Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Capítulo 1: El precio de una mentira
Hay dolores que una recuerda con el cuerpo antes que con la cabeza.
El mío empieza siempre igual: el frío del piso de piedra contra las rodillas, el olor a pasto mojado del jardín de la villa de Río Claro, y la voz de Maximiliano Bracamonte diciéndome que me arrodille como si yo fuera algo que se limpia con un trapo.
—Otra vez —dijo—. Dilo otra vez. Que la empujaste.
—No la empujé. —Levanté la cara. Tenía el pelo pegado a las mejillas, no sé si de sudor o de llanto—. Bianca resbaló sola, Max. Traía tacones, el piso estaba encerado, yo estaba del otro lado de la sala. Te lo juro por mi abuelo.
—No jures por los muertos. —Se acuclilló frente a mí. De cerca, sus ojos no tenían rabia. Tenían algo peor: esa calma de hombre que ya decidió—. Bianca perdió a mi hijo esta mañana. En el quirófano. Y tú me vas a ver a la cara y me vas a decir que fue el piso.
Yo no sabía, en ese momento, que no había ningún hijo. Que nunca lo hubo. Que esa mujer no podía tener hijos ni aunque quisiera, y que llevaba años montando la mentira más grande que yo vería en mi vida. Lo supe después, cuando ya no me servía de nada.
Esa tarde solo sabía que el hombre con el que iba a casarme me estaba mirando como se mira a una asesina.
—Max —dije, y odié lo suave que me salió la voz—. Llévame con ella. Deja que le pregunte. Bianca sabe que yo no la toqué. Ella misma va a…
—Levántate.
Me tomó del brazo y me arrastró adentro, a la sala de billar. Recuerdo la mesa larga, el fieltro verde, las bolas quietas bajo la lámpara. Recuerdo que pensé, con esa parte estúpida de la mente que sigue funcionando aunque todo se caiga: aquí jugábamos, aquí me enseñaste a tirar, me abrazabas por detrás para corregirme el brazo.
Me puso la mano derecha sobre la tronera de la esquina. El borde de piedra, frío.
—Max. —Se me cerró la garganta—. Max, ¿qué haces?
—Cobrarme. —Y apretó.
No voy a describir el ruido. Hay cosas que una no repite ni para sí misma. Solo diré que grité, que el grito rebotó en las paredes de esa casa enorme y que nadie vino, porque en esa casa nadie venía nunca por mí. Cuando me soltó, la mano me colgaba de una manera que no era la mía. Los dedos no me obedecían. El dolor subía por el brazo como agua hirviendo.
Él se enderezó. Se acomodó el puño de la camisa, tranquilo, como quien termina de firmar un papel.
—Eso es lo que me debes por mi hijo —dijo. Y entonces se rió. Fue una risa corta, rota, más fea que cualquier golpe—. Aunque no alcanza. No hay mano que alcance.
Sacó el teléfono. No dejó de mirarme mientras hablaba.
—Llamen a los abogados. Y a la policía. —Una pausa—. Sí, a ella. Que la procesen por lo de Bianca. —Otra pausa, y aquí la voz se le puso de hielo puro—. Y avisen a los Linares que el que pague su fianza se las ve conmigo. Que nadie la saque. Que se pudra adentro.
Los Linares. Mi propia familia. Ni siquiera lo intentaron.
Lo último que oí antes de que el dolor y el horror me apagaran fue esa orden, dicha con la misma voz con la que él pedía un café. Que se pudra adentro. Me fui al piso. La mejilla contra la madera, la mano rota escondida contra el pecho, y arriba de mí, el hombre al que amé mirándome caer sin mover un dedo.
Tres años.
Eso es lo que cuesta una mentira: tres años de tu vida, contados de reja en reja.
—————
Salí del Penal Femenil de Guadalajara un martes de diciembre, a las seis y media de la tarde, bajo un aguacero que parecía tenerme rencor.
No traía paraguas. No traía casi nada: una bolsa de plástico con lo que me devolvieron —un suéter que ya no me quedaba, una cadena sin valor, la copia amarillenta de una sentencia que decía que yo era culpable de algo que no hice—. La reja se cerró detrás de mí con ese chirrido que aprendí a odiar y que, esa tarde, por primera vez, sonaba del lado correcto.
Me quedé un segundo bajo la lluvia, dejando que me empapara. Después de tres años sin sentir el agua caer del cielo, hasta el frío se agradece.
—Órale, Linares, no te me quedes ahí como poste. —La celadora, la Torres, se asomó desde la caseta con su cara de siempre, la que no era mala pero tampoco era buena—. Ya, jálale. Y no vuelvas, ¿eh? Las bonitas como tú no aguantan una segunda.
—No voy a volver —dije.
Se rió, porque todas dicen lo mismo. Pero yo no lo dije como lo dicen todas. Lo dije como se dice una fecha de pago.
Adentro había una muchacha, la Yuli, que el primer mes me encontró llorando en el patio y me dijo una cosa que no se me olvidó: aquí la que llora, pierde; la que apunta, cobra. Al principio la odié por eso. Al año le di la razón. Al tercero ya no lloraba: apuntaba.
Adentro había aprendido a no esperar nada de nadie. Es lo único que la cárcel te enseña que sirve para afuera: a no esperar. Así que no busqué con la mirada un coche, ni una cara conocida, ni una madre con los brazos abiertos. Sabía que no iba a haber nada de eso. Mi papá no me quería desde antes de todo esto; a mi tío Raúl yo le estorbaba viva; y Maximiliano Bracamonte había dado la orden de que nadie viniera por mí.
Nadie vino a dejarme. Nadie iba a venir a recogerme.
Me acomodé la bolsa contra el cuerpo, protegiendo por costumbre la mano derecha. Los médicos de la prisión la habían recompuesto como habían podido, que fue mal. En los días de frío se ponía torpe, se me dormía; los dedos nunca volvieron a cerrarse del todo. Un recordatorio. Por si algún día se me olvidaba lo que un hombre puede hacerte cuando cree que te tiene comprada.
No se me va a olvidar, pensé. De eso me encargo yo.
Porque salí distinta. La Renata que entró a esa cárcel lloraba de noche y rezaba para que Max entendiera, para que Bianca dijera la verdad, para que alguien, quien fuera, viniera a decirme que todo había sido un error. Esa Renata se murió adentro. La que salió no rezaba para que la salvaran. Rezaba —cuando rezaba— para tener tiempo. Tiempo de recuperar lo mío. Tiempo de mirar a cada uno de ellos a los ojos y cobrarles, uno por uno, con intereses.
Empecé a caminar hacia la avenida, chapoteando en los charcos, con el pelo escurriéndome por la cara. A lo lejos, las luces de la ciudad temblaban en la lluvia.
Y entonces la vi.
Bajo la única lámpara que servía en esa calle miserable, había un coche negro, largo, caro, de esos que no pertenecen a un barrio como ese. Estaba detenido justo frente a la salida. Con las luces encendidas. Esperando.
Esperándome a mí.
Me quedé quieta. El corazón se me subió a la garganta, no de esperanza —la esperanza también se me había muerto adentro—, sino de un miedo viejo, animal, que reconocí antes de entender por qué.
La puerta trasera se abrió.
Y una silueta empezó a bajar bajo la lluvia, sin prisa, como si el mundo entero pudiera esperarla.