Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Conde Nilsson
Sin embargo, al día siguiente Circe despertó completamente agotada.
Abrió los ojos y se quedó mirando el techo.
Todo su cuerpo protestaba.
[Quizás...]
Se dio la vuelta y hundió el rostro en la almohada.
[Quizás el combate de ayer cuenta como entrenamiento.]
Después de unos segundos tomó una decisión.
[Definitivamente cuenta.]
Y volvió a dormirse.
Cuando despertó nuevamente, el sol ya había avanzado bastante.
Circe estiró un brazo y tiró del cordel que estaba junto a la cama.
No pasó ni un minuto antes de que llamaran a la puerta.
Entraron tres doncellas.
Una llevaba el desayuno.
Otra llevaba un vestido.
Y la tercera llevaba sales y algunos productos para preparar el baño.
Circe las miró sorprendida.
—¿Todo eso es necesario?
Una de las doncellas sonrió.
—El duque lo ordenó, mi lady.
Circe parpadeó.
—¿Él?
—Sí. Cuando supo que no se había levantado antes del amanecer, ordenó que nos aseguráramos de que descansara y tuviera todo preparado al despertar.
Circe sonrió lentamente.
[Así que también es preocupado.]
La idea le agradó más de lo que quería admitir.
—Está bien.
Y dejó que las doncellas la atendieran.
Por una vez, no tuvo que preocuparse por nada.
Cuando finalmente estuvo lista, bajó a la oficina.
Adrian levantó la mirada en cuanto entró.
Sonrió.
Circe le devolvió la sonrisa con una expresión coqueta.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él la observó detenidamente.
—¿Cómo se siente?
—Mucho mejor.
Hizo una pequeña pausa.
—Gracias a las doncellas que mandó.
Adrian sonrió.
—Es lo que merece.
Circe entrecerró los ojos con diversión.
—No vaya a conseguir que me acostumbre.
—Quizás ese sea mi objetivo.
Circe soltó una pequeña risa.
Se sentaron juntos en el sofá para revisar algunos documentos.
La mañana comenzó tranquilamente.
Adrian revisaba unos informes mientras Circe estudiaba otros.
En determinado momento, él notó que había varios documentos junto a ella.
Pero en lugar de pedírselos...
Levantó el brazo y lo pasó por detrás de su espalda para tomar uno de los papeles.
Después de hacerlo, no retiró el brazo.
Lo dejó allí.
Poco a poco, su mano terminó descansando sobre la espalda de Circe.
Ella lo miró de reojo.
[Así que ahora estamos haciendo esto.]
No dijo nada.
En cambio, se acercó un poco más.
—Mire.
Le mostró un documento.
—Si cambiamos esta ruta...
Se inclinó hacia él para señalar un punto.
Adrian la escuchaba.
Pero su atención parecía dividida.
Circe sonrió.
—Podríamos ahorrar varios días de transporte.
—Tiene sentido.
—Y además reduciríamos los gastos.
—Me gusta.
Ella continuó explicando.
Y sin darse cuenta, ambos terminaron prácticamente abrazados mientras trabajaban.
Circe apoyada ligeramente contra él.
El brazo de Adrian rodeándola.
Los documentos extendidos sobre la mesa.
Era una posición sorprendentemente cómoda.
Y ninguno parecía tener intención de cambiarla.
Después de un largo rato, Circe se inclinó todavía más.
Rozó suavemente su cuello al acercarse.
Adrian se quedó quieto.
Ella habló muy cerca de su oído.
—Deberíamos ir a almorzar.
Adrian respiró profundamente.
—Sí.
Circe se levantó inmediatamente.
—Entonces vamos.
Y salió de la oficina como si nada hubiera ocurrido.
Adrian se quedó mirándola marcharse.
Una sonrisa apareció en su rostro.
[Lo hace a propósito.]
Así pasaron los días.
En las mañanas muy temprano, Circe entrenaba.
Después trabajaba.
Estudiaba.
Y continuaba descubriendo poco a poco cómo funcionaba el ducado.
Después comenzaron las reuniones con otros socios.
Allí su actitud cambiaba completamente.
Frente a terceros no era la mujer coqueta que jugaba con Adrian.
Era una consejera del templo.
Serena.
Educada.
Observadora.
No intentaba imponerse.
Escuchaba.
Preguntaba.
Analizaba.
Y cuando consideraba necesario intervenir, daba su opinión con claridad.
Aquella actitud comenzó a llamar la atención.
Los socios comprendieron rápidamente que Circe no había sido llevada al ducado simplemente por su belleza.
Tenía conocimientos.
Tenía criterio.
Y sabía cuándo hablar.
En una de aquellas reuniones conoció al conde Nilsson.
La conversación había terminado cuando el joven conde se acercó a ella.
—Lady Circe, ha sido un placer escuchar sus opiniones.
—El placer es mío.
—Si tiene tiempo, me gustaría invitarla a mi mansión.
Circe levantó una ceja.
—¿A su mansión?
—Tengo algunos negocios que me gustaría consultar con usted. Creo que podría ayudarme.
Circe estaba a punto de responder.
Pero Adrian apareció a su lado.
—Conde Nilsson.
El hombre se volvió.
—¿Sí, duque?
Adrian sonrió.
—Recuerdo que hace un tiempo algunos de mis amigos, otros duques tuvieron una diferencia con usted por unos pasteles.
Nilsson quedó completamente sorprendido.
—¿Pasteles?
—Sí.
Adrian mantuvo aquella sonrisa tranquila.
Pero su mirada se volvió ligeramente más fría.
—Fue una situación bastante desagradable.
El conde comenzó a comprender.
—Duque Vanderbilt, aquello fue un malentendido.
—Por supuesto.
Adrian bajó ligeramente la mirada.
—Solo le recomiendo que no pierda los socios que todavía le quedan por cometer los mismos errores.
Silencio.
Nilsson tragó saliva.
—Entiendo perfectamente.
Hizo una reverencia.
—Buenas tardes.
Y se marchó rápidamente.
Circe observó cómo desaparecía.
Luego miró a Adrian.
—¿Acabas de amenazarlo de alguna manera?
Adrian sonrió.
—Sí.
Circe parpadeó.
—¿Así de sencillo?
—Así de sencillo.
Ella lo miró durante unos segundos.
Y, para su propia sorpresa, sintió aquella familiar emoción.
[Es demasiado atractivo cuando hace eso.]
No era solamente celos.
Era la seguridad con la que Adrian utilizaba su autoridad.
La manera en que protegía lo que consideraba suyo.
La calma con la que podía convertir una frase perfectamente educada en una amenaza imposible de ignorar.
Circe sonrió.
—Eres bastante territorial.
Adrian la miró.
—¿Te molesta?
Ella sostuvo su mirada.
—No.
Una sonrisa coqueta apareció en sus labios.
—Me parece interesante.
Adrian se acercó ligeramente.
—¿Interesante?
—Mucho.
Circe se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Pero antes de alejarse demasiado, miró por encima del hombro.
—Aunque tendrás que tener cuidado.
—¿Con qué?
—Si sigues comportándote así...
Sonrió.
—Podría empezar a pensar que realmente te gusto.
Adrian soltó una risa.
—Quizás ya deberías haberlo pensado.
Circe se quedó quieta un instante.
[Oh.]
Y por primera vez...
No encontró una respuesta inmediatamente.