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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

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Capítulo 14

Crucé el pasillo.

Me tardé como quince minutos en decidirme, me cambié la blusa arrugada por otra, me acomodé el pelo frente al espejo —"por dignidad, no por él", me dije, aunque a nadie engañaba— y toqué su puerta con dos nudillazos tímidos.

Dante abrió con un mandil de cuadros que le quedaba corto y una cuchara de madera en la mano. Olía a caldo, a cebolla dorándose, a hogar. Detrás de él, sobre la barra de la cocina, una bola de pelos tricolor del tamaño de un puño maullaba con toda la fuerza de sus pulmones diminutos.

—Llegó Nube —anunció Dante, como si presentara a la dueña de la casa—. Lleva media hora exigiendo su cena. Pasa.

Nube se me trepó por la pierna en cuanto me senté. Me la subí al regazo, ese cuerpecito tibio que cabía en una sola mano, y sentí que algo se me destensaba en el pecho por primera vez en toda la noche.

Dante puso frente a mí un tazón de fideos con caldo, huevo y un poco de cilantro picado. Comí. No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que probé el primer bocado.

—No la puedes dejar con las manos vacías —dijo él de pronto—. Ten. Dale de comer a la gata mientras comes tú.

Me pasó una jeringa sin aguja con leche tibia. Y mientras yo alimentaba a Nube gota a gota, Dante me miraba. No a la gata. A mí. A mi mano, más bien, a la mano que sostenía la jeringa. Con una fijeza que me hizo sentir el calor subiéndome por el cuello.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada —dijo, y desvió la vista demasiado rápido—. Que se ve contenta.

"Mentiroso", pensé, pero no dije nada.

—Bea. —Dejó la cuchara—. Ya sé que tienes esposo. Bueno, casi ex. Y un hijo casi de mi edad. No me importa nada de eso. Tu hijo es mi hijo, si me dejas. Cuando te divorcies, te voy a tratar mejor de lo que nadie te ha tratado en tu vida.

Bajé la vista al plato.

—Dante, tengo cuarenta años.

—Y yo tengo dos manos y ganas de usarlas contigo el resto de mi vida. ¿Qué tiene que ver la edad?

No le contesté. Pero tampoco me levanté de la mesa. Y él, que era listo, entendió que ese silencio valía más que un sí.

—————

A la mañana siguiente desayunamos en la cocina fría, con Nube dormida en una caja forrada de toalla. Dante andaba raro. Sonreía solo, tecleaba en el celular a escondidas, guardaba un secreto que le brincaba por toda la cara.

—Tengo una sorpresa —soltó al fin—. Hoy, a la salida de la universidad. No preguntes.

—Odio las sorpresas.

—Esta te va a gustar.

Me pasé toda la mañana dando clase distraída, y a mediodía me llegó un mensaje suyo que solo decía: "A las cuatro paso por ti. Ponte cómoda." Más el misterio.

Cuando salí, ahí estaba el Maybach negro estacionado en doble fila, y Dante recargado en la puerta con las llaves girándole entre los dedos.

Manejó pocas cuadras, hasta una tienda de mascotas del rumbo que yo había visto mil veces sin entrar. Una tiendita modesta, con la cortina medio despintada y una jaula de conejos en el aparador. Adentro nos recibió una señora de unos sesenta años, canosa, con delantal.

—Ella es doña Estela —dijo Dante—. Es la dueña.

—Ay, qué guapo tu hijo, señora —me dijo doña Estela, palmeándome el brazo—. Y qué buen muchacho, mire que venir a comprarle el negocio a su mamá para...

—No es mi hijo —la corté, sintiendo que me ardía la cara.

—Ella es mi futura novia —dijo Dante, tan tranquilo.

El silencio que siguió se pudo cortar con cuchillo. Doña Estela nos miró a uno y a otro, calculando la diferencia de edad, y yo salí al paso con una risita nerviosa.

—Es una broma. Es bromista el muchacho.

Resultó que doña Estela se regresaba a su pueblo a cuidar a sus papás, ya grandes, y traspasaba la tienda. Pedía medio millón de pesos por el local, la mercancía y el nombre. Quinientos mil pesos.

—Nos la quedamos —dijo Dante.

—¿Cómo que "nos"? —pregunté, alarmada.

—La quiero para ti, Bea. Siempre dijiste que de joven soñabas con tener una tienda de animales. —Se encogió de hombros como si acabara de ofrecerme un café—. Pues ya.

Me quedé muda. Le había contado eso una sola vez, medio en broma, una noche cualquiera, entre plato y plato de fideos. "De joven quería poner una tienda de animales, ¿sabes? Perritos, gatos, peces. Pero luego me casé, tuve a Sebastián, y ya." Lo había dicho sin darle importancia, como quien menciona un sueño que ya se dio por muerto.

Y él lo había guardado. En veinte años de matrimonio, Rodrigo jamás recordó lo que yo desayunaba. Este muchacho, en unas semanas, se acordaba de un sueño que hasta yo había olvidado.

Se me nublaron los ojos y tuve que fingir que me picaba algo, porque no pensaba llorar en una tienda de mascotas frente a doña Estela.

Firmamos el contrato de traspaso esa misma tarde. Y cuando la empleada del notario me preguntó a nombre de quién quedaba, Dante contestó antes que yo:

—A nombre de ella. Beatriz Guadalupe Nava Ríos.

Firmé con mi propio nombre, con la mano temblándome un poco. La rebautizamos ahí mismo, entre los dos, con una risa medio tonta: Patitas Felices.

—Dante. —Ya en el coche, no aguanté más—. ¿De dónde sacaste medio millón de pesos? Eres mecánico.

Él jugó con las llaves un segundo. Apenas un parpadeo.

—Me saqué la lotería —dijo—. Hace unos meses. Seiscientos y tantos mil pesos. Ya no sabía en qué gastarlos.

"La lotería." Lo miré de reojo. Había algo que no cuadraba, algo que se me escapaba como agua entre los dedos. Un mecánico con un Maybach y un premio de lotería que caía justo a tiempo. Pero estaba tan cansada, tan conmovida, que decidí creerle. A veces una escoge creer.

—————

Dos días después le pedí que me llevara a Los Tulipanes, a casa de Rodrigo, a firmar por fin los papeles del divorcio.

Rodrigo salió con una venda cruzándole media cara y los ojos morados. Traía el acta de matrimonio y las identificaciones en la mano, y una cara de perro apaleado que no le quitaba lo soberbio.

—Miren nada más —dijo, apenas nos vio bajar—. La señora llegó con su gigoló. ¿En qué te trajo, en el camión? ¿O en su carcachita?

Doña Herminia, detrás de él, aprovechó para lanzarme lo suyo:

—Sinvergüenza. Con lo que te dio esta familia.

No les contesté. No valía la pena. Dante me abrió la puerta del coche para que me bajara, con esa cortesía que a Rodrigo le hervía la sangre, y se quedó parado junto al Maybach negro esperándome.

Y entonces vi cómo la burla se le congeló a Rodrigo en la boca.

Se quedó mirando el coche. La parrilla. El emblema. La línea larga y baja de la carrocería negra. Se le fue el color de la cara, poco a poco, como cuando se vacía un vaso.

Porque Rodrigo era investigador, sí, pero no era tonto. Y aunque en su vida se hubiera podido subir a uno, reconocía un Maybach cuando lo tenía enfrente. Sabía perfectamente lo que costaba.

Millones. Muchos millones. Más de lo que él juntaría investigando el resto de su vida.

Vi cómo tragaba saliva. Cómo su mirada iba del coche a Dante, de Dante a mí, haciendo cuentas que no le cerraban. "Un mecánico no maneja eso", le decía la cara. "Un gigoló tampoco."

—Yo... —empezó, y no encontró qué decir.

Por primera vez en veinte años, Rodrigo Beltrán se quedó sin palabras delante de mí.

Y yo, que tantas veces me tragué las mías en esa casa, disfruté cada segundo de su silencio. La duda ya lo había mordido, ahí, parado en la puerta con la venda en la nariz, y no lo iba a soltar: ¿quién diablos era en verdad ese muchacho al que acababa de llamar gigoló?

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