Clara Estrella enviada a un internado por sus padres que solo favorecen a su gemela, Clarisa. Es traida nuevamente solo para ocupar el lugar de Clarisa en un matrimonio arreglado. Lo que todos ignoran que Clara fue tomada por una organización secreta y entrenada como asesina. Por lo que ya no es esa chica retraida y complaciente, que a pesar de no querer casarse acepta al considerar a su nuevo esposo la mejor pantalla para cumplir con sus misiones. Solo debe fingir ser una esposa complaciente. ¿Podrá Clara soportar fingir? ¿Lograra cambiar la actitud libertina de su esposo? ¿Qué pasara cuando sepan lo que ella es en verdad?
NovelToon tiene autorización de Lily Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
16- La segui
🔵ADRIÁN MONTOYA
Nunca imagine hacer algo asi. A mi me siguen las mujeres. No yo a ellas. Soy un hombre deseado. No deseo. Pero sin pensarlo, me veo siguiendo a Clara.
Yo la seguí.
No me enorgullece decirlo, pero lo hice. Yo la seguí a la subasta. Con Marcos.
No soy estúpido. Sé lo que firmamos. Artículo 3, lo tengo grabado en la cabeza como si lo hubiera escrito yo. "Cada una de las partes hará su vida personal sin interferencia de la otra. Ninguna de las partes podrá cuestionar, juzgar o intervenir en las relaciones afectivas o sexuales de la otra". Lo firmó sin leerlo dos veces. Sin levantar la ceja. Sin preguntar. Como si le diera igual. Y eso fue lo que más me dolió.
Clara.
Mi esposa de contrato.
La mujer que vive en mi casa, duerme en el cuarto de al lado, usa siempre el mismo enterito negro ajustado al cuerpo. No se ve fea, no. Nunca se ve fea. Pero es... Práctica. Fría. Como si hubiera decidido que si no muestra nada, nadie le puede quitar nada. Pelo atado, sin perfume, sin nada. Yo pensé que era su forma de ser. Con todos. Conmigo también.
Hasta que la vi con él.
El gigante. No hay otra forma de decirlo. Yo mido un metro ochenta y cinco y a su lado me sentía un niño. La mano de ese tipo le abarcaba la cintura entera. Entera. Yo vi como la tomaba, como si fuera suya. Como si la conociera. Como si tuviera derecho.
Y ahí entendí por qué nunca le importó firmar el artículo 3. Porque ya tenía a otro. Porque ya tenía a su novio.
Marcos me tocó el hombro antes de entrar.
— ¿Seguro que quieres hacer esto, Adrián?
Marcos. Que le debe la vida. Literal. Hace tres horas que fue agredido por esos hermanos. Ahora lo se, pedi las grabaciones y lo vi. Clara se apareció, los redujo sin esfuerzo. Marcos inconsciente en el suelo. Manchado de sangre. Clara le salvó la vida. Le hizo respiración artificial. Desde entonces Marcos la mira como si fuera una santa. Me dijo que estaba agradecido. Que nunca iba a olvidar lo que hizo.
Hasta esta noche.
Porque esta noche ni siquiera Marcos pudo mirarla como santa.
Dios. Dios mío.
Cuando entró a la subasta, juro que el aire cambió. Llevaba un vestido negro, sí, pero no era el enterito. Era un vestido. De verdad. Abierto en la espalda, ajustado, el pelo suelto, los labios rojos. Se veía... No tengo palabras. Se veía como una diosa. Como nunca la vi en mi casa. En mi casa parece que se esfuerza por desaparecer. Esta noche se esforzó por existir. Para él.
Para otro se vistió como diosa. Para mí ni siquiera se suelta el pelo de ese modo. Ante mi su pelo suelto esta sin peinar, como si el viento se ocupara de acomodarlo. Aqui luce brilloso, prolijo.
Me dio una punzada de celos tan grande que me tuve que sentar.
— ¿La viste? — me susurró Marcos.
— Cállate — le dije.
Empezó la puja. Yo no quería ese juego de joyas. No lo necesito. Tengo diez iguales en la bóveda. Pero cuando la vi levantar la paleta, cuando vi que lo quería, supe qué hacer. Se lo iba a comprar. Se lo iba a regalar. Para demostrarle que solo yo puedo darle cosas bonitas. Que su gigante con manos enormes no puede comprarle un collar de oro y diamantes de 1847. Yo sí.
Pujé. Pujé alto. Más alto que ella. Cada vez que ella subía, yo subía el doble. Quería que me mirara. Quería que entendiera.
Ella me miró. Una vez. Fría. Inexpresiva. Como siempre. Sin sentimientos. Como si yo fuera un mueble más de la sala.
Al final me quedé con el collar y los aros. 110 mil millones. Una estupidez de dinero. Pero valió la pena solo por verle la cara cuando cayó el martillo.
Y ahora pienso en la foto. Esa foto que me mostro Clarisa. Clara besando a Marcos en el parque. La vi. Me reí. No me molestó. ¿O si? ¿Por qué me iba a molestar? Artículo 3, ¿no? Cada uno hace su vida. Marcos es mi amigo, mi hermano. Si ella quiso besarlo, allá ella. Si él se dejó, allá él. No me importó. De verdad no me importó. O solo trato de convencerme de ello. Porque en el departamento actue como un imbécil celoso al exigirle que se aleje de él. En el departamento la lleve a mi cuarto para que no este cerca de Marcos. Todo por esa maldita foto.
Porque en esa foto ella seguía con el enterito negro. Seguía siendo mi Clara fría, la de contrato. Y deseaba que solo sea mia. Maldición duele admitirlo. No quiero que sea verdad. O estaria fallandome a mi mismo. A lo que me jure hace tiempo: Jamás volver a caer por una mujer.
Pero esta noche sí me importó. Esta noche me importó todo. Me importó verla vestida así para otro. Me importó que Marcos, que decía estar agradecido porque le salvó la vida con su sangre, la mirara de otra manera. No como a una santa. Como a una mujer. Como la miraba todo el salón. Como la mira Leo, con esa mano enorme en su cintura.
Salimos. Ella salió con él. No me miró. Se fueron por el pasillo, juntos. Él guiándola, ella dejándose guiar. Parecían una pareja de verdad.
Yo me quedé con la caja de terciopelo en la mano. Con mi estúpido collar y mis estúpidos aros de oro y diamantes que compré para regalárselos y que ahora no sabía si tirárselos en la cara o ponérselos yo mismo de rabia.
— Vámonos — le dije a Marcos.
Marcos estaba raro. Callado.
— Adrián...
— Vámonos.
Metí la mano en el saco para sacar la llave de mi oficina. Siempre la llevo ahí. La llave maestra, la que abre todo. La tarjeta negra y la llave física de la caja fuerte del hotel donde iba a guardar el conjunto esta noche.
No estaba.
Revisé el otro bolsillo. Nada.
El pantalón. Nada.
— ¿Qué pasa? — preguntó Marcos.
— Mis llaves — dije —. Las llaves de mi oficina desaparecieron.
Me palpé el pecho. El saco estaba cerrado. Yo no lo abrí en toda la noche. Nadie se me acercó. Nadie... excepto...
Clara.
Cuando pasó a mi lado al salir. Un roce. Un segundo. Pensé que había sido casualidad. Que su vestido me había rozado.
No fue casualidad.
Esa mujer, mi esposa de contrato, la mujer que anda con un enterito negro y que parece que no siente nada, que dice que solo se enfoca en la misión...
Me robó.
Y por primera vez desde que firmamos ese estúpido contrato, sentí miedo. No celos. Miedo. Porque si fue capaz de robarme las llaves delante de todos sin que me diera cuenta, ¿qué más es capaz de hacer?
¿Y quién carajo es realmente Clara?
La familia Estrella no solo se atrevio a cambiar de esposa, no solo me puso ante los ojos a la gemela, a la que nadie quiere. Sino que me ocultan algo. Me mienten. No se los perdonare. Movere cielo y tierra para saber su secreto. Para averiguar si en verdad Clara estuvo en un convento o si la tenian en el sotano de su mansión.