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Capítulo 1
Capítulo 1: Obedece, hoy no
La madrugada olía a cera de piso y a flores muertas.
Renata bajó descalza la escalera de la mansión Alcántara con el camisón corto de encaje blanco pegado a los muslos y el corazón golpeándole las costillas como si tuviera veinte años y no dos de casada. El mármol de Lomas de Chapultepec estaba helado bajo sus pies. En el segundo piso, al final del pasillo, una franja de luz se colaba por debajo de la puerta de la recámara de huéspedes. Sebastián seguía despierto. Siempre seguía despierto.
Se detuvo con los dedos sobre la manija. "Es tu esposo", se dijo. "No estás pidiendo un favor a un extraño". Pero el nudo en la garganta no le creyó.
Aquella tarde, el celular había sonado con el número de doña Constanza, y la voz meliflua de su suegra se había vuelto cuchillo antes de la segunda frase.
—Mija, ya llevan dos años. Dos. ¿Tú crees que una mujer sirve para algo si no le da un heredero a su marido? Estás en tus días buenos, ¿o no? No los desperdicies. Una sabe estas cosas.
Renata había colgado con las mejillas ardiendo. Y sin embargo no era solo la orden de la suegra lo que la había traído aquí, a esta hora, con este encaje que le raspaba la piel. Era algo más viejo y más tonto: quería que su esposo la mirara. Una vez. Como la había mirado el día de la boda, cuando ella egresó de Bellas Artes con las manos manchadas de tinta y él, siete años mayor, dinero viejo del Grupo Alcántara, le había sostenido la barbilla frente al altar como si sostuviera algo que pudiera quebrarse.
Empujó la puerta.
Sebastián estaba sentado ante el escritorio, de espaldas a la cama intacta, con la camisa blanca abierta en el cuello y unos lentes de armazón fino que le daban un aire de profesor severo. La pantalla le pintaba de azul la mitad del rostro. No se volvió.
—¿Necesitas algo? —Su voz era grave, cortés, sin una sola arruga de sorpresa.
—Sebastián. —Renata avanzó dos pasos. El encaje susurró—. Es tarde. Ven a dormir.
—Tengo pendientes. Cierro trato con Singapur en la mañana.
Ella llegó hasta el respaldo de su silla. Le puso una mano en el hombro, y él ni siquiera se tensó, como si la mano fuera un abrigo colgado ahí por descuido. Renata bajó la cara hasta rozarle el pelo con la mejilla. Olía a él: cedro, papel, un fondo alcohólico de loción para después de afeitarse. Un olor que conocía y que nunca la había dejado entrar.
—No estoy hablando de dormir —murmuró, y odió el temblor de su propia voz.
Por primera vez Sebastián dejó el bolígrafo. Se quitó los lentes despacio, los dobló, los colocó sobre el fólder con una precisión que a ella le dolió más que un grito. Se giró apenas. Sus ojos, tras la penumbra, eran corteses y absolutamente vacíos.
—Renata. —Usó el nombre completo, el formal, el que ponía tres metros de mármol entre los dos—. No tengo ganas. Hoy no.
—Tu mamá dice…
—Lo que diga mi madre lo arreglo yo. —Le tomó la muñeca, sin fuerza, y la retiró de su hombro como quien aparta una rama—. Vuelve a tu cuarto. Obedece, ve a dormir.
Obedece.
La palabra cayó entre los dos y se quedó ahí, brillando como una moneda en el fondo de un pozo.
A menos de tres meses de la boda, Sebastián se había mudado a la recámara de huéspedes "por el trabajo". Y ella, que se había casado creyendo que el hielo se derrite con paciencia, llevaba dos años calentando una cama para uno. Otras veces se habría dado la media vuelta con la barbilla en alto, se habría replegado antes de que él viera el rubor de la humillación. Esta noche no. Esta noche se quedó plantada, con el camisón ridículo y el frío subiéndole por las pantorrillas, obligándolo a sostener su mirada.
—Está bien —dijo por fin, muy quedo—. Perdón por interrumpir.
Salió sin correr. Cerró la puerta sin azotarla. Y en el pasillo oscuro, con la espalda contra la pared fría, apretó los dientes hasta que el coraje sordo —ganas y ningún lugar donde descargarlas— se le volvió agua caliente en los ojos, que no dejó caer.
Se acordó, sin querer, de la primera vez. Recién casados, en el balcón de la suite del hotel, él le había apartado un mechón con un dedo y le había dicho que dibujaba como si el papel le debiera algo. Ella había pensado, tonta de ella, que ese hombre callado se abriría con el tiempo, que el témpano guardaba un río. Dos años después seguía esperando el deshielo, y el río, si existía, corría en otra parte, lejos de su cama.
Subió a la recámara principal, la grande, la que compartían solo en el acta de matrimonio. Se quitó el camisón de encaje, lo dobló y lo guardó en el fondo del cajón como quien esconde una prueba. Después se metió bajo las cobijas frías del lado que siempre ocupaba sola y se quedó mirando el techo hasta que el cielo, allá afuera, pasó del negro al gris plomo de la ciudad que despierta.
A la mañana siguiente, el Estudio Ocote la recibió con su desorden salvador.
Ocupaba un octavo piso en la Condesa, en un edificio encajado entre una tintorería y un café de especialidad, con tabletas gráficas encendidas como pequeños charcos de luz y las paredes tapizadas de bocetos. Renata y Ximena lo habían abierto al salir de Bellas Artes, ocho años de amistad y dos de sociedad. Lo que casi nadie sabía era que el dinero que lo levantó había salido de una transferencia silenciosa de Sebastián; ellas ponían las manos, las noches, la sangre.
Ximena llegó pateando la puerta de cristal porque traía las dos manos ocupadas con una bolsa de sushi.
—¡Erizo! —anunció, dejándose caer en la silla giratoria—. Del bueno. Porque hoy vengo con noticias y las noticias se dan con erizo, no con tacos de la esquina.
Renata sonrió por primera vez en horas y tomó el nigiri con los dedos. El erizo se le deshizo en la lengua, dulce y salobre, y por un instante el pasillo helado de la madrugada quedó lejos.
—¿Qué noticias?
—Necesitamos gente. —Ximena hablaba con la boca llena, señalando con los palillos la gráfica de la plataforma Nébula clavada en el corcho, una línea roja que bajaba como una resbaladilla—. "Obsesión" nos dio una base de fans, sí, pero de eso hace un año. Con una sola serie no peleamos ranking. Los estudios grandes traen tres, cuatro títulos a la vez, tapan la portada de Nébula, y a nosotras nos entierran hasta abajo. Necesitamos tres series simultáneas o cerramos las cuentas en números rojos otra vez.
Renata miró la línea roja. "Obsesión" había nacido en su primer año de casada, en el pico exacto de su inspiración, cuando todavía creía que el hombre distante con quien dormía escondía un incendio. El protagonista del webcómic se le parecía tanto que a veces, dibujándolo, le temblaba la mano: el mismo perfil recto, la misma manera de no mirar a nadie de frente, la misma frialdad que en la ficción escondía —porque ella lo había querido así— un amor devastador. Nadie lo sabía. Ni Ximena.
—Este mes tampoco cerramos —dijo Renata en voz baja, más para el techo que para su amiga—. Tres meses en rojo. Si sigue así, ni para la renta del piso.
—Por eso te digo. —Ximena tiró el envase vacío al bote y falló—. No es que dibujemos feo, Jenny. Dibujamos bonito. Lo que no tenemos es con qué llenar la portada de Nébula. Y en esta ciudad, el que no aparece, no existe. —Se estiró, tronándose la espalda—. O contratamos, o cerramos y nos vamos de coloristas a un estudio grande, a que nos manden. Y yo prefiero morir de pie, la neta.
—¿Y de dónde sacamos gente? —preguntó, tragando el nudo—. No podemos pagar a un dibujante hecho.
—Por eso. —Ximena se limpió los dedos y sonrió con toda la cara—. Puse un anuncio. Y esta tarde viene alguien a entrevista. Currículum decente, dijo por teléfono. Chavito, pero se oía educado. —Le guiñó un ojo—. Si sirve, lo probamos un mes y santo remedio.
—¿Chavito qué tan chavito?
—No sé. Joven. —Ximena se encogió de hombros y le robó el último erizo—. Tú tranquila, jefa. Tú nada más ábrele cuando toque, que yo me encargo del papeleo.
Renata iba a contestar algo, a decir que primero verían el portafolio, que no se contrataba a nadie por educado, cuando dos golpes secos sonaron contra la puerta de cristal del estudio.
Toc. Toc.
Las dos se quedaron con los palillos en el aire. Al otro lado del vidrio esmerilado se recortaba una silueta alta, de hombros anchos, la mano todavía en alto.
—Uy —susurró Ximena—. Llegó temprano.