Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 23
No alcanzaron a alejarse lo suficiente.
El que había olido el aire volvió a girarse. Esta vez no dudó. Soltó un sonido corto y gutural, más agudo que los anteriores, y empezó a avanzar hacia los arbustos donde estaban escondidos. Los otros de la familia levantaron la cabeza al mismo tiempo. En cuestión de segundos todo el claro se puso en movimiento. Figuras torcidas saliendo de entre las sombras, algunas arrastrando los pies, otras moviéndose con una rapidez inesperada.
—Corre —dijo Camila, ya levantándose y tirando de Tomi.
Él intentó ponerse en pie. Las piernas no le respondieron bien. La herida del costado se había abierto otra vez con el esfuerzo y la sangre le corría caliente por el costado. Camila lo agarró por la cintura y lo arrastró lo más rápido que pudo entre los árboles. Las ramas les pegaban en la cara y en los brazos. Detrás se oían pasos pesados, ramas rompiéndose y ese sonido arrastrado que ya conocían demasiado bien.
No llegaron lejos.
Uno de ellos les salió por el flanco izquierdo. Alto, con un brazo claramente más largo que el otro y una mandíbula que no cerraba del todo. En la mano llevaba un trozo de metal oxidado, afilado de forma tosca, como una hoja de coche o un trozo de herramienta vieja. Camila soltó a Tomi y se interpuso sin pensar. El metal bajó en un arco amplio. Ella se echó a un lado en el último instante. La hoja le rozó el hombro izquierdo y le abrió la ropa y la piel de un tajo limpio. El ardor fue inmediato y profundo. La sangre empezó a correrle por el brazo.
Tomi gritó.
No fue solo de miedo. Fue de rabia y de impotencia. Se lanzó desde el suelo y agarró la pierna de la criatura con las dos manos. El ser lo miró con esos ojos negros hundidos, sin ninguna expresión reconocible, y le dio un golpe seco con el otro brazo. Tomi salió despedido contra un tronco grueso. El sonido del impacto fue sordo y feo, como de algo hueco rompiéndose. Se quedó quieto unos segundos, después intentó incorporarse y volvió a caer de lado, tosiendo.
Camila no pensó.
Agarró la rama más gruesa que encontró en el suelo y golpeó con todas sus fuerzas la cabeza del que la había cortado. El golpe sonó a madera contra algo más blando y húmedo de lo que debería. El ser se tambaleó pero no cayó. Ella golpeó otra vez, más arriba. Y otra. Hasta que el cuerpo torcido se vino abajo de rodillas. La sangre que salió era oscura, casi negra, espesa, y olía peor que el resto del bosque. Le salpicó las manos y la cara.
No tuvo tiempo de recuperar el aire.
Otro vino por detrás. Más bajo, más rápido, con movimientos entrecortados. La agarró del pelo con una fuerza brutal y la tiró al suelo. La cara se le golpeó contra la tierra y las hojas. Sintió dedos fuertes, deformes, cerrándose alrededor de su cuello. El aire se cortó de golpe. Forcejeó. Las uñas se le clavaron en el brazo del otro intentando aflojar el agarre. Pateó hacia arriba. El agarre se aflojó solo un segundo, pero fue suficiente. Giró el cuerpo con violencia, sacó el cuchillo que llevaba guardado en el cinturón desde días atrás y lo clavó con todo el peso que le quedaba.
No miró dónde. Solo empujó.
El ser soltó un sonido agudo, casi un chillido, y se separó de ella dando tumbos. La sangre oscura le salpicó la cara, el cuello y los brazos. Camila se arrastró hacia atrás, tosiendo, buscando aire a tragos. El cuello le ardía. El hombro le latía con fuerza.
Tomi había logrado ponerse de rodillas otra vez. Tenía la cara llena de sangre, no se sabía cuánta era suya y cuánta del golpe contra el árbol. Miró a Camila y después hacia el claro. Más figuras se acercaban entre los troncos. Al menos tres. Quizá cuatro.
—No podemos —dijo él, con la voz rota y entrecortada—. Son demasiados. No vamos a salir los dos.
Camila se levantó como pudo. El hombro le ardía cada vez que movía el brazo. El cuello le dolía al tragar. Pero todavía tenía el cuchillo en la mano, resbaladizo de aquella sangre oscura y espesa.
Uno de los más grandes del grupo se detuvo a unos metros de ellos. Inclinó la cabeza de esa forma antinatural que ya habían visto. Parecía estudiarlos. Después soltó ese sonido largo y grave que ya conocían. La llamada. Desde más profundo del bosque, más cerca esta vez, respondió el otro sonido. El de la cosa antigua. Más bajo. Más viejo. Como si estuviera acercándose.
Tomi miró a Camila.
Había una decisión clara en su cara. La misma que ella ya había visto cuando le pidió que lo dejara atrás horas antes.
—Corre —dijo él—. Ahora. Yo los entretengo lo que pueda.
—No —contestó ella. La voz le salió ronca.
—Camila. Si nos quedamos los dos aquí, no sale ninguno. Tú todavía puedes moverte. Yo no. La herida… ya no me deja. Se me está yendo.
Ella negó con la cabeza. Las lágrimas se le mezclaron con la sangre y el sudor que le bajaba por la cara.
—No te voy a dejar. Ya dejé a demasiada gente.
Tomi sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, casi aliviada. Como si por fin hubiera encontrado una forma de servir para algo.
—Entonces al menos no mires atrás. Por favor.
Se levantó del todo, cojeando de forma evidente, y gritó. Un grito roto pero fuerte, lleno de miedo y de decisión. Agitó los brazos. Llamó la atención de los que se acercaban. Dos de ellos cambiaron de dirección de inmediato y fueron hacia él. El más grande también se giró.
Camila dudó solo un segundo.
Un segundo que le pesó como horas.
Después echó a correr.
Las ramas le pegaban otra vez en la cara y en el hombro herido. Cada movimiento le enviaba una oleada de dolor. Detrás escuchó gritos. Los de Tomi. Los de ellos. Un sonido húmedo y pesado. Después el grito de Tomi se cortó de forma brusca, como si alguien hubiera cerrado una puerta de golpe.
No miró atrás.
Corrió hasta que los pulmones le pidieron parar y aun así siguió. El bosque se cerraba delante de ella. El olor dulce y la sangre oscura se le habían pegado a la piel y al pelo. Y en la cabeza, el sonido del grito de Tomi cortándose se repetía una y otra vez, mezclado con el recuerdo de la voz de su madre en el hospital.
Había tomado una decisión.
Y las decisiones en Hollow Creek no se podían deshacer.
Solo se cargaban.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo