Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 16: El precio de protegerla
FERNANDO
El video terminó.
Pero aquellas últimas palabras continuaban repitiéndose en mi cabeza.
«Enamorarte de ella.»
Miré a Victoria.
Ella no apartaba los ojos de la pantalla.
Marcus fue el primero en romper el silencio.
—Tenemos que asumir que la mansión está comprometida.
—¿Qué significa eso? —preguntó Victoria.
—Que probablemente están escuchando todo lo que decimos.
Miré las cámaras.
—Entonces desconectemos el sistema.
Marcus negó.
—Ya lo intenté.
—¿Y?
—Hay otro sistema oculto.
—¿Dónde?
Marcus señaló las paredes.
—En toda la casa.
Victoria respiró profundamente.
—Entonces nos vamos.
La miré.
—Sí.
Marcus negó.
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque Alexander bloqueó las cuentas, los vehículos y las tarjetas de acceso de la propiedad.
—¿Alexander hizo eso?
—Hace cuarenta minutos.
Sentí que la mandíbula se me tensaba.
—¿Dónde está él?
—No lo sé.
Victoria se acercó a la ventana.
—Quizá eso sea lo que quiere.
—¿Qué?
—Que salgamos.
La miré.
Tenía razón.
Toda aquella noche parecía construida para empujarnos hacia una dirección determinada.
El almacén.
La grabación.
La fotografía de Nicholas.
El mensaje.
Todo.
—Nos están conduciendo —dije.
Marcus asintió.
—Exactamente.
—Entonces cambiaremos las reglas.
Una hora después, estábamos en una habitación que Marcus había convertido en refugio.
Sin teléfonos.
Sin cámaras.
Sin dispositivos electrónicos.
Solo una mesa, tres sillas y una vieja lámpara.
—Aquí no pueden escucharnos —dijo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Me senté frente a él.
—Tenemos que encontrar a Nicholas antes de medianoche.
Marcus asintió.
—Y tenemos que descubrir quién es el hombre del reloj rojo.
Victoria levantó la mirada.
—Michael Reed.
Marcus asintió.
—Mi hermano.
—¿Por qué fingir su muerte?
—Porque trabajaba con Nicholas.
—¿En la misma investigación?
—Sí.
—¿Contra Alexander?
Marcus negó.
—Contra alguien mucho más peligroso.
—¿Quién?
Marcus apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Una organización.
—¿Qué organización?
—No tiene nombre oficial.
—Entonces, ¿cómo la llaman?
—El Círculo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hacen?
Marcus respondió:
—Controlan información.
—Eso no parece tan peligroso.
—No se trata de qué información controlan.
Hizo una pausa.
—Se trata de quiénes dependen de ella.
Victoria palideció.
—¿Políticos?
—Políticos, jueces, empresarios, policías...
—¿Y Alexander?
—Alexander no está en la cima.
La miré.
—Entonces, ¿qué es?
Marcus respondió:
—Un intermediario.
Silencio.
Victoria bajó la mirada.
—¿Y Nicholas descubrió quién está arriba?
Marcus asintió.
—Eso creemos.
—¿Y por eso intentaron matarlo?
—Sí.
—¿Y por qué yo?
Marcus me miró.
—Porque Nicholas dejó algo contigo.
Victoria negó.
—No recuerdo tener nada.
—Quizá no lo recuerdas porque te lo quitaron.
Entonces lo comprendí.
La clínica.
Las seis horas perdidas.
La llave.
—La caja fuerte —dije.
Marcus me miró.
—¿Qué?
—La llave.
Victoria levantó la cabeza.
—Alexander me la quitó.
—No.
La miré.
—¿Qué?
—No creo que te la haya quitado para destruirla.
—¿Entonces?
—Creo que la escondió.
Marcus se quedó pensativo.
—Si sabía que la llave podía conducir hasta la información, jamás la habría destruido.
—¿Dónde podría esconderla?
Victoria cerró los ojos.
—En un lugar que yo jamás buscaría.
—¿Cuál?
—Mi antigua casa.
La antigua casa de Victoria estaba a cuarenta minutos de la ciudad.
Había pertenecido a sus padres.
Llevaba años vacía.
Cuando llegamos, la puerta principal estaba abierta.
Mi mano fue inmediatamente hacia el arma.
—Quédate detrás de mí.
Victoria asintió.
Entramos.
Todo estaba cubierto de polvo.
Fotos familiares permanecían sobre las paredes.
Victoria se detuvo frente a una.
Ella y Nicholas.
Eran adolescentes.
Ambos sonreían.
—Lo extraño —susurró.
—Lo vamos a encontrar.
Me miró.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque todavía está luchando.
Seguimos avanzando.
Victoria se dirigió hacia una habitación.
—Aquí dormía Nicholas.
Entramos.
Había una vieja biblioteca.
Una cama.
Un escritorio.
Y una caja de madera.
Victoria se acercó.
La abrió.
Dentro había cartas.
Fotografías.
Y un pequeño cuaderno.
Lo tomó.
—Es suyo.
Lo abrió.
Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones.
Nombres.
Fechas.
Lugares.
Después apareció una frase escrita con tinta roja.
«SI ME PASA ALGO, NO CONFÍES EN ALEXANDER.»
Victoria pasó la página.
Había otra.
«PERO TAMPOCO CONFÍES EN MARCUS.»
Nos miramos.
Marcus se quedó en silencio.
—Esto es viejo —dijo.
—¿Cuánto?
—Cuatro años.
Victoria siguió leyendo.
Una última página.
Solo tenía una dirección.
Hotel Saint James. Habitación 314.
—Tenemos que ir —dije.
Marcus negó.
—No.
—¿Otra vez no?
—Si Nicholas dejó esa dirección hace cuatro años, probablemente sea una trampa.
—O una pista.
Victoria cerró el cuaderno.
—Vamos.
Marcus me miró.
—¿Estás dispuesto a arriesgarla?
—Sí.
—¿Por ella?
Lo miré.
—Por mi trabajo.
Marcus soltó una pequeña sonrisa.
—Ya ni tú te crees eso.
No respondí.
Porque tenía razón.
El Hotel Saint James estaba prácticamente vacío.
Llegamos al tercer piso.
Pasillo oscuro.
Habitación 314.
La puerta estaba abierta.
Victoria me tomó del brazo.
—Fernando.
—Quédate aquí.
—No.
—Victoria...
—Esta vez entro contigo.
La miré.
Finalmente asentí.
Entramos.
No había nadie.
Solo una mesa.
Sobre ella había una caja.
Y una fotografía.
Victoria la tomó.
Su rostro cambió.
—Es Nicholas.
En la fotografía aparecía su hermano.
Pero no estaba solo.
Junto a él estaba Alexander.
Y detrás de ellos...
Un hombre mayor.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Quién es?
No respondió.
—Victoria.
—Es mi padre.
Sentí un escalofrío.
—Pero tu padre murió hace ocho años.
—Sí.
Miró la fotografía.
—Murió ocho años atrás.
Marcus entró lentamente.
Observó la imagen.
—Entonces esta fotografía no debería existir.
En ese instante, la puerta se cerró detrás de nosotros.
Clac.
Intenté abrirla.
Bloqueada.
Las luces se apagaron.
Victoria se aferró a mi brazo.
Una voz salió de un altavoz oculto.
—Buenas noches, Victoria.
Ella dejó de respirar.
La voz continuó:
—Sé que has venido a buscar a tu hermano.
Silencio.
—Pero antes de encontrarlo...
Una pantalla se encendió.
Apareció una imagen en directo.
Nicholas.
Vivo.
Atado a una silla.
Victoria gritó:
—¡NICHOLAS!
Él levantó lentamente la cabeza.
Y entonces miró directamente a la cámara.
—Victoria...
Su voz sonaba débil.
—No confíes en Fernando.
Me quedé helado.
Victoria me miró.
Y la voz del altavoz volvió a escucharse.
—Porque el hombre que contrató a Fernando para protegerte...
Pausa.
—fue quien realmente puso en marcha todo esto.