10 años de trabajo. Un imperio millonario. Y solo 90 días de vida.
Para el mundo, yo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, hasta que un diagnóstico terminal lo cambió todo: me quedan tres meses.
Si voy a morir, romperé cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva.
Sin pensarlo dos veces, caminé directo al despacho de mi mayor rival en los negocios: el hombre más arrogante, insufrible y provocador que conozco. Esta vez no vine a hacer negocios... vine a vivir aunque sea una farsa.
¿Qué tan lejos llegarías si supieras que no tienes nada que perder?
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Capítulo XXII Ser la villana de mi propia historia
Punto de vista de Victoria
Sesenta días. Dos meses. Ese era exactamente el tiempo que había transcurrido desde que sellamos nuestro acuerdo, desde que me entregué por primera vez a mi mayor rival, pero quien ahora se ha convertido en mi ancla.
Para el resto del mundo, las cosas no podían ir mejor. Las portadas de los diarios financieros no dejaban de alabar el dinamismo del mercado: la alianza entre las firmas Valenzuela y Alarcón Corp se levantaba como un éxito arrollador e imbatible. Para Sebastián, estábamos viviendo un idilio intenso, una rutina apasionada de noches compartidas entre la sobriedad de su penthouse y la elegancia distante de mi departamento. Pero para mí, cada amanecer no representaba un triunfo corporativo ni una promesa de futuro; era apenas una resta despiadada en una cuenta regresiva que entraba en su fase final.
Me apoyé sobre el lavabo del baño y me miré fijamente al espejo. Mi rostro lucía visiblemente más afilado, las clavículas marcadas con una severidad que antes no tenía, pero el maquillaje de alta cobertura y un toque estratégico de rubor lograban disfrazar la palidez cadavérica que amenazaba con delatarme. Los frascos de la clínica privada habían dejado de hacer efecto hacía semanas. El dolor en el vientre, constante y punzante, ya no cedía ni con los analgésicos más fuertes de la receta.
Así que tomé una decisión radical: dejé de tomarlas por completo. Tiré los frascos al fondo del armario y no volví a probar una sola gragea. Si el final era inevitable y la medicina ya no anestesiaba absolutamente nada, no iba a pasar los pocos días que me quedaban adormilada, amargada, ni sintiendo el perpetuo sabor metálico de los fármacos en la garganta. Prefería mil veces sentir el dolor real, quemante y terrenal, si eso me garantizaba tener la mente lúcida para grabar cada segundo al lado de Sebastián.
Por eso, este fin de semana decidimos desconectarnos de todo. Apagamos los teléfonos del trabajo, dejamos los correos acumulándose en las carpetas de entrada, cerramos las persianas de mi apartamento y nos encerramos en nuestro propio universo privado.
Durante cuarenta y ocho horas, viví la libertad pura que jamás me permití en treinta años de existencia. Dejé de ser la presidenta implacable, la hija perfecta, la mujer de piedra. Nos metimos a la cocina —donde él intentó enseñarme a preparar una receta italiana entre risas y harina derramada en la barra—, nos acostamos en los sofás de la terraza a leer bajo el sol tibio de la tarde, y nos entregamos el uno al otro sin la prisa ni el afán que el reloj me recordaba.
En sus brazos, envuelta en la calidez sofocante de sus besos y en la fuerza de sus manos sosteniéndome por la cintura, logré engañar a mi propio cuerpo. Por momentos, entre el ritmo de sus caricias y el calor de su piel, el dolor desaparecía por completo. Me sentía plena, feliz, libre... profundamente amada. Me permití cerrar los ojos y soñar, solo por un par de horas, que esta era la vida que me pertenecía.
Pero la ilusión nunca duraba para siempre.
Ahora, mientras la luz tenue de la madrugada se filtraba entre las rendijas de las cortinas y él dormía plácidamente a mi lado, apoyando la frente contra mi hombro descubierto, la realidad me golpeó en el pecho con una frialdad demoledora. Su respiración pausada y tibia chocaba contra mi cuello, recordándome todo lo que estaba a punto de perder.
En catorce días se cumplían los noventa días del diagnóstico. En dos semanas tendría que ejecutar la parte más cruel y difícil de todo mi plan: despedirme de él.
No podía permitir que Sebastián me viera colapsar. No iba a dejar que un hombre con semejante fuerza presenciara mi deterioro físico, ni que cargara el resto de su vida con el luto estéril de una muerte trágica. Un hombre como él, tan lleno de vida, de poder y de futuro, no merecía vivir encadenado al fantasma de una mujer que expiró en sus brazos.
Tenía que construir un muro final, infranqueable y destructivo. Tenía que planear meticulosamente cada palabra para hacerle creer que me había cansado de nuestro pacto, que la pasión inicial se había extinguido por completo y que me marchaba lejos, al extranjero, para empezar una nueva vida sin él.
Una desilusión amorosa dolía con furia; te enfurecía, te revolvía el estómago y te rompía el corazón en mil pedazos, pero el tiempo, el trabajo y el orgullo masculino terminaban por curarla. La muerte, en cambio, era una sombra perenne, una herida abierta que nunca cerraba. Prefería con toda el alma que Sebastián me odiara por haberlo usado como un pasatiempo, a que pasara el resto de sus días llorando sobre mi tumba.
Deslicé la yema de mis dedos por su cabello oscuro, reteniendo las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Estaba dispuesta a pagar el precio de ser la villana en su historia, con tal de salvarlo de la devastación de mi propia partida.