Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
NovelToon tiene autorización de (^‿^) Nany 。◕‿◕。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Costumbres de otra época
El viernes finalmente llegó. Elara se pasó la mañana completa con los nervios a flor de piel; la sola idea de tener que cruzar esa puerta por la tarde la hacía perder el hilo de lo que estaba cosiendo. A la hora del almuerzo, se negó rotundamente a salir a la calle; no quería arriesgarse a ver la fachada de la joyería antes de tiempo, así que le pidió a Mila que le trajera algo ligero. Ahora, ambas se encontraban almorzando juntas en el cubículo de costura, rodeadas de hilos y patrones.
—¿Puedes tranquilizarte de una buena vez? —le soltó Mila, masticando su sándwich mientras observaba como daba golpecitos impacientes con los dedos sobre la mesa—. Pareces una jovencita nerviosa en su primera cita.
—¡Mila! De verdad, no ayudas en nada —protestó Elara, su rostro quedó rojo hasta las orejas, aparto su propio plato, incapaz de pasar un solo bocado debido al nudo que sentía en el estómago.
—Es la verdad, Eli. Solo vas a tomarle unas medidas a un hombre rico y estirado. Llevas tus bocetos terminados, tu cinta métrica y eres una profesional impecable. ¿A qué le tienes tanto miedo? —Mila arqueó una ceja, aunque en el fondo sabía perfectamente que la agitación de su amiga no se debía al diseño del saco, sino al magnético e imponente dueño de esos ojos azules.
A las cinco y media de la tarde, Elara dejó su cubículo impecablemente ordenado, guardó sus bocetos en el maletín junto a la cinta métrica y se dispuso a marchar. Antes de cruzar la puerta, se detuvo frente al puesto de Mila para despedirse con un suspiro que delataba sus nervios.
—Nos vemos el lunes. Deséame suerte.
—¿Qué lunes ni qué ocho cuartos, picarona? —replicó Mila, guiñándole un ojo con una sonrisa maliciosa—. Acuérdate de que mañana iré a almorzar con ustedes. De mi no te escapas.
Elara sonrió, conociendo perfectamente los trucos de su amiga para enterarse de los chismes de primera mano.
—Está bien, nos vemos mañana entonces.
Antes de que pudiera alcanzar el ascensor, la silueta de Diora la interceptó en el pasillo principal, la observaba de arriba abajo, frunciendo sutilmente el ceño con una mezcla de reproche y extrañeza; no alcanzaba a comprender por qué, había esperado deliberadamente hasta la última hora de la jornada para recién dirigirse a una cita tan crucial con un cliente de la talla de Gideon Huxley.
—Elara, espero que no tengas contratiempos con el reloj —le advirtió Diora con una sonrisa diplomática pero firme—. El señor Huxley es un hombre de costumbres extremadamente rígidas y valora la puntualidad por encima de todas las cosas. No lo haga esperar.
—No se preocupe, señora Diora. Llegaré a tiempo —respondió Elara con una inclinación formal.
Una vez que las puertas del ascensor se cerraron, Elara suspiro dándose el valor necesario para cruzar la esquina y encarar las imponentes puertas de cristal de la joyería Huxley.
...
Apenas puso un pie dentro de la joyería, Francis la recibió con una amabilidad oportuna, como si hubiese estado aguardando su llegada, para guiarla de inmediato hacia el piso superior. Al parecer, Elara no era la única que experimentaba una tensa expectativa esa tarde; el ambiente en el establecimiento se sentía inusualmente silencioso.
Mientras subían los escalones de madera, Elara no pudo evitar recordar la última vez que estuvo allí. Al llegar Francis dio unos suaves golpes a la puerta, y ella suspiro para disipar sus nervios.
—Adelante —pronunció una voz profunda desde el interior.
Francis giró el pomo, le cedió el paso con caballerosidad y, una vez que ella entró, cerró la puerta a sus espaldas, retirándose en absoluto silencio y dejándolos completamente a solas.
Gideon, que se encontraba de pie observando hacia afuera a través del ventanal, se giró lentamente para encararla. Para sorpresa de Elara, el magnate no vestía su impecable e imponente saco de sastre habitual; llevaba únicamente el chaleco ajustado y las mangas de su camisa blanca prolijamente arremangadas hasta los antebrazos, revelando una faceta un poco más informal pero igualmente magnética.
Sus intensos ojos azules se clavaron directamente en ella, fijos y analíticos, desarmando cualquier intento de Elara por mantener una distancia puramente profesional.
—Buenas tardes, señorita Davis —pronunció él, manteniendo una postura firme pero con un matiz de suavidad que la modista no le había escuchado jamás.
Elara sostuvo la mirada azul del inmortal, obligándose a mantener la espalda recta y aferrando su libreta de notas contra el pecho.
Ella no quería perder ni un solo segundo en ese despacho, así que abrió su maletín de inmediato y comenzó a sacar sus bocetos para presentárselos.
—Señor Huxley, hice varios diseños, puede elegir uno, o si tiene alguna sugerencia de cambio...
Sin embargo, Gideon ni siquiera reparó en el papel. Manteniendo fijos sus intensos ojos en ella, habló con una pasividad que la descolocó.
—Usted es la experta, señorita Davis. Elija el diseño que crea que me quedará mejor.
Elara quiso protestar; le parecía una irresponsabilidad que un cliente tan exigente delegara una decisión así, pero prefirió tragarse sus palabras con tal de acelerar el proceso.
—Está bien, señor Huxley.
—Solo Gideon, por favor —la corrigió él en voz baja.
—No suelo tutear a mis clientes, señor...
—Encantado de ser la primera vez entonces —bromeó Gideon, dibujando una sutil y extraña sonrisa para intentar rebajar la evidente tensión que notaba en los hombros de la modista.
Elara ignoró el comentario, carraspeó levemente y acomodó sus herramientas sobre el escritorio.
—Bien, ya que yo elegiré el modelo, comencemos con las medidas entonces.
Concentrada abrió su libreta de anotaciones, y escribió el nombre de él, mientras tanto Gideon comenzó a prepararse de una manera bastante literal. Se desabrochó el chaleco sastre, se lo sacó y lo dejó sobre el respaldo de la silla, acto seguido, llevó las manos a la hebilla de su cinturón, dispuesto a quitarse el pantalón. Cuando Elara levantó la vista y se topó con la escena, abrió los ojos de par en par y dio un respingo hacia atrás.
—¡Espere, espere! ¿Qué, qué cree que está haciendo? —exclamó con las mejillas encendidas en un vivo rubor.
Gideon se detuvo en seco, mirándola con genuina confusión desde su imponente altura.
—Preparándome para que tome las medidas, señorita Davis.
—¡No es necesario que se quite el pantalón! —replicó Elara de inmediato, agitando una mano en el aire, completamente abochornada—. Solo necesito medir por encima de su ropa. Con eso es más que suficiente.
Gideon parpadeó, asimilando la aclaración de la modista, y una chispa de sutil diversión cruzó por su mirada azul al notar el adorable azoramiento de Elara, dándose cuenta de que sus rigurosas costumbres de otra época le habían jugado una divertida mala pasada en el mundo moderno. Ahora entendía por qué su sastre siempre prefería ir a la mansión.
...****************...