Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 4
La habitación del hospital estaba sumida en un silencio desgarrador, roto únicamente por el sonido amortiguado de los sollozos de Mónica. Sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad de la noche, sus lágrimas caían incesantes por sus mejillas. La ciudad seguía su curso allá afuera, indiferente a su dolor, como si nada hubiese cambiado. Pero para ella, todo había terminado.
A sus espaldas, el doctor hablaba en voz baja con su suegra y su cuñada, pero cada palabra se sentía como un puñal directo al pecho.
—Lo siento mucho, señora James… —dijo el médico con tono solemne—. La caída provocó un impacto demasiado fuerte. El bebé no resistió… y además… es posible que no pueda concebir en el futuro. Su matriz sufrió daños irreversibles debido al aborto espontáneo.
Un susurro de horror recorrió la sala. Patricia, llevó ambas manos a su boca, ahogando un grito. Claudia, cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo la rabia y la impotencia le retorcían el alma. Pero fue Mónica quien se quedó completamente inmóvil.
No solo había perdido a su bebé. Había perdido toda posibilidad de ser madre.
Un dolor indescriptible la atravesó como un relámpago.
Las lágrimas se hicieron más intensas. El llanto le cortaba la respiración, y un gemido ahogado escapó de su garganta.
—Mi bebé… —susurró con la voz rota—. ¿Por qué a mi bebé? ¿Qué culpa tenía? ¿Acaso fue su error haberme tenido como madre en vez de a Alejandra…?
Su pecho subía y bajaba con cada sollozo. La desesperación se apoderaba de ella, la angustia quemaba sus entrañas.
Patricia, conmovida y con la voz temblorosa, intentó sostenerle la mano.
—No, Mónica… No fue tu culpa —susurró con firmeza, aunque sus propios ojos estaban empañados de lágrimas—. La única culpable es Alejandra… y mi hijo. Ellos causaron esto.
Mónica levantó la vista, pero no dijo nada.
Patricia apretó los labios y continuó:
—Esa infeliz volvió porque ya se le acabó el dinero que le di para alejarse. Dice que ama a Leandro, pero lo abandonó sin dudarlo cuando le ofrecí tres millones de dólares.
Claudia bufó con amargura.
—¿Así que el gran amor de Alejandra valía solo tres millones? —dijo con sarcasmo—. No entiendo cómo Leandro puede ser tan estúpido.
Mónica apenas la escuchaba. Su mente estaba demasiado nublada por el dolor. Se abrazó a sí misma, tratando de contener los temblores que sacudían su cuerpo.
—Le pediré el divorcio a Leandro… —susurró de pronto.
Patricia y Claudia la miraron con asombro.
—No puedo obligarlo a estar con alguien a quien no ama. No quiero ser egoísta… Si Leandro y Alejandra quieren una oportunidad, la tendrán.
Patricia negó con la cabeza, desesperada.
—No sabes lo que dices, Mónica. Yo sé que no tengo derecho a pedirte esto, pero… no lo dejes. Yo haré que entre en razón. No permitiré que ninguna otra mujer sea mi nuera.
Mónica esbozó una sonrisa triste y se secó las lágrimas con la manga de su bata.
—Gracias, madre… pero obligarlo solo hará que me odie más. No quiero ser una carga para él.
Bajó la mirada, observando las gotas de lágrimas que caían sobre sus manos. Se sentía completamente vacía. No solo había perdido a su hijo, sino también el poco amor que alguna vez soñó que Leandro podría llegar a tenerle.
De pronto, la puerta se abrió y el doctor entró nuevamente.
—Señora James… —su voz sonó compasiva—. ¿Quiere ver a su bebé por última vez?
Mónica sintió que su corazón se detenía.
Cada fibra de su ser le gritaba que no estaba lista. Que no podía enfrentarse a lo que le esperaba. Pero, al mismo tiempo, el pensamiento de no ver jamás a su bebé le aterrorizaba más que cualquier otra cosa.
—Sí… quiero verlo… —susurró con la voz quebrada.
El doctor se acercó con sumo cuidado, cargando un pequeño bulto envuelto en una manta blanca. Con manos temblorosas, se lo entregó.
Mónica lo sostuvo como si se tratara de lo más precioso y frágil del mundo.
Sus dedos apartaron con delicadeza la manta, revelando un rostro angelical.
Era tan pequeño. Sus diminutas manitas apenas cabían en la palma de Mónica. Su piel, de un tono morado, indicaba que había sufrido antes de partir. Pero incluso así, era hermoso. Una mezcla perfecta de ella y Leandro.
El doctor habló con suavidad:
—Era un niño… Apenas alcanzó los 750 gramos… Lo siento mucho.
Mónica sintió que la realidad la golpeaba con toda su crudeza.
—Un niño… —repitió en un hilo de voz.
Ese mismo día iba a revelar el sexo de su bebé en el evento. Pero en lugar de celebrar, estaba en un hospital, con su pequeño sin vida en los brazos.
Un alarido desgarrador escapó de su pecho.
—Mi niño… Mi amor… Perdóname… —sollozó, besando su diminuta frente—. Perdóname por ser tu madre… por no haberte protegido… por permitir que te arrebataran de mí… No te lo merecías…
Las lágrimas caían sobre el rostro inerte de su hijo.
—Te prometo que muy pronto volveremos a estar juntos… Ya sea en este mundo o en otro…
El doctor suspiró y dio un paso adelante.
—Señora… Es hora de llevarnos al bebé.
Mónica se aferró a su hijo con más fuerza, como si pudiese evitar que se lo llevaran.
—No… No, por favor… déjenmelo un poco más…
El doctor vaciló.
—Solo un momento más… —rogó con la voz hecha pedazos.
Finalmente, él asintió y retrocedió, dándole unos minutos más.
Mónica se recostó en la cama, sintiéndose débil. Miró el rostro de su bebé, grabándolo en su memoria, imaginando cómo habría sido su vida si hubiese tenido la oportunidad de crecer. Cómo habría sonreído, cómo habría dicho su primer "mamá", cómo habría corrido a sus brazos después de una pesadilla.
Pero nada de eso sucedería.
Alejandra le había arrebatado todo.
Cerró los ojos por un momento, abrazando a su bebe con todo el amor que le quedaba. Cuando finalmente el doctor regresó, no opuso resistencia. Dejó que se lo quitaran de los brazos.
Se quedó inmóvil, sintiendo cómo la última pizca de felicidad se desvanecía con cada paso que el médico daba al alejarse con su bebé. Y así, en la soledad de aquella habitación fría, Mónica se quedó con el corazón roto. Y con un futuro que jamás sería.