Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 24
La ambición de Soraides no tenía límites. La humillación pública de los empresarios y la ruina de sus alianzas eran solo un aperitivo para una sed que jamás se saciaba. La entidad necesitaba una dosis más pura de desesperación, un dolor absoluto que quebrara por completo la luz de un alma. Por eso, en medio de la noche, su presencia se desplazó lejos del lujo de la ciudad, buscando el rincón oscuro donde yacía Mateo.
El muchacho vivía sumergido en una penumbra sofocante desde aquel encuentro en el hotel boutique. La imagen de Lucía radiante, inaccesible y abrazada a Julián se repetía en su mente en un bucle cruento e incesante. Recostado en la penumbra de su pequeña habitación, con la mirada fija en el techo y el pecho comprimido por una angustia insoportable, Mateo apenas respiraba.
Fue entonces cuando Soraides se deslizó en su cuarto. No se mostró en forma física; se convirtió en una brisa helada que le erizó la piel y en un murmullo constante que se filtró directamente en su cerebro.
—Ella se burla de ti... —susurraba la voz terciopelada, resonando en lo más profundo de su mente—. Eras nada para ella. Te reemplazó sin pestañear. Nunca fuiste suficiente... y nunca lo serás.
—Déjame... por favor, déjame en paz —gemía Mateo en la oscuridad, presionando los puños contra sus oídos.
Pero las voces no se detenían. Soraides proyectaba en su mente visiones nítidas: el rostro de Lucía sonriendo con desprecio, el roce de sus manos con otros hombres y la frase retumbando como un eco eterno: "Eres simplemente el muchacho que lleva mis valijas". La tortura psicológica se volvió tan intensa, el peso de la culpa y el egocentrismo roto tan insoportable, que el juicio de Mateo terminó por colapsar. La única forma de apagar aquel martirio era el silencio definitivo.
Horas más tarde, la trágica noticia sacudía los pasillos del hospital central. Mateo había intentado quitarse la vida en un acto de pura desesperación. No había muerto, pero su estado era sumamente grave; los médicos luchaban por mantenerlo con vida en la unidad de terapia intensiva.
Al mañana siguiente, Lucía ingresó a la oficina de la empresa con su andar pausado y distinguido. El ambiente en el lugar era tenso, cargado de murmullos apagados. Apenas pisó el área de recepción, Karina se levantó de su escritorio y caminó hacia ella. Su rostro reflejaba una mezcla de dolor, sorpresa y una profunda indignación.
—¿Te enteraste de lo que pasó? —preguntó Karina con la voz entrecortada, cortándole el paso.
Lucía la miró con la misma frialdad ensayada que había adoptado en las últimas semanas.
—¿De qué hablas, Karina?
—De Mateo —respondió Karina, mirándola fijamente a los ojos—. Anoche intentó suicidarse. Está grave en el hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Lucía se quedó inmóvil por un segundo. Un estremecimiento sutil, casi imperceptible, recorrió su espalda.
—¿Mateo? —murmuró, sintiendo que la palabra pesaba en su garganta.
—Sí, Mateo —insistió Karina, dando un paso hacia ella y bajando el tono de voz, pero llenándolo de firmeza—. No sé qué clase de juego estás jugando, Lucía, ni qué es esa energía tan oscura que llevas contigo desde hace tiempo, pero esto ya fue demasiado lejos. Primero arruinas la vida de esos empresarios, me echas a mí como si no fuera nada y ahora esto... Tienes que reaccionar. Hay algo terrible a tu alrededor que está destruyendo todo lo que toca.
Lucía no respondió. Pasó por al lado de Karina en silencio y caminó mecánicamente hacia su oficina. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó de espaldas contra la madera, sintiendo una punzada punzante y desconocida en el centro del pecho. Por primera vez en mucho tiempo, la coraza helada que la cubría mostró una grieta.
Recordó las palabras de Soraides la primera noche: "Yo me alimento de sus obsesiones, de su sufrimiento y de su desesperación".
Lucía miró sus propias manos, que temblaban ligeramente, y luego fijó la vista en el rincón más oscuro del privado. Algo en su interior, una pequeña chispa de su antigua humanidad, acababa de despertar. Comenzó a comprender, con un temor reverente, que no estaba manejando ningún poder; la presencia de Soraides era una fuerza fuera de control que no se detendría hasta devorarlo todo a su paso.