NovelToon NovelToon
La Joven Amante Del Lycano

La Joven Amante Del Lycano

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Hombre lobo / Mundo de fantasía
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

La Joven Amante del Lycano

Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.

Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.

Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.

Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.

Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.

Es un lycano.

Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Los viejos tiempos

—Espérame.

Clara lo miró desde la cama. El cabello todavía húmedo. Las sábanas enredadas en la cintura.

—¿Dónde vas?

—Te dije que venía a París por negocios. Tengo una reunión.

—¿Ahora?

—Ahora. Cuando termine, prometo que iremos a donde quieras. Te tengo una sorpresa.

Clara asintió.

—¿Qué sorpresa?

—Si te la digo, no es sorpresa.

Ella rió.

—Está bien. Te espero.

Sebastián se puso la chaqueta. Se ajustó los puños. Se miró en el espejo.

—No tardes.

—No tardaré.

Le besó la frente.

Salió.

Clara se quedó en la cama. Mirando la puerta cerrada.

*Una reunión*, pensó. *Negocios. Contratos. Cosas importantes.*

Se levantó. Fue a la ventana. Cogió el cuaderno.

Y empezó a dibujar París.

---

El café estaba en una callejuela del Marais. Discreto. Sin nombre en la fachada. Solo una puerta de madera verde y una ventana con las cortinas echadas.

Sebastián entró.

Y la vio.

Monique estaba en la mesa del fondo. Pelo castaño recogido en un moño bajo. Labios rojos. Un vestido negro que no necesitaba escote para decir lo que decía. Unas piernas cruzadas que bastaban para detener el tráfico.

Glamurosa. No de la forma torpe de Clara. No de la forma inadvertida de Almendra.

Glamurosa a propósito. Con cálculo. Con oficio.

Cuando vio a Sebastián, le sonrió.

No una sonrisa tímida. No una sonrisa de niña.

Una sonrisa de mujer que sabe exactamente lo que vale y lo que cuesta.

Sebastián se acercó.

Con esa sonrisa imperturbable de quien se sabe ganador.

—Mi bella Monique.

—Mi bello Sebastián.

Se sentó frente a ella. Le tomó la mano. Le besó los nudillos.

Monique rió.

—Siempre igual. Tres años y siempre igual.

—¿Y por qué cambiar algo que funciona?

Ella le apretó la mano.

Sebastián pidió un whisky. Monique ya tenía una copa de vino.

Hablaron.

De cosas pequeñas. De la ciudad. De una exposición que Monique había visto. De un restaurante nuevo en el distrito tercero.

Sebastián escuchaba. Reía. Asentía.

Y de repente, del bolsillo interior de la chaqueta, sacó una caja pequeña.

Monique abrió los ojos.

—No.

—Sí.

Abrió la caja.

Una pulsera de oro blanco. Delgada. Elegante. Con un cierre diminuto que brillaba bajo la luz del café.

Sebastián la tomó. Le cogió la muñeca. Se la abrochó.

Monique giró la muñeca. Miró el brillo.

—Ay, Sebastián. Tú siempre. Nunca olvidas que me encantan las joyas de oro blanco.

Sebastián le soltó la muñeca.

—Por supuesto, Monique. ¿Cómo podría olvidarlo?

Ella le sonrió.

Bebió un sorbo de vino.

Sebastián se recostó en la silla.

—¿Y cómo van las cosas con tu productor?

Monique chasqueó la lengua.

—Ese imbécil.

—¿Qué hizo ahora?

—¿Sabes que quiere que le dé un hijo?

Sebastián levantó una ceja.

—¿Un hijo?

—Está loco. Mi carrera recién está empezando. Los castings. Las audiciones. El agente nuevo. ¿Y quiere que malogre este cuerpo dándole un hijo? Debe estar soñando.

Sebastián bebió un sorbo.

—¿Y qué le dijiste?

—Que quizás cuando pase los treinta. O los treinta y dos. Piense en darle un hijo. Si es que todavía me interesa.

Sebastián rió.

—Qué mala eres, Monique. Ni porque es tu esposo lo respetas.

Monique lo miró.

Inclinó la cabeza.

—¿Y tú? ¿No te importa ser el tercero en esta relación?

Debajo de la mesa, la punta del zapato de Monique le acarició la pierna. Lento. Subiendo. Bajando.

Sebastián no se movió.

Le sonrió.

—¿Y por qué tendría que molestarme? Ya te lo dije. No soy un hombre celoso.

Una pausa.

—Además, yo llegué primero, ¿verdad, Monique?

Monique retiró el pie.

Lo miró.

—Eres incorregible, Sebastián.

—Lo sé.

—Y por eso me encantas.

Sebastián levantó la copa.

—Por los viejos tiempos, Monique.

Ella levantó la suya.

—Por los viejos tiempos.

Las copas chocaron.

Un sonido limpio. Breve.

---

El departamento de Monique estaba en una zona tranquila. Fuera de la vista de curiosos. Un tercer piso con balcones pequeños y una puerta que no crujía.

Entraron.

Monique dejó el bolso en la mesa. Se quitó los zapatos. Se giró hacia él.

Sebastián cerró la puerta.

Y la tomó.

No con la paciencia de Clara. No con la novedad de Almendra.

Con la confianza de quien conoce un territorio de memoria. Cada curva. Cada sonido. Cada punto exacto donde ella cierra los ojos y dice su nombre.

Monique le rodeó el cuello con las piernas. Le mordió el labio.

—Te he extrañado.

—Yo también.

La llevó a la habitación.

La cama. Las sábanas. El ruido de la calle entrando por la ventana abierta.

En un momento, entre risas y jadeos, Sebastián se detuvo.

La miró.

Sonrió.

—Me dan unas ganas de hacer una videollamada.

Monique rió.

—¿Qué?

—Sí. Que tu productor vea todas las cosas que me haces.

Monique le golpeó el hombro.

—Qué malo eres, Sebastián. Pero ni pienses en hacerlo. Ese hombre es peligroso. Yo juego con él dentro de límites. Pero no me gustaría que te hiciera nada.

Le recorrió la cara con los dedos.

—A este hermoso rostro.

Le bajó la mano por el pecho.

—Y a este tonificado y bello cuerpo.

Sebastián la miró.

—Monique. Solo me quieres por mi cuerpo. Qué decepción.

Monique rió.

Una risa amplia. Abierta. Sin vergüenza.

—Sebastián, eres un coqueto.

Él sonrió.

Y continuó.

---

Cuando terminaron, Sebastián se vistió.

Monique estaba en la cama. El pelo desparramado. Un cigarrillo entre los dedos. El humo subiendo en espirales hacia el techo.

—Llámame si tienes otro día libre —dijo Sebastián, abotonándose la camisa—. Para seguir recordando el pasado.

Monique le mandó un beso volado.

—Claro, guapo. Tú sabes que siempre estarás en mi corazón. Y siempre tendré tiempo para ti.

Sebastián asintió.

Se puso la chaqueta.

Caminó hacia la puerta.

Se giró una última vez.

Monique lo miraba desde la cama. Sonriendo. Con el cigarrillo en los labios y la pulsera de oro blanco brillando en la muñeca.

Tres años.

Tres años de esto.

Sebastián abrió la puerta.

Salió.

Cerró.

Discretamente.

Como siempre.

---

Miró la hora.

Las cinco.

*Perfecto.*

Caminó por la calle. Un puesto de flores en la esquina. Rosas. Tulipanes. Pequeñas margaritas.

Sebastián eligió un ramo pequeño. Flores silvestres. Amarillas y blancas.

Pagó con un billete. Dejó el cambio.

La mujer del puesto le sonrió.

—Que tenga suerte, joven. Y la muchacha para la que vayan esas flores también.

Sebastián asintió.

—Gracias.

Caminó hacia el hotel.

Con las flores en la mano.

Con el paso tranquilo.

Con la conciencia limpia.

---

Abrió la puerta de la habitación.

Clara estaba en el balcón. De espaldas. El cuaderno en el regazo. Un lápiz en la mano. Dibujando los tejados de París. La calle arbolada. La luz de la tarde cayendo sobre el zinc.

Sebastián se detuvo en el umbral.

La observó.

El cabello suelto cayéndole sobre los hombros. El lobo de plata brillando en la clavícula. La concentración en la frente. El labio inferior atrapado entre los dientes.

Dejó las flores en la mesa.

Se acercó.

Sin ruido.

Sin prisa.

Se colocó detrás de ella. Le rodeó la cintura con los brazos. Apoyó los labios en su cuello.

Clara dejó el lápiz.

Cerró los ojos.

Sebastián le besó la nuca. El hueco detrás de la oreja. La curva donde el pulso latía.

Clara se giró.

Lo miró.

Le sonrió.

Y lo besó.

Sebastián le correspondió. La tomó en brazos. Clara se aferró a su cuello. Riéndose. Susurrando *Sebastián, Sebastián*.

La llevó a la habitación.

La dejó caer sobre la cama.

Las sábanas blancas se arrugaron.

La luz de la tarde entraba dorada por la ventana.

Sebastián la miró desde arriba.

Horas atrás había estado con Monique. Horas atrás tenía el cuerpo de otra mujer entre las manos. El olor de otro perfume en la piel. El nombre de otra en la boca.

Pero no había rastro de cansancio.

No había merma.

No había saciedad.

La misma fuerza. La misma energía. La misma vitalidad de siempre. Como si el cuerpo no le perteneciera a un hombre de veinticinco años sino a algo más antiguo. Algo que no se agota. Algo que no conoce el límite.

Clara lo miró desde abajo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Se dejó caer sobre ella.

Y la tarde se volvió larga otra vez.

Clara se entregó. Como siempre. Con la misma fe. Con la misma certeza de que aquello era amor. De que aquello era para siempre.

Sebastián la recorrió.

Sin prisa.

Con la precisión de quien no improvisa.

Clara dijo su nombre.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y después se quedó quieta.

Respirando.

Con los ojos cerrados y una sonrisa que no se borraba.

---

Cuando Sebastián terminó, Clara estaba dormida.

El viaje. La emoción. La intimidad. Todo junto la había dejado exhausta. El cabello desparramado sobre la almohada. Las mejillas encendidas. Los labios entreabiertos.

Sebastián se recostó a su lado.

La observó.

Le pasó la mano por la cara. Un roce leve. La yema del dedo trazando la línea de la mandíbula. La curva de la nariz. El arco de la ceja.

—Clara, Clara —murmuró.

Clara no respondió. Respiraba. Profundo. Tranquilo.

Sebastián le apartó un mechón de la frente.

La miró.

Y pensó.

*He tomado una decisión.*

*Voy a entrenarte.*

*Voy a hacerte la mejor amante que haya tenido nunca un hombre que ostenta mi posición y mi poder.*

Le recorrió la clavícula con el dedo. El lobo de plata brilló bajo la luz de la tarde.

*Y cuando llegue el día en que decidas, como Monique, casarte con otro hombre…*

Una pausa.

Sonrió.

*…seguirás estando a mi merced.*

*Para satisfacer mis deseos.*

*Cuando yo quiera.*

*Como yo quiera.*

*Donde yo quiera.*

Le besó la frente.

*Tú serás la nueva versión.*

*La versión mejorada.*

*La que no tuve tiempo de hacer con Monique.*

*La que haré contigo.*

Sebastián retiró la mano.

Se recostó.

Miró el techo.

París respiraba al otro lado de la ventana. Los tejados de zinc. Los plátanos. La luz cayendo.

En algún lugar de esta ciudad, Monique apagaba un cigarrillo.

En algún lugar de Riverside, Almendra miraba un teléfono que no sonaba.

Y en esta cama, Clara dormía.

Sin saber que su futuro ya estaba escrito.

Sin saber que el lobo ya había decidido qué iba a ser de ella.

Sin saber que el lobo no la iba a soltar.

Nunca.

Sebastián cerró los ojos.

Durmió.

Con la calma absoluta del que ha trazado el mapa.

Y sabe que la presa va a caminar exactamente por donde él decidió.

Porque la presa no sabe que hay otro camino.

Porque la presa cree que el bosque empieza y termina en el lobo.

Y el lobo sonríe.

En sueños.

Con los dientes cerrados.

Esperando.

1
yolanni
👏
EspirituCreativo
> 😂😂 María, ¡espere, espere! ¡No la despierte todavía!
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭

Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀

Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺

Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.
maria orellana
por Dios, despierta niña, hulle lejos de ese hombrecito que no vale nada
maria orellana
pero creo que está casado o no,,, que pena con clara ojalá pronto se de de cuenta pobre chiquita ojalá el se enamoré y sufra
maria orellana
desgraciado
Guillermo Vasquez Areque
emfermooo
Guillermo Vasquez Areque
hay no que le den su merecido a ese sinverguenza
EspirituCreativo: 🤭 Te apoyo
total 1 replies
EspirituCreativo
Bueno por eso una no debe ser tan confiada... Lo malo tambien viene en empaque de lujo
Maricruz Felix
Esta interesante
Maricruz Felix
Que malo se va aprovechar de la pobre muchacha
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play