Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 13: ATRAPADA POR ÉL
Chloe Bennett
El piso de mi pequeño departamento se sentía más frío que de costumbre mientras la llovizna de la madrugada golpeaba el cristal de la ventana. Sobre mi cama deshecha, reposaba una gastada mochila de lona y un bolso de mano negro que había comprado en una tienda de segunda mano hacía dos años. Eso era todo. Ese era mi equipaje para la cumbre internacional en Ginebra.
Mientras doblaba con cuidado mi única falda de tubo de repuesto, una opresión asfixiante me apretó la garganta. No tenía ropa para encuentros elegantes. No tenía vestidos de cóctel de seda, ni abrigos de paño fino, ni zapatos de tacón de marcas francesas. Toda mi ropa se resumía en prendas gastadas, camisas blancas de botones que había planchado hasta el cansancio y un par de pantalones oscuros que disimulaban mi delgadez. Iba a viajar con el hombre más poderoso e imponente del país a un hotel de lujo en Europa, y mi vestuario gritaba a los cuatro vientos la miseria de la que provenía.
"Vas a hacer lo mejor que puedas, Chloe. Vas por tu cerebro, no a una pasarela" me repetí en un susurro, intentando tragarme el nudo de humillación que amenazaba con hacerme llorar.
Apreté el bolso de lona, cerrando el cierre con dificultad. Metí mis notas en ruso, francés e italiano en el compartimento delantero y salí al encuentro de mi destino.
Cuando el taxi me dejó en la terminal de vuelos privados del aeropuerto, el contraste me abofeteó la cara. El lugar era un santuario de mármol blanco, cristales pulidos y un silencio sepulcral que solo se interrumpía por el murmullo de ejecutivos y diplomáticos. A lo lejos, junto al mostrador de la aerolínea en la zona VIP, vi la silueta hercúlea del señor Nicolas Donovan.
Para el viaje de hoy, se había vestido con un traje de dos piezas de un profundo color marrón tabaco; el saco de lana italiana se amoldaba con una precisión matemática a sus hombros anchos y llevaba los primeros dos botones de su camisa de lino blanco desabrochados, exponiendo de forma pecaminosa la base de su cuello bronceado. Su cabellera negra estaba sexymente despeinada, cayendo sobre su frente con esa rebeldía que me destrozaba la cordura cada vez que lo miraba.
Al verme llegar, alzó su mirada y sus ojos claros me recorrieron de arriba abajo con una fijeza analítica que me hizo encender las mejillas al instante. Sus ojos se detuvieron en el ridículo bolsito de lona que colgaba de mi hombro.
—Señorita Bennett —su voz profunda, ese barítono ronco que aún me provocaba escalofríos después de lo que había pasado en su oficina, vibró en el aire VIP—. Llegó a tiempo. Pero... ¿dónde está el resto de su equipaje? El personal de tierra está esperando para documentar sus maletas.
Sentí que la sangre se me agolpaba en las orejas de pura vergüenza. Apreté la correa de lona con los dedos húmedos por los nervios.
—Es... es todo lo que traigo, señor Donovan —respondí en un hilo de voz, manteniendo mis ojos verdes fijos en el nudo de su corbata para no flaquear—. Todo lo que necesito está aquí dentro.
Nicolas enarcó una ceja, y una sombra de sutil desconcierto cruzó sus facciones maduras y atractivas.
—¿Eso es todo? —preguntó, y una sonrisa casi imperceptible, mitad divertida y mitad posesiva, asomó en sus labios—. Qué poco equipaje necesita usted para un viaje de cinco días. Mi hija Vanessa lleva al menos dos maletas gigantescas solo para pasar un fin de semana en la cabaña. ¿Qué trae exactamente en esa bolsa?
—Mis... mis ropas, señor —articulé, tragándome el orgullo, sintiendo que la comparación con Vanessa me clavaba un alfiler en el pecho—. Bueno... yo no cuento con mucho dinero para estar a la moda ni para comprar grandes equipajes. Llevo lo necesario para cumplir con mi labor como su asistente.
El silencio que siguió entre los dos se volvió sumamente denso, cargado de una vibración eléctrica que hizo que el aire de la sala VIP chisporroteara. Nicolas dio un paso hacia mí, acortando la distancia de tal manera que pude oler el sándalo y el tabaco caro de su piel. Su imponente presencia de casi dos metros me eclipsó por completo. Se inclinó sutilmente hacia mi oído, y su respiración caliente me erizó cada vello del cuerpo.
—Tranquila, Chloe —susurró con un tono pausado, espeso y peligrosamente protector—. Cuando lleguemos a Europa lo vamos a solucionar. No voy a permitir que mi asistente pase por desapercibida en Ginebra.
"Dios, qué manera de ponerme nerviosa."
El abordaje al jet privado fue un borrón de lujos que jamás imaginé que existieran. Los asientos eran de un cuero beige tan suave que parecía seda, el suelo estaba alfombrado y un asistente personal nos ofreció champaña antes de despegar. Me senté frente a Nicolas, intentando concentrarme en las carpetas financieras de los consorcios rusos para no mirar la firmeza de sus piernas, que quedaban a escasos centímetros de las mías debajo de la mesa del avión.
El viaje fue largo, de al menos doce extenuantes horas cruzando el Atlántico. Pasé las primeras seis horas repasando febrilmente los borradores en francés e italiano, traduciendo modismos legales bajo la mirada atenta y pesada de Nicolas, que no me quitaba los ojos de encima mientras fingía leer un informe en su tableta. Cada vez que alzaba la vista para consultarle una cifra, la tensión en el cubículo del avión se volvía intolerable. Podía sentir la dureza de su cuerpo, la fijeza de su mandíbula sombreada por una barba y la forma en que sus labios se tensaban cuando mis dedos rozaban los suyos por accidente al intercambiar las hojas.
Finalmente, el cansancio me venció. Apoyé la cabeza contra la ventanilla del jet, cerrando los ojos. En algún momento de la madrugada, sentí un movimiento suave y el peso de una manta de cachemira sumamente costosa cubriéndome los hombros, acompañada del roce casi imperceptible de una mano gigante y cálida acariciando un mechón de mi cabello rubio. Me sumergí en un sueño profundo, arrullada por el ronroneo de los motores y el calor embriagador de su cercanía.
Cuando el avión tocó tierra en el aeropuerto de Ginebra, el cielo europeo nos recibió con una claridad gélida y limpia. Bajamos por la escalinata privada y un chofer con traje negro ya nos esperaba al pie de la pista con una camioneta de lujo de vidrios polarizados. Subimos en silencio, un silencio espeso, preñado de la expectativa de lo que estaba por venir.
Observé por la ventana las calles perfectas, los lagos de agua cristalina y la arquitectura sofisticada de Suiza. Pero me extrañó que la camioneta no se dirigiera hacia la zona de los hoteles ejecutivos ni a la sede de la cumbre. El vehículo se detuvo frente a la entrada monumental de un edificio de piedra tallada y ventanales inmensos: la "Rue du Rhône", el epicentro de la alta costura y los centros comerciales de lujo más exclusivos de Europa.
El chofer abrió la puerta trasera. Nicolas bajó primero con esa gracia felina y dominante que poseía, y me extendió su mano grande. La tomé, sintiendo la descarga eléctrica recorrerme el brazo una vez más mientras me ayudaba a descender.
Al entrar al vestíbulo del centro comercial, me quedé sin aliento. Las tiendas de las marcas francesas e italianas más caras del mundo se alineaban bajo cúpulas de cristal, exhibiendo vestidos de seda, joyas de diamantes y abrigos de piel que costaban más que diez años de mi vida entera.
Nicolas se detuvo en seco en medio del pasillo gótico, dándose la vuelta para encarándome. Se metió las manos en los bolsillos de su pantalón y me miró con una intensidad que me derritió las rodillas por completo. Su voz barítona bajó a un registro sumamente hot, ronco y autoritario, llenando el espacio entre nosotros con una promesa de absoluta dominación.
—Bien, señorita Bennett. Aquí estamos —dijo, y sus ojos me recorrieron el cuerpo, deteniéndose en la curva de mi cintura y en la palidez de mi cuello—. Ahora, elija lo que desee y todo lo que necesite para las cenas de gala y las reuniones privadas. Ropa interior, vestidos de seda, zapatos, abrigos... no escatime en gastos. La tarjeta de la presidencia no tiene límites.
Tragué saliva, abrumada por la opulencia y el tamaño del gesto, dando un paso atrás con timidez.
—Señor Donovan... esto es demasiado. No puedo aceptar que gaste esta fortuna en mí. Yo puedo arreglármelas con lo que traigo en mi bolso...
Nicolas dio un paso al frente, acorralándome sutilmente contra una de las columnas de mármol de la entrada de la tienda. Su cuerpo enorme me tapó la luz y su aliento caliente rozó mis labios antes de hablar, haciendo que mi intimidad se humedeciera por el puro impacto de su cercanía.
—No me contradiga, Chloe —murmuró, con un tono denso y cargado de una posesividad ardiente—. Elija usted misma lo que le guste. Porque le aseguro que no le gustaría que yo entrara ahí y eligiera la ropa por usted. Si lo hago yo, me encargaré de comprar vestidos que se puedan rasgar fácilmente y prendas que expongan exactamente cada centímetro de la piel blanca que me vuelve loco. Así que camine y elija, antes de que pierda la poca paciencia que me queda en este viaje.