Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
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CAPITULO 11. LAS SOMBRAS EN LA FRONTERA.
La neblina invernal de la mañana no solo cubría las terrazas de piedra del palacio, sino que se extendía con la misma densidad sobre el pueblo real que florecía en las faldas de la montaña del sur. Este asentamiento civil, habitado por comerciantes y artesanos de todas las manadas aliadas, era el motor logístico de la corona; un lugar bullicioso donde los carruajes y los cargamentos de provisiones entraban y salían de forma constante. Sin embargo, la pacífica rutina del mercado se vio alterada en secreto cuando tres lobos cubiertos con mantos oscuros de viaje cruzaron el puesto de control de la frontera secundaria, mimetizándose con la multitud de los aldeanos.
Eran los primeros espías que el joven Alfa Jared había enviado desde las frías tierras del norte, cumpliendo con total sumisión su juramento de cazar a la mujer que creía causante de la muerte de su hermano.
Los tres infiltrados avanzaron a paso lento y seguro por los callejones de tierra batida, evitando llamar la atención de las patrullas de la guardia real que custodiaban el perímetro con una fijeza severa. Se adentraron en el gran almacén de suministros del sector este, un edificio colosal de madera y piedra donde las omegas acomodaban cajas de alimentos y plantas medicinales destinadas al ala norte del palacio. Aprovechando el ajetreo de los cargadores, los espías se posicionaron en la penumbra de las vigas superiores, aguzando sus oídos para interceptar los comentarios de la servidumbre.
—La manada real sigue escandalizada —susurró una de las mujeres del almacén, acomodando unos sacos de grano en el estante—. El soberano absoluto regresó del Baile de la Luna trayendo a Lara, la hija de los Alfas del imperio central. Dicen las matronas que es una loba de veinte años cuyo espíritu está completamente roto, apagado en lo más profundo de su orgullo por una vieja traición.
—Pues yo escuché que esta mañana la matrona anciana intentó humillarla en el corredor este —respondió otra sirvienta en voz baja, mirando de soslayo hacia la puerta—. Y la joven no agachó la cabeza. Le plantó cara a la aristocracia con una frialdad que helaba la sangre, demostrando que su orgullo indómito sigue intacto a pesar de su invierno. El Rey la rodeó con sus brazos con una posesividad brutal y mandó a callar a la corte de un solo grito. Ella está recluida en los aposentos del ala norte, blindada por la corona.
En lo alto de la estructura, los ojos de los espías se entornaron con una severidad peligrosa al capturar la información mística que necesitaban.
Las mentiras que el Beta del norte había inyectado en el corazón de Jared se confirmaban ante sus oídos de forma distorsionada: para ellos, Lara era de verdad la hembra caprichosa que había destruido a Roderick y que ahora se escondía de forma cobarde en los brazos protectores del soberano del continente. Anotaron de forma milimétrica las rutinas de la guardia real, los horarios de los carruajes de suministros que subían al palacio y los puntos débiles de las murallas laterales.
Al caer la noche, uno de los infiltrados se retiró en silencio hacia los pinares exteriores del pueblo real, activando el enlace mental de su manada para transmitirle el reporte directo a su joven Alfa. A cientos de kilómetros, Jared recibió los datos en mitad de la negrura de su despacho desolado, sintiendo que su compañero interior, el enorme lobo gris, soltaba un rugido de implacable satisfacción en su mente. La línea de infiltración estaba establecida de forma perfecta; ignorando la verdad de la codicia de su hermano caído, el joven de buen corazón pero cegado por el dolor comenzaba a tejer la red que lo guiará directo hacia el palacio real, listo para desatar una tormenta que pondría a prueba la ferocidad de la corona en un asalto definitivo que cambiaría las reglas del imperio unificado.