Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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Un cafe con preguntas
...¿Preguntas o más curiosidad?...
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La lluvia seguía golpeando los ventanales del estudio jurídico.
Los abogados tardarían unos minutos en regresar con las copias del acuerdo, así que el silencio volvió a instalarse entre ambos.
Ivonne acomodó distraídamente una carpeta sobre la mesa.
—Supongo que esto es todo.
—Todavía no.
Ella levantó la vista.
Ivako se había puesto de pie.
—Los abogados estarán ocupados unos minutos.
Ivonne también se levantó.
—Entonces esperaré aquí.
Él negó con la cabeza.
—Hay una cafetería en el primer piso.
Ella lo miró con cierta sorpresa.
—¿Me está invitando a tomar un café?
—Sí.
Ivonne parpadeó un par de veces.
No esperaba aquello.
Mucho menos de un hombre del que todos aseguraban que era incapaz de mostrar amabilidad.
—No está obligada a aceptar —aclaró él.
—Lo sé.
Dudó apenas un instante.
—Acepto.
La cafetería estaba prácticamente vacía.
A esa hora solo había un par de abogados trabajando frente a sus computadoras.
Eligieron una mesa junto al ventanal.
El aroma del café recién molido llenaba el ambiente.
Una camarera se acercó.
—¿Qué desean ordenar?
—Un espresso —respondió Ivako.
Después miró a Ivonne.
—¿Y usted?
—Un capuchino.
La camarera anotó el pedido y se marchó.
El silencio volvió.
Pero esta vez no resultaba incómodo.
Solo…
Desconocido.
Ivonne observó la lluvia caer sobre la calle.
—Jamás imaginé que conocería a mi prometido un día antes de la boda.
Ivako apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Yo tampoco.
Ella soltó una pequeña risa.
—Al menos coincidimos en algo.
Él la observó unos segundos.
Era la primera vez que la veía sonreír de verdad.
No era una sonrisa amplia.
Era discreta.
Pero cambiaba por completo su expresión.
La hacía parecer mucho más joven.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella al notar que la miraba.
—Nada.
Simplemente…
Los rumores no mencionaban que sonriera.
Ivonne arqueó una ceja.
—¿También investigó sobre mí?
—No.
Pero escuché algunos comentarios.
Ella apoyó el mentón sobre la mano.
—¿Y qué decían?
—Que era la hija perfecta.
Ivonne soltó una risa mucho más sincera.
—Entonces investigaron a otra persona.
Aquella respuesta tomó por sorpresa a Ivako.
—¿No lo es?
Ella bajó la mirada hacia la taza que acababan de servir.
—No existe la hija perfecta.
Solo existen hijos que aprenden a cumplir expectativas.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Ivako tomó un sorbo de su café.
—Es una forma curiosa de verlo.
—¿No está de acuerdo?
—No lo había pensado.
Ivonne giró lentamente la cucharita dentro del capuchino.
—¿Y usted?
—¿Qué hay de mí?
—¿Siempre fue el heredero perfecto?
Por primera vez en la conversación…
Ivako tardó en responder.
—No.
Ella levantó la vista.
—Mi abuelo debía dirigir el grupo Volkov.
Murió joven.
Mi padre asumió el lugar antes de estar preparado.
Desde niño me educaron para que eso no volviera a ocurrir.
No hubo elección.
Solo entrenamiento.
Ivonne comprendió inmediatamente.
Era exactamente lo mismo que había vivido ella.
Distinto escenario.
Misma obligación.
—Entonces…
Los dos crecimos para ocupar un puesto.
No para elegir una vida.
Ivako sostuvo su mirada.
—Parece que sí.
Un silencio tranquilo volvió a envolverlos.
Esta vez ninguno sintió la necesidad de romperlo.
Después de unos minutos, Ivako habló nuevamente.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Claro.
—Durante la cena…
Cuando anunciaron que sería usted quien se casaría conmigo…
No parecía sorprendida.
Ivonne esbozó una sonrisa amarga.
—Lo estaba.
Mucho.
—Pero no discutió.
Ella jugueteó con la taza unos segundos antes de responder.
—Hay personas que, cuando reciben una noticia que les cambia la vida…
Gritan.
Lloran.
Se enojan.
Yo…
Me quedo en silencio.
Porque necesito tiempo para entender lo que siento.
Ivako asintió lentamente.
Era una respuesta que sonaba auténtica.
Y, por primera vez desde que escuchó el nombre de Ivonne Villald, tuvo la sensación de estar conociendo a la mujer real, no a la hija de una familia poderosa.
Cuando ambos terminaron el café, la tensión entre ellos había disminuido.
Seguían siendo dos desconocidos.
Pero ya no parecían dos extraños obligados a compartir una mesa.
Por primera vez…
Parecían dos personas intentando entender cómo seguir adelante con un destino que ninguno de los dos había elegido.