holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️
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Capítulo 21 – Día 2: Día libre y charlas bajo el sol
[Punto de vista: Emily]
Me despierta el canto de un pájaro que no reconozco y el olor a pasto mojado. Abro los ojos con cierta pereza. Estoy en una cama enorme, con Sofía roncando suavemente a mi lado, abrazada a una almohada como si fuera un peluche.
Me estiro. El cuerpo me duele, pero es un dolor rico, de haber descansado como hacía semanas no lograba. Me levanto sin hacer ruido y salgo al patio.
El sol todavía está tibio, la mañana apenas arranca.
—Buen día —dice Lucas, que ya está sentado en una reposera, sin remera y con un mate en la mano.
Me siento a su lado, le saco el mate sin pedir permiso.
—¿Dormiste bien?
—Sí —responde—. Roma ronca como un camión viejo.
—Lo hace cuando está en paz. Te lo juro.
Nos reímos. El silencio entre nosotros no es incómodo. Es de esos silencios suaves, donde no hace falta llenar nada.
Después de un rato, él me mira.
—¿Cómo estás vos? Digo… de verdad.
—Estoy… acomodándome. Trabajo, vida, cosas que duelen.
—¿Y con Sofía?
—Estamos bien. Nos conocemos hace tanto que a veces no hace falta hablar. Pero sí, deberíamos hablar más.
Pausa. Trago de mate. Mosquitos molestos.
—¿Y vos con Roma? —le pregunto.
—No lo sé todavía. Me gusta. Pero no sé qué siente. No sé cómo lo tomaría.
—Te aseguro que mejor, más de lo que tú crees.
Lucas baja la mirada, como si esa certeza lo desarmara un poco.
[Punto de vista: Sofía]
Me despierto sola, con la cama deshecha y la luz del sol filtrándose por las cortinas. Me quedo unos segundos mirando el techo, saboreando el silencio. No tener que ir a trabajar. No tener que rendir. No tener que sonreír para clientes.
Salgo en patas al jardín, con una taza en mano, y me encuentro con algunos del grupo en ronda, armando planes para el día.
—Hoy no se hace nada —declara Roma desde la hamaca—. Prohibido ser productivos.
—Podemos ir al río que queda cerca —dice alguien más—. Y después… almuerzo comunitario.
—Y si pinta siesta, se duerme —agrego yo.
El día se estira como una sábana limpia: tranquilo, largo, sin apuros. Algunos juegan al vóley, otros se tiran a leer. Emily cocina algo improvisado y yo la ayudo a picar verduras. Cantamos. Nos manchamos. Reímos.
A la tarde, mientras todos dormitan o charlan bajito, me acerco a Roma. Está sentado en la galería, dibujando en una libreta.
—¿Qué hacés?
—Estoy tratando de hacer algo sin pensar.
—¿Te sale?
—No.
Nos reímos. Me siento a su lado y me quedo en silencio. Lo observo. Hay algo distinto en él. Más liviano, más claro.
—¿Sabés qué? Me gusta verlos a todos así.
—¿Así cómo?
—Felices. Sueltos. Sin máscaras.
—Sí —dice él, casi en un susurro—. Es como si acá pudiéramos respirar distinto.
[Punto de vista: Lucas]
A la noche, preparo unas pastas con la ayuda de uno de los chicos del refugio. Cocinar me calma. Es como tatuar, pero más rápido y con olor a ajo.
La cena se vuelve un festival de risas, cuentos, alguna que otra confesión mínima.
—Yo lloré viendo Bichos —dice uno.
—Yo me peleé con un perro por un sánguche —confiesa otro.
—Yo no sé si quiero seguir estudiando —dice Sofía, bajito.
Nadie la juzga. Nadie se ríe. Solo hay un “te entiendo”, y seguimos.
Después, cuando todos ya están por irse a dormir, Roma se acerca.
—Gracias por el día.
—Gracias a vos por estar.
—¿Te puedo abrazar?
Lo abrazo. Dura más de lo que pensé. Y lo siento… no tan solo. Ni yo tampoco.