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EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

Status: Terminada
Genre:Romance / Apocalipsis / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA ANATOMÍA DEL CONTACTO

El impacto de la criatura contra el marco de cristal reforzado del taller de ingeniería biomédica resonó en el piso 4 como una detonación amortiguada por el polvo. Los pedazos de vidrio templado cayeron sobre el suelo de vinilo con un tintineo agudo y metálico que llenó el espacio de una tensión insoportable.

​Mateo no respiraba. Oculto tras una columna de estantes de hierro donde reposaban viejos monitores de signos vitales EKG desarmados y chasis de bombas de infusión, apretaba con rabiosa firmeza el mango de carnaza del martillo de bola. Sus nudillos estaban blancos por la falta de circulación. La luz de la linterna de cabeza estaba apagada, y la única fuente de iluminación en ese taller sumido en la penumbra era la intermitente luz ámbar del indicador de carga de un acumulador de respaldo en el rincón opuesto.

​La criatura —el antiguo vigilante del edificio, cuyo uniforme de la empresa de seguridad aún lucía los parches deshilachados en el hombro izquierdo— se arrastró sobre el marco destrozado. No se puso de pie de inmediato. Permaneció en cuatro extremidades, con la cabeza inclinada en un ángulo aberrante, respirando con un silbido bronquial profundo y lleno de mucosidad.

​Cada vez que el infectado exhalaba, una fina bruma de microgotas sanguinolentas salía expulsada de sus fosas nasales, flotando brevemente en el aire estancado del taller antes de depositarse sobre las herramientas.

​Mateo, recordando las palabras impresas en el reporte epidemiológico que acababa de leer en el tablero de corcho, sintió que un sudor helado le recorría la columna vertebral.

​«La inmunidad aerotransportada NO protege contra el inóculo directo. La inoculación por mordedura o saliva infectada en mucosa/torrente sanguíneo destruye el sistema nervioso central en menos de 90 segundos.»

​El virus estaba suspendido en ese aire. Él lo estaba inhalando en ese mismísimo instante. Sus pulmones filtraban los aerosoles letales sin que su sistema biológico colapsara gracias a la extraña mutación genotípica de sus receptores celuláres, pero la carga viral que esa criatura llevaba en la boca, en sus dientes podridos y en sus uñas partidas, era una dosis mortal concentrada. Una sola punzada en la piel, un arañazo que abriera brecha en su carne, o un salpicón de saliva contaminada sobre la pequeña cortada de su pómulo, significaría una muerte atroz e irreversible en minuto y medio.

​El infectado olfateó el suelo. El olor a aceite mineral y estaño quemado parecía confundir sus sentidos primarios, pero el pulso acelerado de Mateo, el tenue crujido de su suela al cambiar levemente el peso del cuerpo sobre el piso, funcionó como un faro acústico.

​La criatura giró la cabeza bruscamente hacia la hilera de estantes. Sus ojos, nublados por cataratas sanguinolentas de glaucoma agudo por sobrepresión intracraneal, no podían enfocar bien en la penumbra, pero su oído era despiadado. Avanzó a pasos irregulares, cojeando fuertemente de la pierna derecha, cuya articulación de la rodilla estaba visiblemente luxada hacia afuera.

​Mateo evaluó su posición. Estaba acorralado en un pasillo de servicio de un metro de ancho entre los estantes de repuestos y la pared posterior de concreto. No había salida trasera en ese ángulo.

​A dos metros de su posición, sobre la mesa de trabajo principal, descansaba un recipiente de vidrio pesado con dos litros de alcohol isopropílico de alta pureza, utilizado para la limpieza de tarjetas de circuitos integrados. Al lado, reposaba un cautín eléctrico de estación que aún conservaba calor en la punta, conectado a la batería auxiliar que parpadeaba en ámbar.

​El infectado dio dos pasos más. La distancia entre ellos se redujo a menos de un metro y medio. Mateo podía ver las pequeñas llagas purulentas que le cubrían las encías expuestas y la mandíbula desencajada de la criatura.

​Con un movimiento calculado, Mateo no atacó de frente. Estiró la mano izquierda —la herida y magullada— y empujó con fuerza la estructura del estante metálico que tenía a su costado.

​Los pesados chasis de hierro y los monitores en desuso se deslizaron hacia adelante, cayendo en un efecto dominó estridente sobre el cuerpo del infectado.

​¡CLANG! ¡CRASH!

​El peso de más de cien kilogramos de chatarra médica aplastó el tórax y la pierna sana de la criatura contra el suelo de vinilo. Un alarido agudo, gutural y ahogado por la sangre brotó de la garganta del monstruo. Las manos del infectado, con uñas deformadas y negras, comenzaron a manotear frenéticamente el aire en dirección a las botas de Mateo, buscando desesperadamente aferrarse a los tobillos.

​Mateo no dudó. Sabiendo que el menor contacto cutáneo con esa sangre le costaría la vida, dio dos pasos atrás, levantó el pesado martillo de bola con ambas manos y, usando el extremo cónico de acero macizo, descargó un golpe seco, vertical y definitivo sobre el hueso frontal de la criatura.

​El crujido fue sordo y final. La criatura se sacudió en un espasmo violento antes de quedar completamente inerte en medio del charco de aceite y fragmentos de vidrio.

​Mateo cayó de rodillas, jadeando pesadamente. Tenía los brazos temblando por la tensión acumulada. Miró detenidamente sus manos y la manga de su chaqueta de lona: ni una sola gota de la sangre del infectado lo había salpicado. Había mantenido la distancia crítica.

​Se puso de pie torpemente, tomó el segundo walkie-talkie del cajón, aseguró el cinturón de herramientas y se dirigió hacia el registro de ventilación que conectaba con el techo del pasillo. Tenía que advertir a Sofía inmediatamente sobre la naturaleza mortal de los fluidos.

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