La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 6
Capítulo 6 — Mi esposa
Adrián habló con una sonrisa ambigua.
—Amelia, ¿no me digas que ya me olvidaste?
¿Sería una secuela de casarse a toda prisa?
Apenas dijo eso, las caras de Hugo y Nicolás pasaron de la sorpresa al más puro chismorreo. Cuando Amelia irrumpió, habían creído que de verdad se había equivocado de sala. Pero al oír a Adrián pronunciar el nombre de la joven, se miraron atónitos.
¿Desde cuándo Adrián conocía a semejante belleza? Que ellos supieran, en treinta años solo había tenido una novia: Talía Fuentes. Después de que rompieran, él entró al ejército y jamás volvió a aparecer una mujer a su lado. Habían llegado a sospechar que el desengaño con Talía le había dejado fobia a las mujeres.
Y ahora Adrián agarraba del brazo a esa muchacha por voluntad propia. Aquello era tan raro como que el sol saliera por el oeste. Los dos olfatearon de inmediato el suculento chisme y se acomodaron a mirar el espectáculo.
Amelia esbozó una sonrisa incómoda.
—A… Adrián, qué casualidad… —Un espasmo le subió por el estómago. Le faltó el aire, la cabeza le pesó y estuvo a punto de perder el equilibrio.
Adrián frunció el ceño. ¿Cuánto había bebido? La levantó en brazos de un solo movimiento. Del susto, Amelia le rodeó el cuello por instinto y enseguida empezó a forcejear.
—¿Qué… qué haces? Bájame.
—No te muevas. Te llevo a casa.
La voz de Adrián se suavizó, casi tierna, y Amelia, sin saber por qué, se calmó.
Devorando el chisme, Hugo no aguantó la curiosidad.
—Jefe, ¿quién es esta chica?
Adrián soltó tres palabras con total naturalidad.
—Mi esposa.
¡Esposa!
Hugo y Nicolás se pellizcaron mutuamente para confirmar que no habían oído mal. ¿Cuándo se había casado Adrián? ¿No era el que ni novia tenía?
Adivinando lo que iban a preguntar, él se les adelantó.
—Después les cuento. Por ahora, no se lo digan a nadie. Me voy.
Y salió de la sala con Amelia en brazos.
—Entonces, ¿el jefe se casó en secreto? —preguntó Hugo.
Nicolás se rascó la nariz.
—Por lo visto, esos dos ni siquiera se conocen bien.
...
Afuera de la sala.
Adrián apenas había salido con Amelia en brazos cuando la puerta de enfrente también se abrió. Dante, al asomarse, vio de inmediato a Amelia acurrucada contra aquel hombre.
—¿Quién eres tú? Baja a Ame ahora mismo.
Adrián alzó la vista hacia él, impasible, y en lugar de soltar a Amelia la sostuvo con más fuerza contra su pecho.
—¿Y tú quién eres? —replicó.
No seguía las noticias del espectáculo, así que no reconoció a Dante, el ídolo del momento.
Al ver bien la cara del hombre, Dante se quedó un instante desconcertado.
—¿Eres Adrián Guerrero?
Qué casualidad. Acababa de ver el acta de matrimonio de Amelia y ahí lo tenía.
Salvo por la ropa, más bien sencilla, aquel hombre irradiaba un porte distinguido, impecable, altivo, inabordable. No parecía una persona común. Incluso había en él algo peligroso. Aun así, era realmente atractivo; con razón Amelia se había dejado tentar por su cara.
Adrián arqueó una ceja y lo escrutó con la mirada afilada.
—¿Me conoces?
Recién retirado, casi nadie debía saber quién era.
Dante le sostuvo la mirada.
—Soy el mejor amigo de Amelia. Me mostró el acta de matrimonio.
Adrián comprendió: solo sabía que era el marido de ella.
—¿Amelia estuvo bebiendo contigo?
Dante asintió. Al ver que tardaba tanto en volver del baño, había salido a buscarla, preocupado.
La voz de Adrián se enfrió.
—¿Por qué bebió tanto?
Dante soltó una risa amarga.
—Señor Guerrero, usted debería saber muy bien por qué Amelia se casó con usted.
Adrián bajó la vista hacia la mujer, ya dormida por la borrachera, y recordó lo del aeropuerto. Entendió lo que Dante insinuaba. Allí, Amelia había sabido plantarle cara a la pareja de traidores sin inmutarse. Pero el corazón le seguía doliendo; al fin y al cabo, eran tres años.
Adrián no respondió. Se dio la vuelta con ella en brazos.
Dante lo detuvo.
—Señor Guerrero, su bolso. Y no se aproveche de ella.
Adrián tomó el bolso y dejó caer, seco:
—Ahora es mi esposa.
Viéndolos alejarse, Dante murmuró:
—Si no fuera porque están casados, jamás te dejaría llevártela.
Dicen que la mejor forma de olvidar a alguien es empezar de nuevo. Esperaba que Adrián ayudara a Amelia a olvidar pronto a Bruno.
...
Al día siguiente, casa de los Cruz.
Cintia entró a la mansión tarareando, radiante. Melina, sentada en el sofá de la sala, frunció el ceño al verla.
—Anoche no volviste. ¿Dónde te metiste?
Cintia se dejó caer a su lado y admiró sus uñas recién hechas.
—Ayer volvió Bruno. Obvio que pasé la noche con él.
Melina le dio un golpecito en la frente, entre reproche y resignación.
—No le habrás entregado todo, ¿no? Te dije que primero lo tuvieras en ascuas…
—Mamá. —Cintia no ocultaba su orgullo—. Ayer Bruno cortó definitivamente con Amelia. Y además va a entrar al departamento de investigación del Grupo Guerrero como director.
La cara de Melina mejoró bastante.
—Ahora que los Lara están venidos a menos, si no fuera porque Bruno es medianamente brillante, esa familia estaría por debajo hasta de nosotros. ¿Cuánto va a ganar?
Cintia hizo cuentas.
—Cinco millones al año, más bonos. Con eso, unos diez millones. Y el Grupo Guerrero lo tiene en tanta estima que le hará una fiesta de bienvenida.
La cifra no impresionó a Melina.
—Diez millones. Ni para las propinas del presidente de los Guerrero.
Su ambición era mucho mayor que la de su hija. Años atrás no era más que una contadora menor de la empresa de los Cruz, pero con su cara seductora había vuelto loco a Genaro. Con ciertas maniobras, se había convertido en la señora Cruz. Solo que, en los últimos dos años, la empresa había decaído con la economía. Para asegurar su vida entre la alta sociedad, había depositado todas sus esperanzas en Cintia.
A ella los Lara le parecían poca cosa, pero Cintia estaba encaprichada con Bruno. Tres años atrás, cuando oyó que Bruno se iba a especializar al extranjero y volvería con un futuro prometedor, dejó que su hija lo mantuviera «en espera» mientras ella le buscaba mejores partidos.
Cintia le tomó el brazo.
—Mamá, muchísima gente envidiaría entrar al Grupo Guerrero como Bruno. Y ahí está lo importante: si él entra, a lo mejor conocemos a los Guerrero.
—¿Estás segura de que podríamos conocerlos? —A Melina se le encendió el interés al instante.
—Claro. En la fiesta de bienvenida de Bruno dicen que vendrá en persona el presidente del Grupo Guerrero. Ahí tendremos oportunidad.
A Melina se le iluminó el rostro.
—¿En serio? Cintia, ¿podríamos ir juntas?
Días atrás, en su círculo de señoras, había oído que doña Leonor le había entregado la dirección del Grupo Guerrero a su nieto, Adrián. Nadie sabía qué cara tenía, pero decían que estaba soltero, y todas las señoras ricas soñaban con presentarle a sus hijas. Emparentar con los Guerrero significaba ascender de golpe en la capital, sin volver a preocuparse por oportunidades de negocio.
Melina también ansiaba trepar a esa rama. Antes le faltaba la ocasión; ahora, con lo que decía su hija, sentía que hasta el cielo la ayudaba.
Cintia asintió con firmeza.
—Claro. Le digo a Bruno y vamos todos juntos.
—Sí, sí, dile ya. No, mejor invítalo a cenar a casa. Le damos la bienvenida.
—Perfecto, se lo digo ahora.
Cintia creyó que era la aprobación de Melina hacia Bruno y subió feliz a llamarlo. No sabía que su madre tenía otros planes en mente.