Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 21: El Precio de Estar a su Lado
Despedir a Valeria fue una victoria rápida, pero su venganza no tardó en llegar. No fue con gritos ni amenazas, sino con algo más cruel: el veneno de las palabras.
En cuestión de días, las redes sociales y las revistas de sociedad se llenaron de rumores: «Renata se aprovechó de la vulnerabilidad de un hombre afligido», «Cazafortunas que llegó al diván y se quedó con la fortuna», «Destruyó un matrimonio y ahora quiere destruir un imperio». Nadie sabía la verdad de su historia. Nadie conocía las noches de llanto, las manos que sanaron, las promesas susurradas entre sombras. Solo veían lo que querían ver: una mujer sin apellido ilustre al lado del hombre más codiciado de la ciudad, y eso, para ellos, solo podía significar una cosa: estafa.
Renata intentó ignorarlo al principio. Mantuvo la cabeza alta, abrió su consulta, siguió con su vida como si nada. Pero el acoso se filtró por todas partes. Recibía mensajes anónimos en su teléfono, miradas hostiles al entrar a restaurantes, periodistas acechaban la puerta de su consulta para preguntarle «cuánto le había costado engañar a Gabriel». Un día, al salir, un hombre le escupió cerca de los pies y le gritó que era una vergonzosa. Gabriel llegó segundos después, furioso como nunca lo había visto, apartándola tras de sí con tal ferocidad que el hombre retrocedió asustado.
—¿Quién te dio permiso para hablarle así? —bramó con voz peligrosamente baja—. ¡Pide perdón! ¡Ahora!
El hombre balbuceó excusas y huyó. Gabriel se giró de inmediato hacia ella, toda la ira desvaneciéndose en pura alarma.
—¿Te tocó? ¿Te dijo algo más? ¿Estás bien?
Renata asintió, aunque temblaba de rabia y dolor a partes iguales.
—No importa lo que digan, Renata. No vale ni un segundo de tu paz —le dijo abrazándola fuerte contra su pecho mientras caminaban hacia el coche—. Haré que se retracten todos. Cada uno de esos artículos será desmentido. Cada boca que se atreva a hablar mal de ti, la cerraré.
—¿Y si no se puede, Gabriel? —le respondió ella con voz quebrada—. ¿Y si siempre hablan? ¿Y si siempre ven solo esto y no lo que somos? ¿Vale la pena que te desprecien por mi culpa?
Gabriel frenó en seco. La tomó por los hombros, la apartó un poco para mirarla a los ojos con esa intensidad que la desarmaba siempre.
—¿Mi culpa? ¿Tú crees que estar contigo es una carga? Escúchame bien: antes de ti mi vida era un desierto lleno de oro. No tenía sentido. No tenía luz. Si el precio de tenerte a mi lado es que murmuren… ¡que murmuren entonces! Que digan lo que quieran. Yo lo doy todo. Mi nombre, mi dinero, mi reputación… todo. Por ti. ¿Entiendes? No te pido que soportes sola el peso de mi mundo. Lo cargamos los dos. Pero jamás, jamás te atrevas a pensar que no vales cada gota de sangre que me cueste.
Renata sintió cómo se le hinchaba el pecho de emoción y se aferró a su camisa con ambas manos, las lágrimas brotando solas.
—Te quiero tanto que a veces duele.
—Ámame hasta que deje de doler, entonces —le susurró él sellando sus labios con los suyos en medio de la calle, sin importarle quién mirara—. Y no te sueltes. No importa lo que pase. No te sueltes.
Esa noche, Gabriel publicó una sola declaración en todas sus redes y medios: «La mujer a mi lado no debe explicaciones a nadie. Es la dueña de mi corazón y el futuro de mi vida. Quien la falte al respeto, se enfrenta a mí personalmente. Fin de la discusión.»
Fue un terremoto. Miles de comentarios, compartidos, debates. Pero algo cambió también. Muchas mujeres —pacientes suyas, personas anónimas— salieron a comentar su experiencia con Renata, su ayuda, su nobleza. El veneno encontró antídoto: la verdad de quienes la conocían de verdad.
Renata leyó todo eso apoyada en el pecho de Gabriel, sintiendo sus latidos firmes contra su oreja.
—Lo lograremos —susurró—. Construiremos nuestro lugar a pesar de todos.
Gabriel le besó la coronilla, apretándola más contra sí.
—Ya lo estamos construyendo. Piedra a piedra. Palabra a palabra. Beso a beso. Nadie nos puede derribar. Nadie.