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SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.

Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.

Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.

Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.

Hasta que Dante Varela aparece.

Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.

Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.

Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El despertar y la huida que creí posible

La luz del sol me golpeó los párpados con una crudeza que me hizo fruncir el ceño antes de siquiera abrir los ojos. Lo primero que noté fue el silencio: no el ruido de coches ni el murmullo de la gente que suele haber en la calle, sino un silencio espeso, pesado, como si estuviera dentro de una habitación insonorizada. Luego, el olor: madera oscura, café amargo y esa fragancia masculina, intensa, la misma que había sentido anoche pegada a mi piel.

Mis ojos se abrieron de golpe.

No estaba en mi habitación. No estaba en mi cama.

Me incorporé de un salto, el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que dolía. Las sábanas eran de seda negra, frías y suaves al tacto, y la cama… era enorme, inmensa, de esas camas que parecen ocupar la mitad de la habitación. Las paredes eran de un gris oscuro, casi negro, con detalles en madera de ébano, y la única luz entraba por unas cortinas gruesas que apenas dejaban pasar los rayos del sol. En el suelo, mi ropa de la noche anterior estaba tirada, desordenada, como si alguien la hubiera arrancado de mí con prisa.

Y entonces lo vi.

Estaba de pie, junto a la ventana, de espaldas a mí, mirando hacia afuera. Llevaba pantalones de traje negros y la camisa blanca desabotonada en el cuello, y la luz del sol que se filtraba entre las cortinas dibujaba su silueta, alta, ancha, imponente. No se había girado, pero supe en el instante que me moví que sabía que estaba despierta.

—Buenos días —dijo, su voz tranquila, sin sorpresa, como si fuera lo más normal del mundo encontrarnos juntos en una cama de lujo a la mañana siguiente.

El recuerdo cayó sobre mí como un balde de agua helada.

La fiesta. El pasillo. El tropiezo. Lo llamé guapo. Me arrodillé. Lo besé. Y luego… todo lo demás.

Me tapé la cara con las manos, horrorizada, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas hasta las orejas. ¿Qué hice? ¿Qué demonios hice anoche? No… no puede ser verdad. Tengo que estar soñando. Pero la suavidad de las sábanas, el olor de su colonia, el dolor sordo en mi cuerpo… todo era demasiado real.

—No… —susurré, sacudiendo la cabeza—. Esto no… no debería haber pasado.

Me bajé de la cama de un salto, ignorando el temblor de mis piernas, y empecé a recoger mi ropa del suelo con manos torpes y temblorosas. Tenía que irme. Ahora. Antes de que esto se volviera más complicado de lo que ya estaba. Tenía ensayo a mediodía, tenía que avisar a las chicas, tenía que… tenía que desaparecer de ahí antes de que él cambiara de opinión.

Me vestí a toda velocidad, sin mirarlo, sin atreverme a levantar la vista. Mi corazón latía tan rápido que temía que se me saliera del pecho. Cuando terminé, me quedé de pie, con el bolso apretado contra el pecho, buscando las palabras, cualquier cosa que pudiera decir para suavizar lo que había pasado.

—Yo… —empecé, la voz apenas un hilo—. Señor… de verdad, lo siento muchísimo. No suelo hacer esto, anoche… bebí de más y no estaba en mis cabales, y… y no quiero que piense que soy así. Tengo que irme, tengo muchas cosas que hacer, no puedo quedarme, de verdad…

Hablé rápido, atropelladamente, esperando que me detuviera. Esperando que me dijera que no podía irme, que tenía que hablar con él, que debíamos resolver esto. Pero no hubo respuesta.

Me armé de valor y levanté la vista hacia él. Se había girado parcialmente, apoyado contra el marco de la ventana, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo una taza de café. Y me miró. No con enfado. No con asco. Me miró con una calma aterradora, una sonrisa leve, casi imperceptible, jugando en la comisura de sus labios.

—¿Te vas? —preguntó, y su tono era tan relajado que me desconcertó por completo.

—Sí —respondí, con más firmeza de la que sentía—. Tengo que irme. Lo siento de verdad.

Él asintió despacio, dando un sorbo a su café, sin dejar de mirarme ni un segundo.

—Vete entonces —dijo, señalando la puerta con un gesto de la mano—. Nadie te detiene.

Me quedé paralizada un instante, esperando la trampa. Esperando que cambiara de opinión, que me dijera que no podía irme así como así, que necesitaba saber su nombre, que quería volver a verme. Pero no dijo nada más. Solo se quedó ahí, recargado en la ventana, observándome como si yo fuera algo interesante que acababa de pasar por su vida y que no tenía ninguna intención de retener.

—¿En serio? —pregunté, sin poder evitarlo.

Él arqueó una ceja, esa sonrisa leve aún ahí, divertida, como si le hiciera gracia mi pregunta.

—¿Quieres que te detenga?

—¡No! —respondí de inmediato, dando un paso hacia la puerta—. ¡No, para nada! Gracias… gracias.

Salí de la habitación casi corriendo, el corazón todavía a mil por hora, sin mirar atrás. Recorrí un pasillo largo y lujoso hasta llegar a la entrada, y cuando por fin pisé la calle, el aire fresco de la mañana me golpeó la cara y sentí unas ganas incontrolables de llorar de alivio.

¡Me fui! ¡Me dejaron ir! No pasó nada. Fue un error, sí, fue una locura, pero ya terminó. Nadie se enteró, nadie me obligó a nada, y ahora puedo seguir con mi vida como si anoche nunca hubiera pasado.

Caminé rápido, sin rumbo fijo hasta que encontré una parada de taxi, y mientras subía al vehículo, me dije a mí misma que borraría esa noche de mi memoria. Que seguiría adelante, que Lumina Hearts seguiría creciendo, que nada ni nadie podría detenernos.

No tenía ni idea de que él me había dejado ir no porque no me quisiera… sino porque sabía exactamente dónde encontrarme cuando decidiera que era el momento de reclamarme.

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