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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 17

Capítulo 17: Cena a la luz de las velas

La pregunta de Ximena quedó flotando sobre los platos de la comida como un hilo tenso.

—¿Y sigues siendo virgen? —repitió, con esa cara de gato que husmea. Se metió un bocado de arroz y masticó despacio, disfrutando de antemano la respuesta.

Lucas dejó el tenedor. Se pasó la lengua por el labio, sonrió con una mansedumbre calculada y bajó los ojos.

—Ya no —dijo—. Hubo una... esa clase de novia.

Jenny sintió que el estómago se le cerraba de golpe. Fijó la vista en su vaso y rezó para que ahí terminara todo.

—¡No manches! —Ximena se inclinó sobre la mesa—. ¿Y por qué ya no están? Cuéntame, cuéntame.

—Ella se pasó de copas una noche. —Lucas hablaba lento, midiendo cada palabra, y cada palabra caía justo donde no debía—. Si lo pensamos bien, el aprovechado debería ser yo, ¿no? Una mujer así de bonita, medio borracha... —Sonrió, y clavó los ojos en Jenny apenas un segundo—. Pero yo la quería en serio. Lo que pasa es que ella tiene sus razones. No puede tener novio.

—¿Cómo que no puede? —Ximena frunció el ceño—. ¿Está casada o qué?

—Algo así.

—¡Cállate! —El grito le salió a Jenny antes de pensarlo. Se levantó a medias, con las mejillas ardiendo, y al tirar del cuerpo hacia atrás se jaló sin querer la bufanda. La tela resbaló y dejó al aire un tramo del cuello.

Ximena abrió los ojos.

—Jenny... —Bajó la voz, se acercó con complicidad de amiga—. Oye, tienes una marca ahí. Una mordida, o un beso. Súbete la bufanda, no vaya a verte alguien.

Jenny se cubrió el cuello de un manotazo. El corazón le retumbaba en los oídos. Ximena, por fortuna, no ató ningún cabo: para ella era una marca de Sebastián, cosa de recién casados, nada más.

—Ay, tú, tan formal que te ves y mira nomás —dijo, muerta de risa, y le guiñó un ojo—. Súbete eso, no vaya a llegar Nadia.

Jenny se acomodó la bufanda con manos torpes. Lucas la miraba desde el otro lado de la mesa, sin sonreír ya. En sus ojos había un brillo quieto y oscuro, de dueño que reconoce lo suyo. Le sostuvo la mirada un instante, como diciéndole "un día lo van a saber todos", y después volvió a su comida como si nada.

Jenny recogió sus cosas y se fue del estudio antes de que aquel hilo terminara de romperse. En el elevador se apoyó contra la pared y respiró hondo. Había estado a un pelo. Un día de estos, se dijo, Lucas no iba a necesitar confesar nada: iba a bastar con esa boca suya de niño bueno, soltando medias verdades hasta que cualquiera armara el rompecabezas.

Cuando cruzó la puerta de la mansión, se detuvo en seco.

El comedor estaba a media luz. Sobre la mesa larga ardían unas velas altas, y su lumbre se mecía en las copas de cristal. Había flores. Había música baja. Y de pie junto a la silla, esperándola, estaba Sebastián: se había quitado el saco y la corbata, y en el cuello llevaba un moño de seda negro, flojo, como si él mismo lo hubiera anudado sin práctica. Nunca lo había visto así. Frío como el mármol, y de pronto montando una cena a la luz de las velas.

—Llegaste —dijo él.

—Ajá. —Jenny se llevó la mano al cuello por instinto—. Voy a... subir a cambiarme.

No era el vestido. Era la marca. Subió, se puso un suéter de cuello alto y bajó otra vez, envuelta hasta la barbilla.

Sebastián le corrió la silla. Frunció apenas el ceño.

—¿Tienes frío? ¿Prendo el clima?

—No, así estoy bien.

Él sirvió el vino. Se sentó frente a ella, y la luz de las velas le suavizaba los ángulos duros de la cara.

—Antes de cenar quiero explicarte lo de la otra noche —dijo—. Lo que quedó a medias. ¿Podemos cenar sin pelear, aunque sea hoy?

Jenny asintió apenas.

Sebastián hablaba con esa voz grave y medida de sala de juntas, pero esa noche había en ella algo distinto, un esfuerzo visible.

—Lo de Osorio, lo de invertir en la empresa de su esposa, el viaje: todo fue por el Grupo. Nada más. La transición de la energía nos tenía contra la pared y había que mover fichas. —Hizo una pausa—. Bárbara es una subordinada. Nunca hubo nada entre nosotros, ni lo va a haber. Yo quise casarme contigo, Jenny. No me voy a interesar en ninguna otra mujer.

Cada palabra le caía a Jenny como hierro candente en el pecho. Él le juraba fidelidad con esa seriedad de hombre que no sabe mentir, y ella tenía la marca de otro escondida bajo la lana del cuello. La ironía era tan cruel que casi le dolía físicamente.

—No me di cuenta de que debía contentarte de inmediato —siguió Sebastián, y bajó un poco la mirada, como quien confiesa una torpeza—. Solo pensé en resolver el trabajo. Voy a cambiar eso.

Metió la mano en el bolsillo y puso sobre la mesa un estuche. Lo abrió. Dentro, sobre el terciopelo, descansaba un collar de diamante rosa que la lumbre encendía en destellos tibios.

—Lo rematé en subasta —dijo—. Es para ti. Perdóname.

Jenny miró la joya y no sintió ternura. Sintió culpa, una culpa espesa que le subía por la garganta. Meses atrás habría dado cualquier cosa por esa mirada, por esa disculpa, por ese hombre pidiéndole perdón a la luz de las velas. Ahora llegaba tarde, y llegaba envenenada por lo que ella misma había hecho.

—Está bien —murmuró—. Está bien, Sebastián.

Él le tomó la mano por encima del mantel. La tenía tibia, seca, firme.

—No te lo digo por decir —añadió, en voz más baja—. Voy a estar más. Voy a estar de otra forma.

Y ella pensó, con una punzada, que ojalá lo hubiera dicho antes de que fuera imposible creerle sin llorar.

Cenaron. En algún silencio, él preguntó, sin levantar la vista del plato:

—Los días que no volviste, ¿dónde te quedaste?

—En un hotel —dijo Jenny, y la mentira le salió lisa—. Usé tu tarjeta adicional. ¿No la viste en los cargos?

"Usé la tarjeta de mi esposo para irme a acostar con el chavito", pensó, y tuvo que beber vino para tragarse el asco de sí misma.

—Ah. —Sebastián no ahondó.

Para cambiar de tema, Jenny preguntó lo primero que se le ocurrió:

—Oye, ¿y por qué no apareció Fernanda en el hospital? Con lo que le gusta figurar.

Sebastián dejó la copa. Su cara se endureció.

—Gonzalo se metió al juego. Le debe tres millones a un jefe en Las Vegas. El negocio de los Ochoa va de mal en peor, así que Fernanda anda desesperada juntando el dinero. Me presionó a mí primero: me marcó mil veces mientras yo iba en el avión y no le contesté. Entonces fue con mi papá. —Su voz se apagó un tono—. Esa presión fue lo que le disparó el infarto.

Jenny se quedó helada. Así que ese había sido el detonante.

—¿Y le vas a pagar la deuda?

—No. —Fue tajante—. Es una deuda de juego de Gonzalo. Que la parejita se aguante junta las consecuencias. —Entonces la miró a los ojos, y por primera vez le cedió algo—. Fernanda me pidió el dinero. Le dije que el monto es tan alto que necesito tu aprobación. No volvió a pedir. La decisión es tuya, Jenny.

Ella no supo qué contestar. Le estaba entregando un poder que nunca le había dado, justo la noche en que menos lo merecía.

Terminaron. Jenny subió con el estuche del diamante rosa quemándole la mano.

Se dio un baño largo. Cuando salió, la recámara estaba en penumbra. Sebastián la esperaba recostado contra la cabecera, y llevaba puesta la pijama de tul negro que ella, meses atrás, entre risas, había llamado "sexy".

Él le tendió la mano en la oscuridad.

—Ven —dijo, con la voz baja—. Ven aquí.

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yeshua
Hola, es primera vez que leo algo así de bueno, seguiré leyendo cuando pueda/Smile//Smile//Applaud//Applaud/
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