Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 12
Cap 12: ¿Rechazas a todos con lo del novio?
Dulce abrió la boca para contestar y no le salió nada limpio.
—Yo… mira, eso no… es complicado.
—Complicado es un sí o es un no.
—Es… —Iba a decir algo, pero él se movió apenas, y el aroma cítrico la envolvió de nuevo, y a Dulce se le desarmó la frase a media boca. Ese olor tenía un efecto en ella que la enfurecía justamente por lo mucho que le gustaba—. No te voy a contar mi vida en la banqueta.
—Entonces cuéntamela sentada. —Emiliano dio dos palmadas al asiento trasero de la bici—. Súbete. Te llevo a desayunar y me lo explicas.
—No me voy a subir a tu bici.
Se subió a la bici.
Ni ella supo bien cómo. Un segundo estaba jurando que no y al siguiente ya iba atrás, agarrada del borde del asiento, mientras Emiliano empujaba con un pie y arrancaban por el camino del campus a esa hora en que casi no había nadie. Iba mal sentada, de lado, tiesa, tratando de no tocarlo, hasta que él dio vuelta y ella, por puro instinto de no caerse, le pasó los dos brazos por la cintura y se pegó a su espalda.
—Así —dijo Emiliano, y a ella le pareció oírle la sonrisa en la nuca.
—Cállate y pedalea.
Cruzaron el campus. Y al pasar frente a la residencia, Dulce alcanzó a ver, en una ventana del tercer piso, una silueta pálida mirándolos bajar. Brenda. Quieta detrás del vidrio, con una cara que a esa distancia no se leía pero que dejaba un frío. Dulce apartó la vista.
Doblaron la esquina y ahí, plantada en media banqueta con una torta a medio comer y los ojos saliéndose de las órbitas, estaba Fer.
La torta se le cayó al suelo.
—NO —dijo Fer—. No, no, no, no. ¿Es neta? ¿Es real? ¿Dulce Serrano en la bici de la estrella de básquet abrazándolo de la cintura un domingo a las siete de la mañana? ¡Karla no me lo va a creer!
—¡Fer! —Dulce se bajó de un salto, roja hasta la raíz del pelo—. No es lo que… ¡ven, vente a desayunar con nosotros! —La agarró del brazo y la jaló, bajando la voz a un siseo de auxilio—. Ven de escudo. Por favor. No me dejes sola con él.
Fer entendió al instante y puso cara de mártir feliz.
—Por ti, hermana, lo que sea. Sufro contigo. —Y ya en voz alta, radiante—: ¡Vamos! ¿A dónde vamos?
Emiliano, lejos de molestarse por la chaperona, sacó el teléfono.
—Si vienen dos, venimos cuatro. —Marcó—. Toño. Sí. Levántate. Desayuno. Ahorita. Trae hambre y trae modales… no, olvida los modales, no los tienes. Nada más ven.
Fer, que oyó "Toño", entrecerró los ojos con una idea nueva brillándole adentro.
—¿Toño? —preguntó, con demasiada inocencia—. ¿El compañero de equipo?
—Ese —dijo Emiliano.
—Ah. —Fer se acomodó el pelo—. Bueno. Por acompañarte, Dul. Puro sacrificio.
*
El restaurante era uno de menús pegados en la pared y sillas de plástico, de esos que abren temprano. Pidieron chilaquiles y café, y durante los primeros diez minutos Fer llevó sola toda la conversación, que era su especialidad, mientras Dulce se escondía detrás de su vaso.
Emiliano esperó a que Fer se fuera al baño para inclinarse sobre la mesa.
—Bueno. Ya sin público. —La miró—. Lo del novio.
—Emiliano.
—Nada más quiero saber si existe. —Removió el café que no se estaba tomando—. Porque anoche una muchacha con las uñas rojas me dijo que sí, tú por teléfono dijiste que Brenda inventó, y hace rato en la banqueta dijiste "es complicado". Y yo con eso no puedo jugar. Necesito saber contra qué juego.
Dulce lo pensó. Podía decirle la verdad —que no tenía novio, que el que decía serlo era un enfermo que la perseguía, que la palabra "novio" en su vida no significaba amor sino terror. Podía. Pero para decir todo eso tenía que confiar en él, y confiar en él era exactamente lo que se había prohibido, porque confiar en un hombre así era el primer paso para acabar como todas las del cartel.
Así que hizo lo cobarde. Se escondió atrás del escudo.
—Tú dale que sí —dijo, sin mirarlo, jugando con un chilaquil—. Que sí tengo novio. Así te ahorras problemas y me ahorras problemas.
Emiliano dejó la cuchara.
—Entonces le doy que no —dijo.
—¿Cómo que no? Yo te estoy diciendo que…
—Me estás diciendo "dale que sí", que no es lo mismo que "sí". —La miró, y había una terquedad tranquila en sus ojos—. Si tuvieras novio de verdad me dirías "tengo novio, lárgate". No me dirías "dale que sí". Así que le doy que no. Y sigo.
—Además —siguió Emiliano, removiendo el café—, un novio de verdad no te deja cruzar el campus sola de noche, ni te presta a otro para que te devuelva la chamarra, ni te deja con el teléfono lleno de llamadas que te ponen blanca. —La miró—. Yo no sé quién sea el que te llama, Dulce. Pero de novio no tiene nada. De novio tienes cero.
Dulce sintió que se le cerraba la garganta. Porque era verdad, cada palabra, y porque él lo había armado solito, con puros pedazos sueltos, sin que ella le contara nada.
—No sabes de lo que hablas —dijo, muy bajo.
—No. —Emiliano dejó la cuchara—. Pero me gustaría. Cuando quieras. Sin apuros.
Y en eso —bendito sea— pasó el desastre.
Fer venía saliendo del baño justo cuando por la puerta del restaurante entraba, medio dormido y sin fijarse, uno noventa de puro descuido. Chocaron de frente. Fer salió disparada hacia atrás, Toño la alcanzó a agarrar de un brazo por puro reflejo de basquetbolista, y quedaron los dos ahí, trabados, ella colgando de su mano y él sosteniéndola sin saber cómo.
—¡Fíjate por dónde caminas, animal! —chilló Fer.
—¡Tú te me atravesaste, fiera! —chilló Toño.
Se soltaron como si quemaran.
—Ah, ya se conocieron. —Emiliano, sin levantarse—. Toño, ella es Fer. Fer, Toño. Y ella —señaló a Dulce— es Dulce.
Toño, que traía cara de recién levantado, se despabiló de golpe al ver a Dulce. Una sonrisa lenta, enorme, se le fue dibujando en la cara.
—¿Esta es? —le dijo a Emiliano—. ¿La famosa? —Y luego, a Dulce, con una reverencia burlona y las manos juntas—: Muchísimo gusto, cuñada. Es un honor. En serio. Le he oído hablar tanto de usted que ya la sentía de la familia.
—¿Cu…? —Dulce palideció y luego se le vino todo de golpe—. No, yo no soy… no somos… no hay ninguna cuña…
—Cuñada —repitió Toño, feliz, sentándose—. Bienvenida.
Dulce se cubrió la cara con ambas palmas.
Y Fer, que se había quedado mirando a Toño con los brazos cruzados y una idea maquinándose detrás de los ojos, dio un paso al frente, plantó las manos en la mesa, y le clavó la mirada al recién llegado con una sonrisa de gata satisfecha.
—Antes de que te sientes tan tranquilo, tú —le dijo a Toño—. Me tumbaste. Enfrente de todos. Así que ni chilaquiles ni cuñadas ni nada. Tú, primero, me pides una disculpa. Como Dios manda.