El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 8 — La Llave de la Libertad
La mañana siguiente llegó con un cielo gris y pesado, cargado de nubes que prometían lluvia, pero Christine se despertó con una extraña ligereza en el pecho, como si algo en ella hubiera cambiado durante la noche. La tregua de la víspera no había sido solo palabras; había sido el primer paso hacia algo que aún no lograba nombrar, pero que sentía real, tangible. Se vistió con una sencilla blusa de algodón y un pantalón oscuro, y cuando salió de su habitación, no encontró el silencio opresivo de siempre. Un sirviente la esperaba en el pasillo, con una pequeña bandeja en las manos y una expresión respetuosa, sin el miedo que antes se notaba en cada mirada.
—El señor Burgos le espera en el despacho, señora —dijo, con la mirada baja—. Me pidió que le entregara esto.
Christine tomó la bandeja: un café humeante, fruta fresca y un pequeño sobre de papel marrón, sellado con cera roja. Su corazón dio un vuelco. Caminó por los pasillos de piedra, sintiendo que algo importante estaba por suceder, y cuando llegó a la puerta del despacho, la encontró entreabierta. Damon estaba de pie frente a la gran ventana, mirando hacia el valle, con las manos entrelazadas a la espalda. Al oírla entrar, se giró lentamente. Llevaba ropa oscura, como siempre, pero su postura era menos rígida, su mirada más suave.
—Buenos días —dijo ella, sin saber muy bien cómo tratarlo ahora que todo había cambiado y, a la vez, no había cambiado nada.
—Buenos días, Christine —respondió él, con voz grave y tranquila— gracias por venir, siéntate por favor, tengo que hablar contigo.
Ella tomó asiento frente a su escritorio de caoba, el mismo que la había intimidado tanto tiempo atrás, y esperó. Damon se acercó, apoyándose en el borde, sin sentarse, y sostuvo en su mano una llave antigua, de hierro forjado, con un diseño intrincado que brillaba bajo la luz tenue de la habitación.
—Ayer hablamos —empezó él, bajando la mirada hacia la llave que giraba entre sus dedos hablamos de libertad, de confianza, de lo que nos separa y lo que nos une. Y me di cuenta de que no puedo pedirte que te quedes de corazón si te obligo a estar aquí. Que todo lo que estoy construyendo contigo se caerá si lo sostengo con cadenas.
Christine lo miró con el corazón en la garganta, sin atreverse a creer lo que estaba escuchando.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que te doy la opción de irte —dijo él, y al pronunciar esas palabras, pareció que le costaba cada sílaba, como si estuviera arrancándose una parte de sí mismo— Esta es la llave de la puerta principal, no hay guardias bloqueando el camino. No hay hombres siguiéndote si sales por ella. Si cruzas ese umbral, eres libre, puedes volver a tu casa, a tu hospital, a tu vida. Nadie te detendrá.
El silencio cayó sobre la habitación, pesado, increíble. Christine miró la llave, luego lo miró a él, buscando en sus ojos algún rastro de mentira, de trampa, de una prueba cruel. Pero no encontró nada más que dolor y esperanza luchando a la vez. Estaba ofreciéndole exactamente lo que había pedido desde el primer día: su libertad. Y sin embargo, en ese momento, no sintió alegría. Sintió un vacío repentino, un miedo frío a perder lo que apenas empezaba a tener.
—¿Por qué? —susurró ella— ¿Por qué lo haces? Después de todo lo que dijiste, de todo lo que quieres ¿Por qué me dejas elegir ahora?
—Porque te quiero —respondió él, con una sinceridad que la conmovió hasta lo más profundo—Y el amor no se exige. Se gana. Si te vas y no regresas, sabré que nunca me quisiste, y aceptaré mi destino. Pero si te quedas o si cruzas esa puerta y decides quedarte conmigo, entonces sabré que somos real. Que no soy solo una prisión para ti, que soy tu elección.
Extendió la mano y le ofreció la llave, su palma abierta, sin cerrarla, sin obligarla a tomarla. Christine miró el metal frío, la salida, el mundo que había anhelado recuperar durante meses. Y entonces miró a Damon: los ojos oscuros y desprotegidos, la mandíbula tensa por la incertidumbre, el hombre que estaba arriesgándolo todo, incluso perderla, por hacer las cosas bien por primera vez.
Se quedó inmóvil, luchando entre dos mundos. Uno era el que conocía: ordenado, seguro, sin él. El otro era este: peligroso, impredecible, lleno de sombras, pero también de fuego, de verdad, de una conexión que no había sentido con nadie más. Pensó en su madre, en lo que le habría dicho: que la libertad no es solo irse, sino elegir quedarse. Pensó en la tregua de la noche anterior, en la forma en que la miraba, en cómo la hacía sentir viva.
Levantó la mano lentamente. Damon contuvo el aliento, esperando, listo para soltarla si ella tomaba la llave y se marchaba. Pero Christine no tomó la llave. Cerró su mano sobre la de él, apretando los dedos alrededor del metal y de su mano a la vez, y negó lentamente con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas le llenaban los ojos, pero eran lágrimas de algo que se parecía mucho a la felicidad.
—No me voy —dijo, con voz firme, segura, más segura que nunca—No hoy, No ahora. Me quedo. Pero no porque me hayas encerrado. Sino porque te elijo a ti, a todo esto, a lo que estamos empezando a ser.
Damon cerró los ojos, y por un instante pareció desplomarse, como si hubiera estado sosteniendo un peso inmenso y por fin podía dejarlo caer. Apretó su mano con fuerza, con una gratitud que no necesitaba palabras.
—Gracias —susurró, y su voz tembló—No sabes cuánto significa esto para mí. Te haré merecer cada palabra, Christine, te lo juro.
Guardó la llave en el bolsillo, no como un prisionero que retira la libertad, sino como un hombre que ya no necesita llaves porque ella decidió quedarse. Se acercó un paso más, sin tocarla aún, con una reverencia que la hizo sentir más libre que nunca.
—Entonces empecemos de nuevo —dijo él— Sin cadenas, sin deudas, sin exigencias. Solo nosotros dos, construyendo algo que valga la pena.
Christine asintió, y cuando él la tomó de la mano, esta vez no fue una captura. Fue una promesa. La llave de la libertad ya no estaba en una cerradura de hierro. Estaba en la confianza que empezaban a darse el uno al otro. Y esa, nadie podría quitársela nunca.
...La llave no abrió la puerta de la salida… abrió la puerta de su corazón....
...CONTINUARÁ ...
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