corre, otra gente boxea. Él pinta. —Héctor la miró fijamente—. ¿Qué viste exactamente?
—Nada. Solo... trazos. En papel. Parecía tenso. Como si estuviera peleando contra algo.
—¿Y él te vio a ti?
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Me preguntó si necesitaba algo. Yo le dejé los papeles y me fui.
Héctor asintió lentamente. Luego, casi para sí mismo:
—Muchos trazos. Interesante.
—¿Por qué interesante?
—Porque cuanto más pinta, más inquieto está. Es un termómetro. Poco pintura, día tranquilo. Mucha pintura... —dejó la frase suspendida y le dio un trago largo a su refresco—. El punto es: no le menciones que lo viste pintando. Y no entres al estudio. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Bien. Ahora vamos, que si llegamos tarde me va a echar la culpa a mí, y ya me la echó ayer por traerle el café tibio.
De regreso a la oficina, Héctor caminaba con las manos en los bolsillos, silbando algo que parecía el tema de una telenovela de los noventa.
—Héctor —dijo Alegra, justo antes de entrar al edificio.
—¿Mm?
—Gracias por los tacos. Y por el café. Nadie me había...
Se detuvo. No sabía cómo terminar la frase sin que sonara patética.
—Nadie te había invitado a comer —completó él, sin rastro de burla.
—Algo así.
Héctor le dio una palmada suave en el hombro. —Acostúmbrate. A partir de hoy comes conmigo martes y jueves. Y si el jefe pregunta, estamos en una reunión de logística interdepartamental.
Alegra se rio. Algo dentro de ella, algo que llevaba mucho tiempo apretado, se aflojó un milímetro.
Esa tarde, Héctor entró a la oficina de Alejandro para su reunión habitual.
Alejandro estaba revisando un contrato. No levantó la vista.
—Tu nueva asistente es simpática —dijo Héctor, sentándose frente a él.
—No es tu asistente. No la distraigas.
—La llevé a comer tacos. Come como si no la alimentaran.
Alejandro pasó una página. —No me interesan los hábitos alimenticios de mis empleados.
—Come con entusiasmo, Alejandro. Sin vergüenza. Con las manos. Con chile en los dedos.
—¿Hay algo que necesites discutir sobre el contrato de Monterrey? —preguntó Alejandro, con la voz medio tono más baja de lo normal.
Héctor reconoció esa señal. Cambió de tema. Hablaron veinte minutos sobre logística, márgenes de distribución y un proveedor que estaba dando problemas. Cuando terminaron, Héctor se levantó para irse.
En la puerta, se volvió. Miró el estudio. La puerta estaba cerrada, pero había un olor tenue flotando. Pintura fresca.
—¿Pintaste anoche? —preguntó, casual.
—Sí.
—¿Mucho?
Alejandro no respondió.
Héctor cerró la puerta de la oficina detrás de él. Se detuvo en la antesala. Alegra estaba en su escritorio, concentrada en una hoja de cálculo, con un mechón de pelo escapándosele detrás de la oreja.
Ay, hermano, pensó Héctor. Llevaba años sin verte así.
Se miró en el vidrio reflectante de la pared. Se acomodó el cuello de la camisa. Y se señaló a sí mismo con el pulgar.
—Este mero —murmuró—. Guardaespaldas del amor. Operación en marcha.
Al día siguiente, un correo interno llegó a la bandeja de Alegra. Remitente: A. Montero. Asunto: Instrucciones.
El mensaje era de una línea:
"A partir de mañana, tráeme un café a las 8:15. Dos de azúcar. Sin leche."
Alegra leyó el correo tres veces. No porque fuera complicado, sino porque era la primera vez que él le pedía algo que no era un documento o una cancelación.
Era un café. Todos los días. A las 8:15.
Puedo hacer eso, pensó. Es solo un café.
Lo que no podía saber era que Alejandro Montero llevaba trece años preparándose el café solo. Que nunca le había pedido a nadie —ni siquiera a Héctor— que lo hiciera por él. Y que la razón por la que lo pedía ahora no tenía absolutamente nada que ver con el café.