Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XII El asalto
Punto de vista de Chistopher
Llevaba meses siguiendo un fantasma.
En el acelerado y despiadado mundo de las altas finanzas, donde las lealtades se compran y se venden al mejor postor, la aparición de una abogada capaz de desmantelar una de las redes de lavado más complejas de Fernández no era un acontecimiento menor. Era un terremoto. Aquella mujer había logrado lo que mi propio equipo de seguridad e inteligencia no pudo en tres años: golpear a Fernández en su centro de gravedad, congelarle millones de dólares en cuentas fantasmas y forzarlo a huir como una rata acorralada.
Sin embargo, tras ese golpe magistral en los tribunales, la jurista parecía habérsela tragado la tierra.
—¿Aún sin novedades del paradero de la abogada, Marcus? —pregunté sin apartar los ojos de la ventanilla del vehículo blindado mientras recorríamos el distrito financiero.
Marcus, mi jefe de seguridad y mano derecha desde hacía más de una década, ajustó su auricular y bajó la vista hacia la tableta táctil que llevaba en el regazo.
—Es muy escurridiza, señor Durán —respondió Marcus con su habitual voz grave y profesional —. Opera bajo un perfil absurdamente bajo. No hay redes sociales, no asiste a eventos corporativos y su firma en los escritos legales —Doctora Elena Torrealba— es el único rastro tangible de su existencia. Nuestros analistas confirman que mantiene un protocolo de seguridad impecable.
Sin embargo, logramos rastrear la compra de un billete de avión. Regresó a su país de origen hace unas semanas.
—¿Regresó? —inquirí, frunciendo el ceño—. ¿Por qué una profesional en la cúspide de su carrera se aislaría en una ciudad secundaria?
—Esa es la parte interesante —agregó Marcus, deslizando un expediente digital en la pantalla—. No se está ocultando de la prensa ni de la policía, señor. Se está ocultando de alguien en particular. Borró su rastro personal con un celo casi desesperado.
Un pensamiento amargo cruzó mi mente. Necesitaba comprobar si esa mujer era una enemiga jurada de mi rival o si, por el contrario, Fernández planeaba tenderle una trampa para utilizarla como el chivo expiatorio perfecto en sus nuevas operaciones sucias. La guerra entre el Imperio Durán y la red criminal de Fernández había entrado en su fase más crítica; no podía permitirme el lujo de tener cabos sueltos.
—¿Dónde está ahora? —ordené, mirando el reloj de pulsera.
—Nuestros informantes la ubicaron hace veinte minutos —dijo Marcus, mostrándome una imagen de ubicación en tiempo real—. Tiene una comida de negocios en el restaurante L’Étoile. Un sitio de alta cocina, frecuentado por diplomáticos y ejecutivos.
A pesar de la aparente tranquilidad del informe, una punzada fría me oprimió el pecho. Era esa alarma silenciosa afinada por años de moverme en entornos de alto riesgo.
—Cambio de planes, Marcus. Vamos para allá —dije.
—Señor, los escoltas pueden ingresar y evaluar el perímetro sin llamar la atención —intervino Marcus con tono precavido—. No es prudente que usted se exponga directamente si Fernández tiene ojos en la zona.
—Iré yo mismo —dije con un tono que no admitía réplica—. Quiero verle el rostro a la mujer que hizo sangrar a Fernández. Prepara dos unidades de apoyo en el carril externo y mantén los motores encendidos.
—Entendido, señor —asintió Marcus, sacando su radio para coordinar al equipo táctico—. Estaremos en el perímetro exterior. Si nota cualquier anomalía, presione el rastreador.
A las tres de la tarde crucé las puertas de cristal del restaurante. El ambiente olía a maderas nobles, vino añejo y perfumes costosos. Una suave melodía de piano sonaba de fondo. El maestro, reconociendo de inmediato la distinción de mi traje y la autoridad de mi postura, me condujo sin hacer preguntas a una mesa discreta en la penumbra, protegida por una mampara de madera y a escasos metros de la cristalera principal.
Desde mi posición, la vi por primera vez.
El aire se me atascó en los pulmones con la violencia de un golpe físico.
Elena estaba sentada de perfil. Llevaba un traje sastre en tono verde oliva que acentuaba la elegancia sobria de su postura. Escuchaba con atención concentrada a un cliente de edad avanzada mientras revisaba unos documentos legales desplegados sobre la mesa. No llevaba joyas ostentosas ni el maquillaje recargado de las mujeres que solían frecuentar mi entorno. Emanaba una belleza natural, pura y magnética; una autoridad serena que no necesitaba alzar la voz para imponer respeto.
En ese instante comprendí por qué Fernández le temía. Había en ella una firmeza inquebrantable, una luz que amenazaba con disolver cualquier sombra que intentara acercársele.
Apenas habían transcurrido quince minutos cuando la calma del recinto se desintegró de forma traumática.
El estruendo de la puerta de entrada siendo derribada a patadas retumbó en todo el salón.
—¡Todos al suelo, carajo! ¡El que se mueva se muere! —bramó una voz grave y destemplada.
Tres hombres encapuchados, armados con pistolas de alto calibre, irrumpieron violentamente. La reacción del lugar fue instantánea: gritos ensordecedores de pánico, copas de cristal estrellándose contra el suelo y comensales aterrorizados lanzándose debajo de las mesas.
Uno de los asaltantes avanzó hacia el centro del comedor encañonando a la multitud. En el extremo opuesto del salón, un escolta privado cometió el error fatal de echar mano a su funda.
El delincuente no lo dudó. Preso del nerviosismo, apretó el gatillo.
El sonido del primer disparo fue un latigazo seco. Fuera de control, el sujeto comenzó a abrir fuego de manera errática, barriendo el ala derecha del restaurante en una ráfaga ciega de violencia. Los proyectiles impactaron contra los espejos y destrozaron la cristalería, proyectando una lluvia mortal de trozos en todas direcciones.
Y la trayectoria directa de los disparos iba recta hacia la mesa de Elena.
La vi congelarse por una fracción de segundo, atrapada en el ángulo de tiro, con la mirada desorbitada por la sorpresa.
Mi cuerpo actuó antes de que mi cerebro terminara de procesar el peligro. La prudencia, el cálculo y la distancia se evaporaron en una milésima de segundo. Cruzar ese espacio y llegar a ella se convirtió en la única prioridad de mi vida.