¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?
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MATEO. ¿ERES NEMESIS?
Héctor llegó a la casa a las 9 de la mañana. Tenía la ropa llena de tierra, las manos cortadas por la puerta del búnker y la foto de Jonás de niño arrugada en el bolsillo.
Mateo estaba en la cocina, sirviéndose un café, como si nada. Tenía la marca negra ya por encima del codo, casi llegando al hombro. Ya no se la tapaba.
—¿Dónde estuviste? —le preguntó sin mirarlo, como si fuera un compañero de apartamento, no su papá.
—Trabajando —respondió Héctor. Dejó las llaves sobre la mesa con fuerza.
Mateo lo miró de reojo. Notó el miedo en los ojos de su papá, pero no le importó. Desde que había llegado al 50% de sincronización, la gente le parecía lenta.
—Pa, ¿tú alguna vez has dejado libre a alguien sabiendo que era culpable?
Héctor se quedó parado.
—¿De qué hablas?
—De tu trabajo. Una vez me contaste que dejaste libre a un tipo porque no había pruebas, pero tú sabías que había matado a la esposa. ¿Es verdad?
Héctor no respondió. Era verdad. 2018.
Mateo se acercó.
—Yo no lo hubiera dejado libre. Yo lo hubiera condenado.
—¿Condenado cómo?
—Como se debe. Porque si la ley no sirve, alguien tiene que hacer que sirva.
Héctor lo agarró del brazo. Le arremangó la camisa sin permiso y vio la marca negra, gruesa, que latía.
—¿Qué es esto, Mateo?
Mateo quitó el brazo de un tirón.
—No lo toques.
—¿Tu trabajo? ¿Desde cuándo tu trabajo es marcarte el brazo así?
Mateo se rió con superioridad.
—Tú no entiendes, pa. Tú llevas 20 años atrapando gente para que un juez los deje libres a los dos días. Yo llevo dos meses y ya hice más justicia que tú en toda tu carrera.
Héctor sintió un vacío en el estómago. No era su hijo hablando.
—Mateo, yo estuve en la base El Diamante. Vi los videos de Jonás. Sé quién eres.
Mateo se quedó quieto. Dejó la taza con calma.
—¿Y qué viste?
—Vi que Jonás es un niño que fabricaron para ser puente. Vi que tú fuiste elegido para ser juez. Vi que si ustedes dos pelean, se abre la puerta para que entren todos los sin rostro.
—¿Quién te dijo eso?
—Lo vi yo mismo. En un video que dejó el papá de Jonás, Elías Marín. Él decía que hay un Heredero Negro y un Heredero Blanco. Que si pelean, la puerta se abre del todo.
Mateo no sabía que Héctor había ido con Zero. Para Mateo, Zero era solo un nombre que había escuchado en la radio, un ex agente que quemó una base. No sabía que Zero había ido con su papá.
—Eso es mentira —dijo Mateo—. Yo no soy blanco, yo soy negro. Yo fui elegido. Jonás fue rechazado. Por eso tiene la marca blanca. La blanca es la de los que no sirven.
—La blanca es la marca de los que pueden liderar a los huecos —dijo Héctor—. El papá de Jonás lo dijo en el video. Si tú lo matas, te quedas sin espejo. Y sin espejo, te quedas sin rostro también.
Mateo sacó el celular y le mostró una foto a su papá. Era la del bus, de los tres sin rostro.
—Esto es lo que deja Jonás. 23 huecos caminando por Ibagué buscando caras. Por su culpa. Si yo no lo hubiera conocido, ya habría 50.
Héctor le puso la foto del niño Jonás en la mesa.
—Mira. Ese niño no vendió nada. Ese niño fue vendido. Igual que tú estás siendo usado ahora por esa consola. Tú crees que castigas a los malos, pero cada vez que condenas a alguien, la marca crece. No porque seas más justo, sino porque estás más cerca de convertirte en ellos.
Mateo tomó la foto, la miró dos segundos y la rompió.
—Yo no soy como él.
—Sí eres. Los dos son hijos de lo mismo. Él nació en un laboratorio, tú naciste aquí, pero los dos los escogieron para lo mismo. Y tú te estás dejando llevar por el orgullo. Y dime la verdad. ¿eres Nemesis?
Por primera vez Mateo dudó. Le tembló la mano.
—Si papa, si soy yo. ¿Me vas a meter preso?
Héctor lo abrazó. Mateo se quedó tieso, pero no lo empujó.
—No te voy a meter preso. Te voy a salvar. Aunque me odies.
Mateo se separó.
—No puedes salvarme. Yo ya vi el final. Yo sentado en el Trono y todo el mundo arrodillado. Eso va a pasar.
—Ese final te lo mostró la consola, no tú. Tú todavía puedes elegir otro.
Mateo negó con la cabeza. Estaba cegado, orgulloso. Sentía que cada condena había limpiado la ciudad.
—Si quieres salvarme, déjame terminar. Déjame llegar a 100. Déjame matar a todos los que tengo que matar. Después me juzgas si quieres.
Subió a su cuarto y cerró con seguro.
Héctor se quedó solo en la cocina. Sacó el celular pero no llamó a Zero. No podía. Zero no sabía que Mateo era Némesis. Si se lo decía, Zero lo iba a cazar. Y Héctor no iba a entregar a su hijo.
Arriba, Mateo prendió la consola. Ya no preguntaba si quería jugar.
Apareció un expediente nuevo. Era de una niña de 9 años, acusada de haber matado a su padrastro mientras dormía porque la abusaba.
¿CULPABLE? SÍ / NO.
Mateo se quedó mirando la pantalla, con el dedo sobre el SÍ, pero con la voz de su papá en la cabeza.
Y dudo pero eligio. No.
CONTINUARA...