Han Seo-yeon está acostumbrada a vivir rodeada de lujos, pero nunca le interesó formar parte del grupo de estudiantes más populares de su instituto.
Kang Ji-ho es todo lo contrario: rico, popular, frío y aparentemente imposible de alcanzar. Tiene fama de mujeriego y está acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Cuando ambos se conocen por casualidad, apenas se prestan atención. Sin embargo, una apuesta cambia las cosas.
Los amigos de Ji-ho están convencidos de que Seo-yeon es la única chica que no caerá ante sus encantos. Él acepta demostrarles que están equivocados: hará que ella confíe en él y termine enamorándose.
Lo que Ji-ho no esperaba era que, mientras fingía acercarse a ella, comenzaría a sentir algo real.
Pero detrás de sus familias perfectas existe un secreto que lleva años oculto. Un secreto relacionado con la muerte de la madre de Ji-ho y con la familia de Seo-yeon...
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Capitulo 4: La terraza
El último timbre sonó a las cuatro de la tarde.
Seo-yeon guardó sus cosas lentamente mientras sus compañeros abandonaban el aula. Durante toda la última hora había pensado en el pequeño papel que llevaba dentro del bolsillo.
“Después de clases. Terraza.”
No tenía nombre, pero no necesitaba uno.
Sabía que era Ji-ho.
O al menos eso quería creer.
Cuando salió del aula, miró hacia atrás.
Ji-ho estaba hablando con Min-jae y Do-yun. Ha-rin también estaba con ellos.
Por un segundo, sus ojos se encontraron.
Ji-ho no hizo ningún gesto.
Seo-yeon frunció el ceño.
—Qué raro...
Guardó el teléfono y comenzó a caminar hacia la terraza.
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La puerta se abrió con un pequeño chirrido.
El viento frío golpeó su rostro.
La terraza estaba casi vacía.
Seo-yeon caminó unos pasos y miró alrededor.
—¿Ji-ho?
Nadie respondió.
—Sabía que esto era una mala idea.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Llegaste.
La voz detrás de ella la hizo detenerse.
Ji-ho estaba apoyado contra la pared.
—¿Me citaste aquí? —preguntó Seo-yeon.
—Sí.
—¿Por qué?
Ji-ho se acercó lentamente.
—Quería hablar contigo sin que todos estuvieran alrededor.
Seo-yeon cruzó los brazos.
—Habla.
Él la observó unos segundos.
—¿Siempre eres tan desconfiada?
—Contigo, sí.
Ji-ho sonrió.
—Eso me gusta.
—A mí no.
—Lo sé.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Entonces?
Ji-ho sacó algo de su bolsillo.
Era un pequeño papel doblado.
—Encontré esto debajo de tu mesa.
Seo-yeon lo tomó.
Lo abrió.
Había una dirección escrita.
—¿Qué es?
—No lo sé.
—¿Y por qué me lo das?
—Porque tiene tu apellido escrito atrás.
Seo-yeon dio vuelta el papel.
Su expresión cambió.
En la parte posterior aparecía una palabra:
Han.
Era el apellido de su familia.
—¿Dónde lo encontraste?
—En el aula.
Seo-yeon volvió a mirar la dirección.
—Nunca vi este lugar.
Ji-ho se acercó.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella.
Ji-ho no respondió inmediatamente.
Porque la verdadera respuesta no podía decirla.
La apuesta.
Todavía no.
—Porque me pareces interesante.
Seo-yeon soltó una risa incrédula.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Ella lo miró fijamente.
—Eres extraño.
—Me lo dicen bastante.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Seo-yeon sonrió sin querer.
Ji-ho también.
Y durante unos segundos ninguno recordó que todo había comenzado con una apuesta.
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Desde la puerta de la terraza, alguien los observaba.
Ha-rin.
Había subido para buscar a Ji-ho.
Pero al verlos juntos, se quedó quieta.
No podía escuchar lo que decían.
Solo podía ver sus rostros.
Y la forma en que Ji-ho miraba a Seo-yeon.
Ha-rin bajó lentamente la mirada.
Ella conocía esa expresión.
La había esperado durante años.
Y nunca había conseguido verla dirigida hacia ella.
Se marchó sin hacer ruido.
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—Deberíamos irnos —dijo Seo-yeon.
Ji-ho asintió.
Cuando ella pasó junto a él, él la llamó.
—Seo-yeon.
Ella se giró.
—¿Sí?
Ji-ho dudó.
—¿Confías en mí?
Ella lo miró durante varios segundos.
—Todavía no.
—¿Pero podrías hacerlo?
Seo-yeon sonrió ligeramente.
—Tal vez.
Y se marchó.
Ji-ho se quedó solo en la terraza.
Sacó su teléfono.
Tenía un mensaje de Min-jae.
“¿Y? ¿Cómo va la apuesta?”
Ji-ho miró la pantalla.
Por primera vez, no supo qué responder.
Escribió:
“Todo bien.”
Pero antes de enviar el mensaje, borró las palabras.
Porque no estaba todo bien.
Algo estaba cambiando.
Y él empezaba a sospechar que la apuesta podía terminar siendo el peor error de su vida.