Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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La voz que lo dijo todo
Llegamos al departamento con el alma en un hilo. En cuanto cerré la puerta, las piernas me cedieron y me dejé caer en el sofá, rompiendo a llorar sin poder contenerme. Mila y Luna se sentaron a mi lado de inmediato, abrazándome, intentando calmarme.
—Ya, Lía, cálmate —me decía Mila, acariciándome la espalda—. Solo es un imbécil. No vale la pena que llores por él.
—Pero nos amenazó —respondí entre sollozos—. Dijo que nos pondría trabas, que nos arruinaría…
—Tenemos la grabación —dijo Luna con firmeza—. Eso vale más que mil palabras. No nos va a poder hacer nada.
—Él es de la agencia, nosotras somos nuevas —susurré, sintiéndome pequeña y débil—. Lo siento… no le debí haber dicho que no. Debí… debí aguantarme. Aceptar lo que proponía. Quizás así…
—¡Jamás digas eso! —la interrumpió Luna, con voz tajante—. Prefiero ser pobre y desconocida antes que dejar que nadie te toque si no quieres. Podremos ser pobres, pero íntegras. Y eso nadie nos lo puede quitar.
Se quedaron un rato más conmigo, hasta que se calmó un poco mi llanto. Luego se levantaron.
—Vamos a preparar algo de cenar —dijo Mila—. Descansa un rato, ya volvemos.
Se fueron a la cocina y me quedé sola en la sala, con la cabeza entre las manos, sintiendo que el pecho me dolía. El teléfono empezó a sonar sobre la mesa. Sin mirar quién era, lo tomé y respondí con la voz todavía quebrada y llorosa:
—¿Aló…?
—¿Qué pasa, Lía? —la voz de Dante sonó inmediata, firme, preocupada—. Has estado llorando. Dime qué ocurre.
—Nada… no es nada… —intenté decir, secándome las lágrimas de golpe.
—¿Cómo que nada? —se endureció—. Si no me lo dices ahora mismo, me presento en tu departamento. Y no me importa que me vean tus amigas. Dime. Ya.
Suspiré, temblando, y solté todo de golpe:
—Está bien… es el entrenador vocal. El director de canto. Me acosó. Me dijo que soy linda, que si le hacía caso y hacía lo que él quería, nos iría mejor como grupo. Y yo… yo le dije que no. Y él amenazó con destruir nuestro futuro. Con destruirme a mí. Tengo miedo, Dante. Debí haber aguantado. No debí decirle que no.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, profundo. Y luego su voz, baja, grave, llena de una seguridad que me llenó de calma de inmediato:
—Hiciste bien, Lía. No te sientas mal. No hiciste nada malo. Ahora escúchame bien: descansa. No te preocupes por nada de esto. ¿Entiendes? No te preocupes.
—Pero Dante… —intenté decir.
—Dije que descanses —repitió, suave pero firme—. Tranquila. Está bien.
—Está bien —susurré, y corté la llamada.
Me quedé con el teléfono en la mano, sintiendo que por primera vez en todo el día, el pecho se me aliviaba un poco. Él lo sabía. Y él… de alguna forma, todo iba a estar bien.
Fui a la cocina. Las chicas estaban sentadas a la mesa con tres platos de sopa instantánea.
—Ya se acabaron esos doscientos dólares que nos dio el novio de tu amiga —dijo Mila moviendo la cuchara—. ¿Y ahora qué? ¿Comeremos mañana?
—Ay… —suspiró Luna—. Creo que mis padres me pueden prestar unos cien dólares. Soy su única hija, no me dirán que no.
Justo en ese momento, el timbre sonó. Las tres nos miramos extrañadas.
—Quédate sentada, Lía —dijo Luna levantándose—. Han sido demasiadas emociones hoy. Yo voy.
Luna abrió la puerta y se quedó muda.
—Eh… sí, ella vive aquí… soy su compañera de departamento… ¿dónde firmo?… Oh, perfecto. Vale, muchas gracias.
—¿Qué es? —preguntó Mila levantándose de la silla, y yo la seguí hasta la puerta.
Allí, en el pasillo, había tres cajas enormes llenas de víveres: arroz, azúcar, aceite, verduras frescas, carne congelada, queso, leche, jugos, refrescos… y hasta una caja sellada de sopas instantáneas.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Mila con los ojos muy abiertos.
—Es un envío para la señorita Lía —dijo el mensajero—. De parte de su admirador secreto. Dijo que era entrega inmediata.
Las dos se giraron hacia mí con la boca abierta.
—¡Lía! —exclamó Mila—. ¡Ese chico tuyo sí que está interesado en ti! ¡Mira todo esto!
Sonreí, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas otra vez, pero esta vez de gratitud. Al menos Dante se había preocupado de que estuviera bien, de que tuviera qué comer. De que no estuviera tan sola.
—Sí… es bueno, ¿verdad? —dije suavemente.
Entre las tres metimos todo. Llenamos la alacena hasta arriba y el congelador quedó tan lleno que no cerraba bien.
—Vaya… nunca había visto este refrigerador tan lleno —dijo Luna riendo mientras acomodaba las verduras—. Al menos no moriremos de hambre. Como dicen… las penas con pan son menos.
Cenamos esa noche con el corazón mucho más ligero, sabiendo que por unos días, al menos, no tendríamos que preocuparnos por el dinero. Y dormí tranquila, por primera vez en mucho tiempo.
A la mañana siguiente nos preparamos temprano para ir a la agencia. Llevábamos la grabación en el celular, dispuestas a hablar con la gerencia, a presentar la denuncia, a decir la verdad. Esperábamos que nos llamaran, que nos pidieran explicaciones, que nos escucharan. Pero lo que encontramos al llegar no fue lo que esperábamos.
Entramos al edificio, saludamos en la recepción… y la recepcionista nos miró con cara de lástima.
—¿Lumina Hearts? Esperen un momento… les tengo una noticia.
Las tres nos miramos.
—¿Qué pasó? —pregunté con el corazón en la garganta.